09/02/12

Las hojas de tus manos


mano Claudia
En la penumbra de la mañana,
                                              bajo los peldaños para iniciar el ritual.
Enciendo la luz, saco los cacharros,
                   y antes de poner la cafetera, apreto el botón de la radio.
Suena tu voz , Flaco,  a 12.000 km de distancia :


Todo camino puede andar
Todo puede andar
Con esta sangre alrededor
no sé que puedo yo mirar
la sangre ríe idiota
como esta canción
¿ante qué?


Así tengo la certeza de tu partida…

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.


Tus manos son las hojas de los árboles,
                                                  de una primavera que no volverá.
El azul,
                 que buscábamos incansables a la orilla del río marrón,

tiñe la nube de la memoria,

Sin saber que muchos años después nos convertirá en barro, o tal vez

en canción.


Basardilla, 9 de febrero de 2012

10/12/11

Jardín Secreto

huerta


Vengo de los ríos que dan al mar.
Mi bisabuela Blanca cultivaba una huerta en Savona, Génova. También mi bisabuelo Manuel, en Meixome, Pontevedra.
Mis ancestros que emigraron a Buenos Aires, tuvieron huerto y puesto de verduras en el mercado.
Mi abuela, Mercedes, tuvo un pequeño huerto en el fondo de casa, allí jugábamos con mi hermano a cavar hoyos junto a sus zanahorias, rabanitos y lechugas.
A principios del año dos mil, sentí la llamada de la tierra,… la de trabajar en ella.
Carmelo, que tanto ama su huerta, nos dejó, a Lucho y a mi, un trocito de tierra baldía junto a unos invernaderos semi-abandonados.
Construimos un puente con troncos de un viejo chopo para cruzar la cacera que separaba este rincón de la gran huerta de Carmelo.
Desbrozamos la tierra, la roturamos, la preparamos y plantamos allí nuestras semillas. El agua discurría generosamente por la cacera.
Toda una primavera y un verano fuimos viendo como crecían, las lechugas y tomates, los calabacines y judías, los repollos, las berzas, acelgas …
En los invernaderos contiguos la maleza, por enésima temporada crecía entre los rastrojos de las estaciones anteriores.
Nítidos insectos se sumaban a la escena.
Una tarde cercana al verano, mientras esperaba que bajara el agua para ir regando las tablas, empecé a ver por primera vez.
De tanto mirar y esperar, empecé a ver. Mi vista nunca ha sido muy buena. Quizá el calor de esa tarde, la mirada distraída, el disfrute del color y el ambiente apacible me ayudaron a ver. Allí estaba , en los restos de uno de los invernaderos, un jardín escondido, florecía para mi.
De la mochila saqué mi cámara y comencé a registrar lo que sucedía con la luz de la tarde, sin comprender muy bien lo que estaba sucediéndome.
Otro día continué con las luces de la mañana. A lo largo del verano fue incrementándose el número de fotografías, hasta que, cansado de ello, dejé que el jardín siguiera su curso.
Me dediqué a contemplarlo tranquilamente.
Pero una mañana muy temprano, en  otoño, el jardín se volvió a revelar, a mostrar un nuevo esplendor, el de la vida que muere  para que otras vidas se desarrollen efímeramente.
Esa mañana retomé el trabajo abandonado en el verano. Lo retomé con fruición, porque ya sentía una íntima conexión entre lo que iba registrando y mi ser interior. Era como si ese jardín fuera una proyección externa de lo esencial. Algo que tiene que ver más con la sintonía entre el interior y el exterior, que con un momento frágil de un lugar determinado.
En fotografía existe un instante mágico, el revelado, cuando la imagen latente en una emulsión fotográfica, por acción de la química y otras cosas, lentamente se hace visible.
Así me sentía, como si mi espíritu fuera esa emulsión que se estaba sometiendo a un proceso que se revelaba en mi.
Las fotos, un vano intento de registrar esos instantes, de atraparlos, para luego dejarlos escurrir entre los dedos, y entre las miradas de todos vosotros.

Juan C. Gargiulo , Basardilla 10 de diciembre de 2011.

25/04/11

El albaricoquero

 

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Te lo tomaste como una pequeña venganza.

Sabías que yo le tenía un especial cariño. El no tenía nada que ver con nuestra separación.

Me llamaste  el verano pasado y me dijiste que el “Tano” vino un día con la motosierra, lo cortó en pedacitos, puso los trozos apilados en el lavadero, bien ordenados, y que si me interesaba, fuera por unas bolsas y me los llevara.

Dijiste que había crecido demasiado, que ya molestaba.

Por supuesto no tuviste en cuenta que él ya estaba allí antes de que llegarámos nosotros, y menos te acordarás de todo lo que nos dio.

Cuando nos establecimos  y compramos la casa que fue justamente por ese jardín que daba un respiro al departamento, el primer año que vivimos allí, vimos su copa de flores de nieve y supimos que para el nacimiento de nuestro hijo daría sus frutos maduros. Nos albergó en el patiecito con su sombra, en las tardes de verano, y los niños jugaron en su territorio. Las mermeladas que preparé año tras año, en la cocina, mientras por la ventana él mecía sus ramas, cómplice del viento y mi mirada.

Pero hoy, casi un año después, me decidí a recoger sus restos, no me los puedo llevar todos juntos, pero con la ayuda del pibe, poco a poco, en bolsas de plástico, me lo iré llevando.

Esta mañana, que me levanté un poco más temprano, mientras la niebla de primavera, con su frío me helaba los huesos, abrí el baúl del auto y saqué las dos bolsas que traje ayer. Limpié la chimenea y organicé con el resto de los diarios y cartones un fueguito para ir calentando la casa. Mientras las chispas saltaban, fui agregando uno a uno esos tronquitos que el Tano cortó con tanto esmero. Mirando el fuego lamiéndolos dije para mis adentros una oración de agradecimiento.

22/10/10

La casa de la bruja Baba Yaga

 

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Hace mucho tiempo, en la antigua Rusia, en un bosque de abedules blancos de una tierra muy fría, vivía una anciana, huesuda, de cabellos color de plata y que andaba con una pierna normal y otra que era sólo hueso. A la anciana, temida por toda la aldea, se le reconocían dones y poderes extraordinarios. Algunos decían que dominaba los vientos, otros que era ella la que determinaba el cambio de las estaciones, o las lluvias, las mareas, las fases de la luna y hasta los eclipses. Los aldeanos le otorgaban un poder maléfico y hasta aseguraban que se alimentaba de niños y jóvenes.

A esta anciana todos la conocían como la bruja Baba Yaga.

Alguien la había visto volar por las noches en un mortero gigante y que la mano del mortero le servía para remar en el aire.

En el bosque de los blancos abedules tenía su casa. Una casa extraordinaria. Era pequeña, de madera con el techo muy empinado, una sola puerta y una ventana redonda por donde se podía ver a la anciana pegada al cristal observando al mundo. Pero lo más interesante de la casa era que no se asentaba sobre el suelo , sino que dos enormes patas de gallina la sostenían y le permitían girar sobre sí misma y darle la espalda a algún visitante inoportuno y fisgón. Izbushka, así se llamaba la casa, guardaba un misterio en su interior. Los habitantes de la aldea afirmaban que entrar a la Izbushka era entrar a la antesala de la muerte, el paso sin retorno al inframundo.

Lo cierto es que Baba Yaga había sido, en su juventud, una hermosa muchacha, se había enamorado apasionadamente de un joven soldado. De ese amor, nació una niña , que muy temprano conoció todas las penurias y privaciones. Su madre, Baba Yaga, la cuidó y crió con todo su amor, ya que el joven soldado, murió en la guerra absurda. Hiizo de madre y de padre, cultivó la tierra fría, aprendió a observar el cielo, y a extraer de las plantas todo lo que ellas querían darle. Hasta las piedras eran sus amigas. En esa joven maternidad ella llegó a sentirse parte de la tierra. Cuidó y crió a su hija en la más completa libertad. Así se ganó el odio de los aldeanos que no tardaron, con su ignorancia y envidia, en creer que la joven del bosque , era una bruja.

Con los años la creencia se impuso a la realidad y se difundió por todo el país. Hasta el Zar creía que Baba Yaga era una terrible bruja, contaban de ella las historias más atroces. Hasta se escribieron cuentos para asustar a los niños.

Ludmila, la hija de Baba Yaga, creció en ese ambiente hostil de los aldeanos, pero el amor de su madre no fue suficiente para retenerla en aquel lugar, y un día con el dolor de su alma se fue de allí a conocer el mundo. A su partida Baba Yaga, pintó encima de la puerta un hermoso gallo rojo, como conjuro que indicara un nuevo amanecer para su hija.

El tiempo pasó y Baba Yaga, acumuló un enorme conocimiento de la vida. Mientras su casa en el bosque no dejaba pasar a casi nadie, sólo los que sabían hablarle eran los que podían acceder a ella.

Al llegar se la encontraban escondida por las ramas de los árboles entonces sólo si sabían las palabras correctas, la casa giraba sobre las patas de gallina, y dando la espalda al bosque se abría a los elegidos. Era muy difícil de encontrar a la casa en el bosque ,ya que éste era muy extenso y todo poblado por la misma especie de abedules, que hacían que el viajero creyese que siempre estaba en el mismo lugar. Además la casa con sus patas de gallina , se movía y se escondía en la espesura si sospechaba algo de los curiosos que se acercaban.

Ludmila se hizo una mujer adulta tuvo una hija y un día se encontraron camino de la aldea, a su paso escucharon las más inverosímiles leyendas acerca de Baba Yaga. Al llegar al límite de la aldea y el bosque no dudó en adentrarse en él en busca de la casa , Izbushka, la casa de su madre , la casa de la abuela de su hija. Caminando por el bosque enmarañado encontraron, al atardecer, entre ramas y hojas secas, la casa aposentada sobre las patas de gallina. Se pusieron frente a ella y Ludmila pronunció tres veces: Izbushka, Izbushka, da la espalda al bosque y ponte frente a mi. Mágicamente la casa se levantó y giró para mostrar la entrada, por la ventana se podía ver la sombra de Baba Yaga proyectada por la luz de un candil.

Cuando entraron Ludmila encontró su hogar transformado, por todos lados había luz, plantas crecían en el interior y por el techo se veían las estrellas y otros mundos, en el suelo la tierra húmeda les invitaba a descalzarse, un perfume suave las llevó al lecho de Baba Yaga. Ella yacía muy viejita ya , esperando la llegada de su hija y su nieta, tenía un legado importante que dejarles, el secreto que guardaba su casa. Para ello Ludmila debía formularle cien preguntas, esas cien preguntas tendrían su respuesta, pero cada respuesta envejecería a Baba Yaga, un año más. Ludmila se resistía a formular las preguntas, porque entendía que al responderlas su madre moriría. Baba Yaga la miró fijamente, su mirada le suplicaba que empezara con las preguntas, porque esas respuestas eran las que le traspasarían la sabiduría acumulada a una mujer joven y por lo tanto aseguraban la continuidad del conocimiento.

Poco a poco , con lágrimas en los ojos, Ludmila fue haciéndole las preguntas a Baba Yaga y ella, mientras su vida se apagaba, fue contestándolas una a una. Cuando contestó la última, Baba Yaga era apenas un montón de huesitos sobre la cama, el último aliento atrajo al viento del norte, que hizo girar la veleta de la casa . Izbushka, ahora la casa del conocimiento, se puso en pie y empezó a caminar lentamente en busca de un nuevo horizonte.

Al amanecer el sol brindó sus primeros rayos dorados sobre el gallo rojo de la puerta, que Baba Yaga pintó el día que Ludmila fue en busca de su vida y de su libertad.

Juan C. Gargiulo Basardilla 10 octubre de 2010

18/08/10

La tortuga que sostiene al mundo

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Hace muchos años, ¡qué digo! muchísimos años, existía una tortuga gigante, gigantesca. Sobre su caparazón verde, cuatro elefantes de alabastro hacían un esfuerzo titánico de sostener al mundo.

En él había tierras y mares, bosques y ciudades, los hombres, las mujeres y los niños vivían sin percatarse de su existencia. Transcurrían los días y las noches, los veranos, los otoños y los inviernos, sin faltar todos los años las primaveras más espléndidas conocidas.

Nadie sabía que todo eso ocurría gracias al lento andar de la tortuga, ella paso a paso nos regalaba las salidas y puestas de sol, incluso los días nublados y con lluvia; también las copiosas nevadas y los vendavales que hacían que los niños observáramos por la ventana como si todo el mundo girara alrededor de nuestras casas.

Las noches de luna llena eran obra de la complicidad entre la gran tortuga y la luna. Ella le hacía un guiño en un charquito, y entonces salía para reinar en la noche.

Las cosechas y los nacimientos también estaban gobernados por la gran tortuga, los hombres creían que eran obra del sol y de la luna, pero en realidad ellos  sólo ayudaban a la  tortuga, que con su andar se adentraba en las estaciones del año o provocaba, con su bamboleo, las mareas y las olas del mar.

Pero el tiempo pasó y la tortuga se hizo cada vez mas viejita. Los habitantes del mundo empezaron a darse cuenta que los días se hacían mas largos, al igual que las noches, y que la primavera no llegaba nunca, escaseando entonces los alimentos.

Y pasó que un día la Gran tortuga vieja se encontró en su andar, con una tortuga joven, que andaba por allí.

La Gran tortuga le dijo a la joven, que ella estaba muy cansada de llevar al mundo, se había hecho vieja , y sus fuerzas no le daban para mucho más. Era necesario para que el mundo siguiera siendo mundo, para que la vida continuase en las tierras y en los mares, en los bosques y las ciudades, que la joven tortuga tomase el relevo de la vieja.

Pero ¿cómo hacer para tomar el lugar de la vieja tortuga sin que todo se desbaratase, sin que cayeran los cuatro elefantes de alabastro, sin que los mares se precipitaran al vacío arrastrando a todos los seres que allí vivían? ¿cómo evitar que las montañas y las ciudades  se derrumbasen?

La vieja gran tortuga, en sus tantos años de andar había adquirido cierta sabiduría: – si yo salgo de mi caparazón y tú sales del tuyo, podrás tomar mi lugar sin que nada se mueva, nada se desequilibre, sólo pararemos un momentito nomás el funcionamiento del mundo.-

Fue así que lo hicieron, y el mundo se detuvo por un instante. Los hombres, las mujeres, y los niños, también los animales y las plantas, se dieron cuenta que algo estaba pasando, los vientos se detuvieron, el sol y la luna se quedaron espectantes en el cielo. El agua del mar estaba quietita como nunca.

Hasta que todos sintieron una pequeña vibración, algo que hizo tintinear las copas de la alacena, o el repiquetear loco de alguna campana.

El viento arrancó despacito, con una brisa tímida y los mares con olitas suaves. la vida se puso en marcha otra vez, los días y las noches volvieron a ser como antes, la primavera  se ponía en marcha otra vez.

05/08/10

La Casa de la Calle Juan Bravo



Una tarde de 1993, me encontré una carta en el buzón .  En esa carta la propietaria del edificio me invitaba a conocer el estado de su casa.  Supe más tarde que me había contactado a raíz de una obra que estaba realizando con cierta urgencia en un edificio de la calle Angosta.
A la mañana siguiente tuve la oportunidad de entrar en esta casa antigua, posiblemente del siglo XV. 

La casa se dedicó siempre a vivienda familiar, en esa época sólo vivían allí dos hermanas mayores ya, y una inquilina anciana en el piso 2º . La vivienda del piso segundo interior había sido alquilada a estudiantes de la Casa de los Picos, quienes vivían de juerga en juerga escandalizando a las hermanas propietarias. Los bajos del edificio estaban ocupados por una pequeñísima frutería y una tienda de marroquinería, con una importante trastienda como almacén. Otros bajos conectados a la vivienda principal guardaban los tesoros familiares, con descuido, a merced de la humedad y el paso del tiempo. Cuadros al óleo , grabados, fotografías y viejos enseres se arrumbaban en esos cuartos. Mi interés por esa casa iba aumentando a medida que conocía sus laberintos e historias.  Por esa casa pasaron algunos artistas segovianos, como Torreagero, Moro, pudieron disfrutar seguramente de una vida austera y con privaciones, pero esa casa tenía la huella de cierto esplendor y calidez que contrastaba con el frío clima castellano y las  décadas de desierto cultural de la ciudad. En alguna medida conectaba con mi experiencia de la casa familiar de la calle Montañeses, en Buenos Aires.

Las dos hermanas, se preguntaban,  mostrando sentimientos contradictorios, si era mejor derribarla y empezar de cero o si la casa tendría un segunda oportunidad. Yo sabía que la demolición completa no era posible, por razones del ordenamiento urbanístico de la ciudad, pero, fundamentalmente, porque esa casa encerraba siglos de historia doméstica, que me parecía injusto  se esfumaran bajo la piqueta, y también por la mirada de esas personas que buscaban una respuesta que permitiera cierta permanencia de sus recuerdos y vivencias que brotaban de cada rincón de la casa.

Un día sin mediar un encargo concreto, tras una primera toma de datos, fui elaborando unos  bocetos, intentaba verificar el aprovechamiento espacial del edificio y por otro lado recuperar parte de ese carácter que parecía que la casa había tenido. Esos bocetos fueron la llave que abrió en las dos hermanas una esperanza, una respuesta a su angustioso deseo de acabar con todo de una vez y recomenzar con otra cosa.

La hermana menor, que actuaba como apoderada de la familia , fue quien entabló la batalla para lograr la rehabilitación del edificio. Poco a poco la figura de esta mujer se agiganta, en su tesón y su voluntad de llevar adelante la empresa. Una empresa que estuvo cargada de luchas burocráticas, conflictos, con inquilinos y vecinos, presiones inmobiliarias, que como una guerrera supo afrontar y vencer. En cierta medida actuó como la reencarnación femenina de Juan Bravo héroe de la Guerra de las Comunidades de Castilla. 
Durante la obra cumplió funciones de aparejadora sin serlo, reemplazando al fallecido aparejador . Contrató empresas, lidió con ellas, con un carácter intempestivo y febril, pero con la fuerza de su razón de fondo, con el impulso de dar nueva vida a la casa de su infancia , en un intento de recobrar el viejo esplendor.

En los trabajos que nos llevaron a sus entrañas, a contactar con su historia dormida, aparecieron elementos que atestiguan de su origen remoto. un magnífico artesonado decorado, restos de fábricas de ladrillo con sus aparejos, silos horadados en la roca madre, rejerías, canes de madera, suelos de barro, chimeneas de antiguas cocinas.También la frustración de no encontrar el aljibe que existiera en la casa y que se documenta en una foto antigua con las hermanas pequeñas al pie. 
Nos permitió descubrir su pertenencia a casas vecinas, hermanadas por sus tejados y vigas, enseñándonos la dinámica de transformación a lo largo del tiempo, lo que perduraba y lo que había desaparecido, lo que había sido reutilizado y lo que se había perdido irremediablemente. Lo que enraizaba en la memoria de sus últimos habitantes que fueron testigos de su andadura por el siglo XX, que vieron sus transformaciones fruto de la necesidad y también de la especulación.

Una mañana de la primavera de 2007, nos encontramos ella y yo en el patio recuperado de la casa, pude ver en sus ojos la satisfacción del trabajo concluido, a pesar que su voz desgranaba todavía luchas por encarar, y conflictos por resolver. En ese instante comprendí que la obra había terminado, pero ella se resistía, quizá porque en la lucha por recuperarla había dejado sus mejores energías, fusionándose con su casa pero  intuyendo que la historia puede latir en los edificios y los objetos, pero sólo vive en las personas. 

Bsaradilla  verano 2010.


01/06/09

Benedetti

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Para ver diapositivas

Había viajado de madrugada en alíscafo desde Buenos Aires a Colonia y en autobús desde allí a Montevideo, para cubrir fotográficamente el plebiscito que había costado mucho conseguir y que intentaba revocar la ley de autoamnistía o de impunidad (llamada oficialmente Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado ).

Era muy temprano por la mañana del domingo 16 de abril de 1989, después de acreditarme como fotógrafo de prensa, me dirigí a los centros de votación. Tuve la suerte de ir a un centro ( creo que era una sede sindical del PIT-CNT) donde se había formado una cola bajo la llovizna de otoño.

Entre los vecinos que acudían a votar, descubrí a Don Mario Benedetti, esperando su turno para ejercer el voto.

En la cola hablaban de diversos temas, tomaban mate de una manera relajada pero expectante, algunos leían, otros fumaban. Don Mario casi pasaba desapercibido. Algunas personas se acercaron para hablarle, o pedirle un autógrafo, que gustosamente brindaba en las papeletas de votación o en cualquier papelito que alguna gente le alcanzaba. Los vecinos lo conocían y el trato era totalmente familiar.

Hice algunas tomas de la cola, y otras de Mario Benedetti, enfundado con su gabardina, tímido, pero relajado. Me acerqué a él y le pedí permiso para fotografiarlo solo. Asintió y entonces le pedí que se descubriera. En ese momento me dijo que una imagen vale más que mil palabras, yo muerto de vergüenza, le dije que por favor, que no, que una imagen de las mías no valía como sus palabras. Quizá esa generosidad, o ese sentirse igual a todo el mundo fuera lo que le impulsó a decirlo. Algo que me mostró de que estaba hecha esta persona.

El plebiscito se perdió y entre la niebla de una mañana yo regresé a Buenos Aires.

Diez años después me acerqué al Teatro Juan Bravo en Segovia, al que Mario Benedetti había concurrido como jurado del premio Jaime Gil de Biedma. No me pude acercar, ya que el protocolo, comprensiblemente, lo había secuestrado.

Entonces, una noche me encerré en el laboratorio, y copié dos de estas fotografías, escribí una nota de agradecimiento, devolviéndole sus imágenes , cerré el sobre y se las envié a una amiga en Montevideo que diligentemente se las entregó.

Sé por ella que una sonrisa se dibujó en su rostro al verlas.

En la prisa de mandarle sus fotos no incluí éstas que hoy aparecen aquí , las de los vecinos y ciudadanos que eran protagonistas junto con él de la vida, de su querida Montevideo , el objeto de sus palabras y sus versos. Quizá cumplo hoy ese mandato de compartirlas con todos ustedes, algo que seguramente Don Mario hubiera hecho.

Juan Carlos Gargiulo, 19 de mayo de 2009.

Este artículo fue publicado en la Revista La Linterna nº 7 (junio 2009)