21/8/26
12/8/26
El eclipse y la censura
El 26 de junio de 1980 la dictadura argentina quemó en Sarandí 24 toneladas de libros y revistas, cerca de un millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina.
La quema masiva de libros fue una práctica sistemática de censura y terror cultural desde 1976. Ciencia, política, libros infantiles, literatura de ficción, poesía, todo cabía en la gran hoguera cultural del “Proceso de Reorganización Nacional”.
La federación nazi de estudiantes, apoyada por el ministro de propaganda Joseph Goebbels destruyó en 1933 miles de libros y elaboró listas de obras “degeneradas”, quemando o triturando obras de Marx, Freud, Einstein, o Bertolt Brecht.
En España los falangistas destruyeron miles de obras consideradas subversivas, liberales, marxistas, masónicas o contrarias a la moral católica, con el fin de borrar el legado de la República. Desde agosto de 1936 se hicieron hogueras públicas en Galicia, Navarra y Extremadura, conforme avanzaban las tropas franquistas.
El 30 de abril de 1939, se realizó la quema oficial en el patio de la Universidad Central de Madrid para celebrar la victoria del bando golpista. Luego vino el expurgo masivo de bibliotecas públicas, ateneos obreros y colecciones privadas. Libros que fueron quemados o triturados con guillotinas de imprenta. Después de ese tiempo llegaron los “infiernos” que eran secciones secretas o prohibidas en las bibliotecas públicas con acceso restringido solo a personal autorizado.
En estos días ha saltado la información tanto en la BBC como en otros medios como Televisión Española, que la empresa Antropic de Inteligencia artificial, lleva un programa oculto de adquisición masiva de cientos de miles de libros usados y descatalogados en todo el mundo, para previo uso de guillotinas industriales que arrancan los lomos y permiten la rápida digitalización de hojas sueltas mediante el reconocimiento óptico de caracteres. El objetivo es alimentar el cerebro de la Inteligencia artificial. Una vez escaneados los libros, éstos son destruidos y reciclados como papel.
Hoy estaremos hipnotizados bajo el influjo de un eclipse total de sol ampliamente publicitado y descrito, hasta tal punto que casi no hace falte verlo, ni tener la experiencia personal todo está en las pantallas. Mientras la tecnología se va refinando. Ya no necesitan quemar libros, maquinas monstruosas los fagocitan, digieren su contenido y nos dejan una papilla al gusto de quienes ostentan el poder. El fascismo también está en la tecnología, la que tiene por objetivo el control cultural, social y político de los seres humanos.
Fahrenheit 451, donde los libros estaban prohibidos y la resistencia era memorizar un libro. "Un mundo feliz", como vaticinara Aldous Huxley, un mundo distópico.
Quizá haya que ir retornando a las barricadas, esta vez hechas de libros.
Juan C. Gargiulo 12 de agosto de 2026
4/7/26
Sumud
Los niños entierran a sus muñecos.
El abuelo se levanta por la noche y busca la higuera. Las madres buscan a sus
hijos. La euforia del mundial se pasó. Miro ese bolso negro de Adidas, con el
que voy a entrenar baloncesto.
La abuela se queda dormida y no
despierta nunca más. Un velatorio discreto, algunos cantos y oraciones, ninguna
bandera.
Me llamas preocupada, nos tomamos
un té pronto por la mañana, en la esquina de enfrente. Han demolido tu casa, se
la llevaron por delante con bulldozers del ejército, intimidantes, color verde
oliva, marca Toshiba. Construirán nuevos edificios para los colonos, pero tú no
podrás volver a tu casa. Los naranjos, el gallinero, la casita de bloques y
cubierta de chapa, la antena que te conectaba al mundo y desde donde partían
las imágenes del oprobio y las injusticias. Todo ha caído. Confías en mi porque
estudiamos juntos y fuimos siempre cómplices; incluso desde que te fuiste luego
a la escuela agraria a prepararte para el futuro. Pero nuestro país está
ocupado militarmente, no hay futuro, sólo presente. Resistir o exiliarse, que
es otra forma de resistir y algún día volver. ¿Podremos alguna vez? ¿Qué
quedará de nuestro pueblo? No habrá otra tierra a que retornar.
El abuelo ya no tiene la higuera
a cuya sombra nos contaba la historia de nuestros ancestros.
Un país dividido, controlado por
los ocupantes, con cárceles y exterminio, con una cultura milenaria desoída.
Lugares sagrados violentados. Tierras y familias violentadas.
Los niños juegan a enterrar sus
juguetes, ¿crecerán sin infancia?
Ayer demolieron la escuela donde
estudiamos, los escombros a un lado, los pupitres, pizarras y sillas al otro, rescatadas
a último momento. Lo hicieron por la mañana temprano, justo cuando estaban los
niños en clase; tuvieron que escapar por las ventanas. Un bulldozer acompañado
de camiones militares; se fueron victoriosos por donde vinieron, en el
horizonte ya se vislumbran los edificios para los colonos. Avanzan día a día
con pasos de gigante, un Golem sin alma, destructivo que arrasa todo a
su paso.
Vuelvo a mirar ese bolso de Adidas
con que voy a baloncesto y donde guardé el paquete que me dieron en la reunión
clandestina. Venganza, justicia, Sumud. Permanecer, reconstruir, siempre
reconstruir. No perder la humanidad.
Entre los escombros de la escuela
está Zayn, la mascota de los niños, sale herida en los cuartos traseros, se
acerca a mi como reconociendo a un antiguo alumno, me mira con sus ojos de
dolor. Su pelo rojo está blanco por la cal y el yeso, lo limpiamos tú y yo. Su
herida está abierta y sangra.
Lo llevamos a la sombra, bajo la
higuera de la escuela.
Entonces me preguntas, ¿que llevas en el bolso
negro de Adidas?, sin responderte lo abro, saco del interior el paquete que
está envuelto con papel de periódicos y desenvuelvo con cuidado su contenido. No
te dije que el año pasado terminé veterinaria.
Juan Carlos Gargiulo 4 de julio
de 2026
14/6/26
Ese extraño animal
Hortensia Morales nació en Cascada del Ángel, su madre la parió bajo un algarrobo. Ese día de un calor insoportable: 6 de enero de 2002, el gobierno sancionó la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario, la cual provocó enormes pérdidas en los ahorros de la población.
Anselmo, su padre, mientras trabajaba el campo en Huertas Malas, vio moverse entre los yuyos del pajonal a un bicho extraño. Armado con su caparazón se enroscó en cuanto vio la presencia de Anselmo. Por el rastro de sangre, intuyó que estaba herido, quizá una culebra o un gato montés…
Con cuidado lo recogió con sus guantes y lo llevó al galpón en una carretilla. Allí tenía algo en el botiquín que quizá le sirviese para sanar la herida.
Él pensó que sería una buena mascota para Hortensia, su primera hija. El animal se fue curando con los cuidados de la familia y domesticando al ritmo del crecimiento de la gurisa. Comía de todo, frutas, semillas, larvas, insectos, era un bendito.
Con la crisis provocada por el gobierno, se vivieron años de penuria económica, y los pequeños agricultores como él, sólo podían producir para el autoconsumo. Con el tiempo no tardaron en poner sus garras las codiciosas inmobiliarias, que pretendían urbanizar las chacras circundantes, por una demanda turística específica: la de los avistamientos en el cerro Uritorco.
Urbanitas de clase media y alta, gurús, metafísicos y patafísicos, acampaban cada temporada, a la espera de los fenómenos celestes que se sucedían sobre el cerro. No faltaban hippies aficionados a cualquier tipo de sustancia que les abriera la mente. Todos ellos eran la clientela perfecta para los buitres de las inmobiliarias.
Diógenes, la mascota familiar, tenía la costumbre de robar y acumular los más variados objetos que encontraba, los enterraba o escondía, algunos volvían a aparecer cuando Hortensia cavaba la huerta o el jardín, otros parecían estratégicamente ocultados entre las matas de espinos.
Una tarde mientras Hortensia, regaba la huerta, por pedido de su padre, alguien munido de una escopeta del doce atravesó la tranquera y preguntó con prepotencia por Anselmo. El personaje era Willy Fernández, temido esbirro de las inmobiliarias que iba por las fincas amenazando a los chacareros para que se fueran y dejaran libres las tierras para sus intereses especulativos. Ante esa escena Diógenes se enroscó y en situación defensiva apuntó al inoportuno visitante con su rabo.
-Doctor, sentí como si un rayo invisible me paralizara y me debilitaba. Comentó Willy Fernández al médico local Salvador Houssay (nieto del premio nobel). Quien no encontró fundamento científico en lo que éste le contaba.
Fue en el año de 2020, el mundo estaba confinado por la pandemia, ya algunos chacareros habían abandonado las fincas cercanas al cerro Uritorco, los turistas acampaban para ver avistamientos de ovnis. Por las noches hacían ceremonias propiciadoras, desconociendo las costumbres nativas, que consideraban esas visiones como almas en pena que volvían a la tierra para cobrar deudas con los vivos. Y fue así que una noche Willy Fernández salió con su escopeta a cazar al animalito que le había paralizado. Entró a la finca de Huertas Malas, aprovechando que todos dormían husmeó entre las matas, los bidones de agua que se enfriaban con la rasca de la noche y entre los aperos descuidados.
Y en eso lo vio, dos ojitos amarillos reflejaron la luz de la linterna que tenía pegada a su escopeta. Willy apuntó y dijo: - ya no vas a servir ni para charango.
El animal se puso en dos patas, y juntó sus manitas delanteras como rezando. Sonó un disparo en el momento en que desde lo alto del Uritorco un rayo verde creó una red con los objetos que Diógenes había enterrado y escondido estratégicamente por toda la finca, en un movimiento envolvente el rayo se llevó por los aires al invasor.
Hortensia Morales, salió rauda de la casa y su mascota fue inocente hacia su encuentro, no tenía ningún rasguño, sólo temblaba el pobre animalito.
Dicen que vieron a Willy Fernández años después desvariando por las pasarelas de las Cataratas del Iguazú, invitando a los turistas a pasar allí una noche en un hotel de hielo… ¡Una locura!
Juan C. Gargiulo 14 de junio de 2026.
6/6/26
Tenía un
don
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta
declaración de la maestría
de Dios,
que con magnífica ironía
me dio a
la vez los libros y la noche.
J.L. Borges
Cacho Dante
Sciamarella, era un jugador prodigioso, se lo digo yo señor periodista, Fito
Vilanova, el mejor amigo de Cacho. Podría haber jugado en la selección
del 86, de nueve, junto al Diego. Era un jugador intuitivo y extraño a
la vez.
De chico
comenzó en Ferro, el club de Caballito, en los equipos infantiles. Destacaba
por su habilidad para gambetear las defensas y colocar el centro preciso de
gol.
Lo
extraño en él era que cuando arrancaba una jugada, cerraba los ojos, si como se
lo digo, corría con la pelota con los ojos cerrados, como si tuviera en su
cabeza la cancha entera y el movimiento de los jugadores.
Con las
jugadas a balón parado, embocaba siempre, lo que digo señor periodista:
siempre. Miraba a su alrededor dando unas vueltas rodeando la pelota, luego se
colocaba en posición, cerraba los ojos, tomaba carrera, inspiraba, y pateaba,
justo allí donde había imaginado. El partido sucedía en su interior. Era
fantástico verlo jugar, algo de otro mundo.
Con los
años jugó en la primera de Ferro que dirigía Griguol junto a jugadores como
Gerónimo Saccardi, Juan Domingo Rocchia, Claudio Crocco y el arquero imbatible:
Carlos Barisio. En el 81 estuvieron a punto de ganar el Campeonato Nacional y
en el 82 cuando Ferro salió campeón, él se lo perdió por la guerra de las
Malvinas.
Lo
llamaron a filas y se tuvo que ir al sur. Me dijo la noche antes, Fito
volveré y les ganaremos a esos ingleses.
Cacho Dante
Sciamarella, volvió, pero su mirada estaba opacada, dejó el fútbol, es un
engaño Fito, me dijo. Su vista no iba bien, una nube se instaló en sus
ojos.
El
peregrinaje médico, por clínicas y hospitales especializados no dieron con el
diagnóstico de la progresiva ceguera que se iba instalando en sus ojos, era
como si no quisiera ver el mundo después de la guerra.
Pero
señor periodista, sus padres no se resignaban y juntaron pesito tras pesito,
vendieron el auto y pidieron prestado, para enviarlo con unas tías milagreras
que tenía en Trieste, Italia.
Las tías,
solteronas y devotas de San Giovanni in Tuba, decían que las aguas de
allí curaban todas las enfermedades, ellas eran testigos de varios milagros
perdurables.
Cacho fue allí
con sus tías, y mientras hacía cola para las abluciones, justo delante de él
estaba otro ciego, sin bastón ni lazarillo, tenía colgando del cuello una
cámara fotográfica, que por el sonido Cacho me contó que disparaba luego
de un breve ritual, giraba su cabeza hacia un lado y a otro como percatándose
de sonidos y olores, y volvía a girar el cuerpo para así tomar una fotografía
en ese, según dicen un hermoso santuario. El fotógrafo ciego no era otro que el
famoso Evgen Bavcar, esloveno de nacimiento, devoto del santuario y de Borges.
Los
encuentros con Evgen se repitieron ya que Cacho quiso aprender fotografía como
él. Ambos tenían en su memoria imágenes de un mundo anterior a su ceguera que
era posible plasmar.
Antes de
volver al país Evgen le regaló una cámara, la Minolta SRT 101, un fierro. Cacho
volvió al club, pero no ya a jugar sino a fotografiar los partidos. Cuando
los directivos vieron las fotos que hacía, llamaron a la revista El Gráfico y
les propusieron que le contrataran.
En poco
tiempo Dante Sciamarella era todo un nombre en el periodismo gráfico del país,
sus fotos de los grandes partidos de fútbol eran elogiadas no sólo en los
medios sino por el público, algo que rara vez sucede. Fino, elocuente, con gran
precisión, nadie sospecharía que se trataba de un fotógrafo ciego.
Y fue así
señor periodista que Dante, llegó a México en el Mundial de 1986. Con una
petición especial: fotografiar el partido entre Argentina e Inglaterra.
Argentina tenía a Maradona e
Inglaterra a Lineker.
Cacho se
colocó detrás del arco de los ingleses con un zoom potente que le facilitaron
en la redacción de El Gráfico.
El
partido bronco, olía a la prolongación del conflicto bélico. En eso vino el gol
de la “mano de Dios” de Maradona, él se lo perdió, pero al lado tenía a Eduardo
Longoni, que hizo la foto que luego diera la vuelta al mundo.
Cuando el
segundo de Argentina, ya había gastado casi todos los fotogramas del tercer
carrete, y no sabía si le quedaban cinco o seis fotografías. A medida que Diego
avanzaba dejando en el suelo a los ingleses, el disparaba como si tuviera un
FAL entre sus manos, preciso directo, al paso del jugador.
1, 2, 3, 4,
5 fotos y en el último segundo cuando Maradona ya está en el suelo empujando la
pelota hacia el arco, él la ve, la ve dentro empujando la red, haciéndola
temblar, pero la cámara no gatilló, se le había acabado el carrete.
Tenía un don.
Eso me contó señor periodista.
Juan C. Gargiulo 4 de junio de
2026.
25/5/26
El río
Para escuchar el audio pinchar en la imagen
Desde la
ventanilla del tren veo el paisaje herido. ¿Cuándo fue que los humanos
extraviamos el camino?
Si somos
la parte sana de la sociedad, los “normales”, los que aceptamos todo como nos
viene dado, los que nos adaptamos a cada golpe, a cada herida, aunque duela
como la extracción de una muela, los que nos acomodamos en un espacio cada vez
más chico, más oscuro, ¿Por qué este conformismo infinito?
Vuelvo a
mirar por la ventanilla del tren, y la velocidad me hace difuminar las casas,
las naves, las infraestructuras que vamos dejando atrás, me voy durmiendo.
Atravesamos
un túnel, el paisaje cambia, las montañas, un bosque… un río.
¿Qué edad tenía cuando papá me
preguntó para qué servía un río?
Yo contesté como un escolar
aventajado, pero sin tener idea adónde quería llegar.
Me dijo: - Un río sirve para
navegar, para ir lejos, pero también sirve para sentarse a su orilla e ir
arrojando en él todo lo que nos hizo mal, todos nuestros dolores y heridas…
Yo era chico, y no lo entendí en
toda su profundidad.
Junto al
río un caballo tordo deja de pastar y me mira directamente, el tren aminora la
marcha porque estamos llegando a un apeadero. Mi destino está lejos aún, varias
horas de viaje me quedan. Estoy ligero
de equipaje, pienso, me puedo bajar aquí. Siempre me han costado las
decisiones, y al final he tirado por lo más cómodo. Podría quedarme sentado en
el tren y arribar al final en tres o cuatro horas. O bajarme en este lugar.
El tren
se para sube una señora con un chico de la mano. -Vamos Joaquín, le dice. Entonces
todo sucedió tan rápido que en menos de un minuto me encontraba solo en el
andén y el tren arrancaba.
Comencé
a caminar sin un rumbo cierto, el aroma del aire de la montaña me recordó a
mamá, cuando limpiaba la casa y quedaba impecable, echaba esos chorritos verdes
de “Pinolux” en el agua para que todo oliera bien. Mamá, vos que vendiste al
auto para que yo pudiera venirme a España. Y luego te quedaste sola con papá
enfermo.
Luego
los viajes y mi enfermedad, todos los errores cometidos, la soledad elegida, la
distancia muchas veces insalvable. De la vida sólo queda el recuerdo de la
infancia y los primeros años de juventud, todo es una marea vertiginosa de
olvido. Los amigos desaparecidos, los que sobrevivimos y nos fuimos, los que
sobrevivieron y se quedaron. Un país que parecía una trampa mortal, el mundo se
ha convertido en eso mismo que nos sucedió cincuenta años atrás, la culpa…
Atardece,
se acerca la hora dorada de luz, sigo caminando, el caballo tordo me espera, lo
veo a lo lejos, deja de pastar, me mira, hace un gesto con la cabeza, me invita
a acercarme, llego junto a él, le acaricio, es manso, está libre no tiene
cabezada, las crines largas le besan el pescuezo. Entonces él me guía, por
un sendero, a través del bosque que huele como los pisos de mamá, va pisando
con cuidado las ramas secas caídas, y la hojarasca casi no delata nuestro paso.
Se oye el murmullo del agua, cuando en un claro del bosque veo el río correr,
nos acercamos a la orilla, y el agua fría torrentosa que baja de la montaña va
creando torbellinos y figuras en la superficie. Me agacho y me siento sobre una
piedra, miro las evoluciones del agua, el tordillo me respira en la nuca, como
alentándome a hacer algo.
Entonces salen de mi las palabras
que nunca dije, las heridas acumuladas, todo el amor que quise dar y no fui
capaz, que el río se llevará sin preguntar nada.
Juan C. Gargiulo 24 de mayo de
2026
17/5/26
Esos de los peinados modernos
Héctor
terminó de dar su clase de “Historia Viva”. Hoy acudieron sólo cuatro alumnos. Beto
y yo le hacíamos el “aguante” para luego cerrar el Centro Barrial y escaparnos
con las chicas a bailar a “Cemento”.
Con un
traje azul impecable, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta, Héctor
cargaba su cartera repleta de libros apolillados; él llegaba puntual todos los
viernes, sacaba de la valija su cuaderno de apuntes, y empezaba a disertar
sobre historias inventadas: “Edipo y los psicoanalistas de Palermo” o “El
eterno viaje de Ulises por la Patagonia”.
A Héctor
lo había dejado la mujer, ella necesitaba alguien que le diera seguridad
económica y no estos magros pesos que él sacaba de sus clases alocadas. Pero
Héctor tenía un amor secreto, que nunca manifestaba en público, o estando
sobrio.
Ese
viernes, en que Beto y yo teníamos prisa por llegar a la discoteca donde
tocaban los “Redondos”; Héctor se cayó redondo en la puerta de entrada del
Centro Barrial, justo cuando nos despedíamos, dejando una estela de manos en el
aire. No había ningún escalón que explicase la caída, y sus zapatos estaban
perfectamente acordonados… en eso observamos una primera convulsión muy fuerte,
Héctor perdía el conocimiento. Beto le desató el nudo de la corbata y sobre el
pecho estaba la chapita que lo identificaba como enfermo de epilepsia.
El
aprendiz de psiquiatra me dijo:
¡Andá a buscar algo para que no se muerda la
lengua!; yo rebusqué en un cajón de la oficina y encontré una regla escolar de
20 centímetros de madera. Se la colocamos en la boca entre los números 5 y 12
que brillaban misteriosamente con el ulular de las luces de la noche.
- ¡Hay que llamar a una
ambulancia para llevarlo al Hospital!
- Preguntá en el local de al lado
a ver si te prestan el teléfono.
Yo
recordaba los números de emergencia gracias al camión de Miguelito, que los
tenía pintados en la carrocería. A la hora llegó la ambulancia, lo subieron
inconsciente y nosotros detrás de él. En la cabina se percibía un fuerte aroma
a pizza recién hecha, el chofer abrió una caja y nos convidó un par de
porciones mientras conducía a toda velocidad.
- ¿A qué Hospital le llevamos? Preguntó.
- Al Pirovano, es el que está más
cerca dijo Beto con suficiencia médica.
Entramos
por urgencias y, sin bajarle nos dijeron que no tenían personal disponible para
atenderle esa noche, que fuéramos al Hospital Italiano. Salimos nuevamente
raudos en esa dirección sorteando semáforos, taxis y autobuses abarrotados de
gente a esa hora del viernes.
En un momento del traslado Héctor
balbuceó:
-No quiero médicos, quiero un
enfermero.
En
“Cemento” seguramente habría comenzado el recital de “Los Redondos” y las
chicas estarían bailando con su primera copa.
Al llegar
al Italiano, dos médicos de urgencias nos recibieron, batas impecables pelo
engominado, pinta de “canas” tenían. Cambiaron bruscamente a Héctor a una
camilla del hospital y le cortaron la camisa blanca con una tijera; ahí vimos
sus brazos heridos con todos los picos de las inyecciones que le habrían dado
recientemente en diversos ingresos.
Entonces
los médicos se volvieron hacia nosotros, llamaron a dos enfermeros fornidos y
ordenaron:
- ¡A ver a estos dos con esos
peinados modernos!
- ¡Revísenles los brazos, seguro
que son drogadictos amigos de éste!
Mientras Héctor recobrando el
sentido decía:
-Elena, mi amor, no quiero un
doctor, ni tampoco un enfermero.
Juan C. Gargiulo 16 de mayo de
2026.
27/4/26
Ofrenda
Para escuchar audio pinchar en la imagen
Cuando
te fuiste volví al jardín
que había descuidado de
tanto ir
persiguiendo el secreto
que descubrí;
cuando los ojos se
abren vuelve el jardín
…
Gabo Ferro
Todo da vueltas, lo que está por venir se avecina, pero está lejos aún.
Alexander me cuenta en esta noche aciaga donde parece que todo ha terminado, que un día fue a ver a su madre enferma. Ella estaba sentada en una silla, mirando por la ventana. Cunado Alexander se acercó a su madre, vio que el jardín era como una selva, totalmente asilvestrado.
Entonces él tomó una decisión, iba a arreglar ese jardín para su madre. Bajó y buscó en la caseta las herramientas necesarias. La primavera llevaba un mes de gran pujanza. Comenzó podando los árboles desmadrados, luego arreglando los arriates, quitando las malas hierbas, recogiendo las hojas muertas del invierno, barriendo los senderos, adecentando todo aquello.
Cuando al final del día terminó su tarea, Alexander subió a ver a su madre, que seguía sentada junto a la ventana. Siguió su mirada triste tras los cristales, y pudo ver en toda su extensión, el horror. Ese jardín espontáneo, asilvestrado, con misterio y encanto se había convertido por obra de sus manos en una monstruosidad. Alexander nunca se lo perdonó, como le confesó a María esa noche de amor que necesitaba con urgencia para salvar al mundo de la hecatombe nuclear que ya se cernía sobre ellos.
Al amanecer volvió a su casa, Alexander se acostó en el sofá, y notó que todo había retornado al punto antes de la declaración de la guerra definitiva. Entonces comprendió que debía cumplir su promesa. Su ofrenda, su sacrificio: hizo un voto de silencio, prendió fuego a su casa y se distanció de sus seres queridos, tal como había ofrecido.
Andrei Tarkovski nos regala este momento magistral en su última película “Offret” (Sacrificio) terminada en mayo de 1986 y estrenada en Cannes. Tarkovski muere el 29 de diciembre de ese mismo año, el ofreció su propia vida en su cine, el exilio, la desesperanza y luego la enfermedad, se imbrican con el primer guion del film.
Ya lejos en el tiempo y el espacio me encuentro con mi propia enfermedad, con los rituales para conjurarla, para vivir un tiempo más y poder contarla, para no quedar mudo ante mis hijos, para seguir amando un poco más, sólo eso he pedido. Por eso esta tarde de primavera en que se cumplirán 36 años de exilio, observo como el jardín salvaje va ganando espacio, y se convierte en algo inmensamente bello.
Juan C. Gargiulo 27 de abril de 2026.
Música: Volví al Jardín de Gabo Ferro.
17/4/26
Una historia verdadera
Ulrico Schmidel como cronista del Río de la Plata y el Paraguay entre 1534 y 1554 nos relata en un pequeño libro la vida en los primeros años de la conquista y colonización de aquellas tierras.
La vida dura por conseguir víveres y defenderse de un mundo totalmente hostil para los españoles que llegaron allí. La visión colonial, que subsiste hasta el día de hoy, no les permitía ver ni aceptar la cultura de aquellos pueblos, ni su ciencia ni sus creencias. En todo el libro se habla de continuas batallas y matanzas, donde los indios a pesar de ser mayores en número siempre tienen las de perder frente a la tecnología europea. En sus 55 capítulos no deja de decir una frase sobrecogedora: “matamos a muchos, muchísimos” o en tal batalla murieron dieciséis españoles y algunos quedaron heridos, del lado de los indios tres mil. En algún párrafo demuestra la desesperación de los conquistadores, ya no buscábamos oro y plata, simplemente agua.
Cuenta en particular lo que sucedió cerca de Corpus Christi, con Antonio de Mendoza que, con un grupo de 50 hombres armados con arcabuces, se adentraron en tierra de los timbúes, Cuando llegaron hasta las chozas que rodeaban la plaza los timbúes salieron y les recibieron con el beso de Judas, les trajeron de comer carne y pescado. En esto que estaban comiendo cayeron sobre ellos ayudados por amigos y otros timbúes escondidos en las casas y les bendijeron la comida de tal modo que no se salvó ninguno, excepto un muchacho llamado Caldero el único que pudo escapar.*
Otras crónicas cuentan como Caldero en su huida caminó como diez leguas buscando un poblado amigo. Sediento y conmocionado por lo que había vivido, se encontró con un viejo indio timbú que estaba sentado en un pequeño taburete a la puerta de su choza. Caldero a pesar de su juventud dominaba las lenguas aborígenes y pudo acercarse al anciano, para preguntarle:
- ¿Podría decirme si hay algún arroyo de agua clara por aquí?
- ¿Por aquí? Que yo sepa no.
- Y digamé, ¿aunque sea una pequeña laguna no hay?
- ¿Aquí?, no sé yo nunca he visto una laguna.
- ¿Y algún poblado amigo cercano?
- ¿Poblado amigo?
- ¿Cercano? No mijo yo no conozco ningún poblado amigo cercano salvo mis animales y mi choza.
- ¿Y no ha visto a los hombres blancos, los españoles con sus armaduras?
- Si le digo la verdad le miento.
- Pero Ud. no sabe nada de nada
- Si, pero yo no estoy perdido.
Juan C. Gargiulo 17 de abril de 2026.
10/4/26
Duda fatal
3/4/26
Miguelito
Trabajaba en el taller de su padre, limpiando las herramientas y poniendo en orden el pañol. Sus sueños estaban siempre alrededor de sus juegos infantiles; cuando veía una camioneta o un flete o un simple camión de mudanzas, se le encendía el corazón.
Al año siguiente del éxito futbolístico su viejo le recordó que no había hecho la colimba aún; obediente se fue con su documento de identidad al cuartel del Regimiento 1 de Infantería y allí mismo lo enrolaron. Por la tarde los llevaron a la base aérea del Palomar y de ahí en un viejo avión de la Fuerza Aérea, a Río Gallegos, en la Patagonia.
Pasó catorce meses en ese lugar inhóspito del país, donde le viento se lleva los sueños y la fuerza de voluntad de las personas. En la colimba, lo vacunaron, y aprendió a leer y escribir mejor que en la escuela, porque nadie se mofaba de él. Se hizo buen tirador de FAL y máuser, era tartamudo, pero si no hablaba tenía una puntería excelente. Pasó a reserva en 1975, y se volvió a Buenos Aires, a la casita de sus viejos. Cuando regresó, su padre le tenía una sorpresa: le había comprado de segunda mano una camioneta Dodge carrozada para hacer fletes. Miguelito no podía más de alegría.
Cuando la selección argentina que dirigía César Luis Menotti ganó el mundial de 1978, Miguelito García salió a festejar con su camioneta embanderada y cargada de pibes del barrio. Nada sabía del horror que el Mundial ocultaba los crímenes de la dictadura.
Siguió viviendo con sus viejos hasta que a finales de un verano le llegó una cédula de citación para incorporarse en el Ejército; por sus antecedentes de buen tirador. Nuevamente lo trasladaron al sur y de ahí embarcaron para las islas Malvinas, el dos de abril de 1982.
Al volver de la guerra, su mente se había quedado perdida en alguno de los campos de batalla. Con su salud mental deteriorada fue a parar con sus huesos al Hospital neuropsiquiátrico Dr. José Tiburcio Borda de Buenos Aires. Allí fue sometido a diversas terapias, farmacéuticas y electroshock.
Una tarde de 1989, encontré un camión estacionado en una plaza del barrio de Chacarita. El camión era un viejo Bedford, que tenía toda la caja pintada con frases, y direcciones útiles para los vecinos, ambulancias, bomberos, policías, servicios de protección civil etc.… Al volante estaba Miguelito García. Me convidó unos mates y gracias al sistema de altavoces instalado, pudimos dar una vuelta por el barrio anunciando un evento cultural. Estaba feliz con la campaña de Huracán de ese año de la mano de Carlos Babington.
Al morir sus padres Miguelito García volvió al Hospital Borda. Allí colaboró con la fundación de una radio de los internos: LT22 Radio “La Colifata”.
En un vídeo de YouTube se lo ve con la misma sonrisa que les dedicaba a los pibes del barrio que se burlaban de él, está al pie de un camioncito que tiene en el frontal una leyenda que dice: “Mi sueño”.
Juan C. Gargiulo 2 de abril de 2026.
30/3/26
La chata
23/3/26
Una gota de té.
Difícil es encontrar el camino a casa.
Cuando el pájaro sale de cuadro vuelvo a pensar en escribir una carta a mi madre, que falleció hace tres años. Busco un papel un poco satinado, la estilográfica; compruebo si tiene tinta y si su trazo es el adecuado.
Creo que voy a necesitar un té caliente. Me levanto, voy a la cocina, elijo mi taza habitual, coloco allí un saquito de té verde que me trajo mi hermano de Virginia, tiene un sabor más fuerte que el que compro aquí. Pongo a hervir el agua hasta los 80 grados como dice el envoltorio del té. Una vez que está a la temperatura correcta vierto el agua en la taza. Del saquito comienza a salir un tinte dorado que va impregnándola del fondo hacia la superficie, como cuando limpias un pincel de acuarela.
Retorno a mi asiento con la taza entre las dos manos para calmar el frío que se siente esta mañana de nieve y ventisca.
El té está caliente y lo voy bebiendo de a sorbitos, mientras pienso en la carta. El último tiempo con ella fue realmente difícil: tener que dejar la casa, despedirse de los restos de papá, de la abuela, de la hija que nació, pero murió a las pocas horas; de una ciudad donde vivió 93 años, de todos sus recuerdos, todos los objetos acumulados en la casa, que para ella tenían un especial significado. Momentos irrepetibles que caerán inexorablemente en el olvido. Cartas, tarjetas, fotografías, viajes, encuentros, celebraciones…
La casa desierta, sin nada ya, a la espera que alguien vuelva a habitarla. El sonido de la llave al cerrarla por última vez. Los vecinos que no se atreven a salir a despedirse. El taxi espera.
El alma desierta, ¡qué difícil es encontrar el camino a casa!
Ya me he bebido casi todo el té, con la cucharilla recojo las últimas gotas del fondo.
La ventisca ha amainado, ahora los copos caen con suavidad. El pájaro está posado en un saliente del poste. Aletea para sacudirse la nieve.
La hoja inmaculada me espera para garabatear las primeras palabras: querida mamá…
De la cucharilla cae una gota sobre el papel, que misteriosamente no la absorbe, me quedo mirándola, trato de enfocar su superficie, voy al estudio deprisa y tomo la lupa, y allí en el brillo convexo lo veo mirándome a los ojos, es el niño de cinco años que fui, atrapado en esa gota de memoria y tiempo.
Juan C. Gargiulo 18 de marzo de 2026.
16/3/26
La chapita
Miguel
Durán “el Cholo” se despertó a las seis de la mañana como todos los días desde
que abandonó el boxeo por un knock out que lo dejó inconsciente por
varias horas. Se levantó, se dio una ducha, se vistió, recogió de la mesilla de
noche el colgante con la chapita, calentó un café, se puso al hombro su
cámara fotográfica y salió a la calle. Le gustaba esa hora del amanecer para
tomar fotografías de la ciudad casi desierta. En sus recorridos solía cruzarse
con las mismas personas, el panadero, el operario municipal que comenzaba a
barrer las calles, la carnicera, la estanquera, el tintorero japonés y su
diminuta esposa. Con todas estas personas se saludaba y a veces conversaba con
ellos de su historia como boxeador frustrado de peso welter. Pero esa vida
quedó atrás. Con el dinero ganado se apuntó en una escuela de arte y allí
estudió fotografía.
El
objetivo de estas salidas tempraneras era retratar ese barrio de la ciudad en
que vivía, que según los planes urbanísticos estaba condenado a la
desaparición.
Sin saberlo, Miguel Durán se inspiraba en el
fotógrafo francés de finales del siglo XIX Eugene Atget, el paseante-fotógrafo,
que registró los vestigios de lo que estaba amenazado a su desaparición por las
remodelaciones de París del barón Hausmann. Él se negaba como Atget a
fotografiar la nueva arquitectura que reemplazaba los viejos barrios. Tal era
su proyecto, que quizá podría plasmar en una exposición o en un libro, cuando
todo haya cambiado para siempre.
Pero esa
mañana Miguel Durán notó algo extraño al montar el trípode y colocar la cámara:
mientras encuadraba una esquina condenada, una sombra le oscureció el visor. Fue
entonces cuando se dio cuenta que allí no había nadie, que no se había cruzado
con las personas de costumbre, que en la ciudad no se oía ningún sonido, ni
canto de pájaros, ni el trajín del tráfico que empezaba a esas horas. Recordó
que mientras se duchaba tampoco oyó el rugir de los motores del aeropuerto
cercano.
Se
preguntó entonces si no sería un día de fiesta o de huelga general y a él se le
había pasado. Caminó dos calles y vio que todas las tiendas estaban cerradas,
apenas una brisa repentina movía los vasos de plástico que quedaron tirados la
noche anterior en la puerta del bar. El barrendero tampoco había hecho su
rutina de trabajo. ¿Dónde estaba todo el mundo?; ¿A dónde se habían ido?; ¿Qué
había pasado esa noche que él no se había enterado?; ¿Por qué no encendió la
radio cuando se despertó?, ¿Y la vecina del cuarto que a esa hora tendía la
ropa y escuchaba sevillanas con el balcón abierto, despertando al vecindario?
Observó
que las luces de los semáforos le deslumbraban como cuando el golpe que lo dejó
knock out. Las farolas se estaban apagando por el despuntar de la claridad del
día. Ya se le escapaba la hora de hacer esas fotos a lo Atget, casi sin gente,
con exposiciones largas que hacía que las personas se transformasen en
fantasmas o como presencias inquietantes. Eso mismo es lo que sintió cuando
estaba encuadrando la esquina abandonada: no era una sombra, sino una presencia
inquietante.
Pero ¿no
sería que todo esto era una mala jugada de su pasado o de la mente, que hacía
que habitase un mundo paralelo en determinados estados?
Si,
anoche había bebido demasiado y fumado también…
Se metió
por un callejón estrecho que aún conservaba la luminosidad mortecina del alba,
volvió a montar el trípode con la cámara, esta vez la imagen sería muy ajustada
en el encuadre vertical. Al mirar por el visor y apoyar la mano en el
disparador, sintió el roce en el hombro…
Ya está
volviendo en si dijo el médico de urgencias mientras sujetaba el brazo de
Miguel Durán, que aún atrapaba con fuerza el trípode con la cámara en su
extremo y la chapita entre los dientes: - esta vez el ataque epiléptico ha sido
profundo.
Juan C.
Gargiulo 13 de marzo de 2026



