12/8/26

El eclipse y la censura



El 26 de junio de 1980 la dictadura argentina quemó en Sarandí 24 toneladas de libros y revistas, cerca de un millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina.

La quema masiva de libros fue una práctica sistemática de censura y terror cultural desde 1976. Ciencia, política, libros infantiles, literatura de ficción, poesía, todo cabía en la gran hoguera cultural del “Proceso de Reorganización Nacional”.

La federación nazi de estudiantes, apoyada por el ministro de propaganda Joseph Goebbels destruyó en 1933 miles de libros y elaboró listas de obras “degeneradas”, quemando o triturando obras de Marx, Freud, Einstein, o Bertolt Brecht.

En España los falangistas destruyeron miles de obras consideradas subversivas, liberales, marxistas, masónicas o contrarias a la moral católica, con el fin de borrar el legado de la República. Desde agosto de 1936 se hicieron hogueras públicas en Galicia, Navarra y Extremadura, conforme avanzaban las tropas franquistas. 

El 30 de abril de 1939, se realizó la quema oficial en el patio de la Universidad Central de Madrid para celebrar la victoria del bando golpista. Luego vino el expurgo masivo de bibliotecas públicas, ateneos obreros y colecciones privadas. Libros que fueron quemados o triturados con guillotinas de imprenta. Después de ese tiempo llegaron los “infiernos” que eran secciones secretas o prohibidas en las bibliotecas públicas con acceso restringido solo a personal autorizado.

En estos días ha saltado la información tanto en la BBC como en otros medios como Televisión Española, que la empresa Antropic de Inteligencia artificial, lleva un programa oculto de adquisición masiva de cientos de miles de libros usados y descatalogados en todo el mundo, para previo uso de guillotinas industriales que arrancan los lomos y permiten la rápida digitalización de hojas sueltas mediante el reconocimiento óptico de caracteres. El objetivo es alimentar el cerebro de la Inteligencia artificial. Una vez escaneados los libros, éstos son destruidos y reciclados como papel. 

Hoy estaremos hipnotizados bajo el influjo de un eclipse total de sol ampliamente publicitado y descrito, hasta tal punto que casi no hace falte verlo, ni tener la experiencia personal todo está en las pantallas. Mientras la tecnología se va refinando. Ya no necesitan quemar libros, maquinas monstruosas los fagocitan, digieren su contenido y nos dejan una papilla al gusto de quienes ostentan el poder. El fascismo también está en la tecnología, la que tiene por objetivo el control cultural, social y político de los seres humanos.

"Un mundo feliz", como vaticinara Aldous Huxley.

Quizá haya que ir retornando a las barricadas, esta vez hechas de libros.


Juan C. Gargiulo 12 de agosto de 2026


4/7/26

Sumud

 


 

Los niños entierran a sus muñecos. El abuelo se levanta por la noche y busca la higuera. Las madres buscan a sus hijos. La euforia del mundial se pasó. Miro ese bolso negro de Adidas, con el que voy a entrenar baloncesto.

La abuela se queda dormida y no despierta nunca más. Un velatorio discreto, algunos cantos y oraciones, ninguna bandera.

Me llamas preocupada, nos tomamos un té pronto por la mañana, en la esquina de enfrente. Han demolido tu casa, se la llevaron por delante con bulldozers del ejército, intimidantes, color verde oliva, marca Toshiba. Construirán nuevos edificios para los colonos, pero tú no podrás volver a tu casa. Los naranjos, el gallinero, la casita de bloques y cubierta de chapa, la antena que te conectaba al mundo y desde donde partían las imágenes del oprobio y las injusticias. Todo ha caído. Confías en mi porque estudiamos juntos y fuimos siempre cómplices; incluso desde que te fuiste luego a la escuela agraria a prepararte para el futuro. Pero nuestro país está ocupado militarmente, no hay futuro, sólo presente. Resistir o exiliarse, que es otra forma de resistir y algún día volver. ¿Podremos alguna vez? ¿Qué quedará de nuestro pueblo? No habrá otra tierra a que retornar.

El abuelo ya no tiene la higuera a cuya sombra nos contaba la historia de nuestros ancestros.

Un país dividido, controlado por los ocupantes, con cárceles y exterminio, con una cultura milenaria desoída. Lugares sagrados violentados. Tierras y familias violentadas.

Los niños juegan a enterrar sus juguetes, ¿crecerán sin infancia?

Ayer demolieron la escuela donde estudiamos, los escombros a un lado, los pupitres, pizarras y sillas al otro, rescatadas a último momento. Lo hicieron por la mañana temprano, justo cuando estaban los niños en clase; tuvieron que escapar por las ventanas. Un bulldozer acompañado de camiones militares; se fueron victoriosos por donde vinieron, en el horizonte ya se vislumbran los edificios para los colonos. Avanzan día a día con pasos de gigante, un Golem sin alma, destructivo que arrasa todo a su paso.

Vuelvo a mirar ese bolso de Adidas con que voy a baloncesto y donde guardé el paquete que me dieron en la reunión clandestina. Venganza, justicia, Sumud. Permanecer, reconstruir, siempre reconstruir. No perder la humanidad.

Entre los escombros de la escuela está Zayn, la mascota de los niños, sale herida en los cuartos traseros, se acerca a mi como reconociendo a un antiguo alumno, me mira con sus ojos de dolor. Su pelo rojo está blanco por la cal y el yeso, lo limpiamos tú y yo. Su herida está abierta y sangra.

Lo llevamos a la sombra, bajo la higuera de la escuela.

 Entonces me preguntas, ¿que llevas en el bolso negro de Adidas?, sin responderte lo abro, saco del interior el paquete que está envuelto con papel de periódicos y desenvuelvo con cuidado su contenido. No te dije que el año pasado terminé veterinaria.

 

Juan Carlos Gargiulo 4 de julio de 2026

14/6/26

Ese extraño animal

 


    Hortensia Morales nació en Cascada del Ángel, su madre la parió bajo un algarrobo. Ese día de un calor insoportable: 6 de enero de 2002, el gobierno sancionó la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario, la cual provocó enormes pérdidas en los ahorros de la población.

Anselmo, su padre, mientras trabajaba el campo en Huertas Malas, vio moverse entre los yuyos del pajonal a un bicho extraño. Armado con su caparazón se enroscó en cuanto vio la presencia de Anselmo. Por el rastro de sangre, intuyó que estaba herido, quizá una culebra o un gato montés…

  Con cuidado lo recogió con sus guantes y lo llevó al galpón en una carretilla. Allí tenía algo en el botiquín que quizá le sirviese para sanar la herida.

Él pensó que sería una buena mascota para Hortensia, su primera hija. El animal se fue curando con los cuidados de la familia y domesticando al ritmo del crecimiento de la gurisa. Comía de todo, frutas, semillas, larvas, insectos, era un bendito.

    Con la crisis provocada por el gobierno, se vivieron años de penuria económica, y los pequeños agricultores como él, sólo podían producir para el autoconsumo. Con el tiempo no tardaron en poner sus garras las codiciosas inmobiliarias, que pretendían urbanizar las chacras circundantes, por una demanda turística específica: la de los avistamientos en el cerro Uritorco.

    Urbanitas de clase media y alta, gurús, metafísicos y patafísicos, acampaban cada temporada, a la espera de los fenómenos celestes que se sucedían sobre el cerro. No faltaban hippies aficionados a cualquier tipo de sustancia que les abriera la mente. Todos ellos eran la clientela perfecta para los buitres de las inmobiliarias.

    Diógenes, la mascota familiar, tenía la costumbre de robar y acumular los más variados objetos que encontraba, los enterraba o escondía, algunos volvían a aparecer cuando Hortensia cavaba la huerta o el jardín, otros parecían estratégicamente ocultados entre las matas de espinos.

    Una tarde mientras Hortensia, regaba la huerta, por pedido de su padre, alguien munido de una escopeta del doce atravesó la tranquera y preguntó con prepotencia por Anselmo. El personaje era Willy Fernández, temido esbirro de las inmobiliarias que iba por las fincas amenazando a los chacareros para que se fueran y dejaran libres las tierras para sus intereses especulativos. Ante esa escena Diógenes se enroscó y en situación defensiva apuntó al inoportuno visitante con su rabo.

    -Doctor, sentí como si un rayo invisible me paralizara y me debilitaba. Comentó Willy Fernández al médico local Salvador Houssay (nieto del premio nobel). Quien no encontró fundamento científico en lo que éste le contaba. 

    Fue en el año de 2020, el mundo estaba confinado por la pandemia, ya algunos chacareros habían abandonado las fincas cercanas al cerro Uritorco, los turistas acampaban para ver avistamientos de ovnis. Por las noches hacían ceremonias propiciadoras, desconociendo las costumbres nativas, que consideraban esas visiones como almas en pena que volvían a la tierra para cobrar deudas con los vivos. Y fue así que una noche Willy Fernández salió con su escopeta a cazar al animalito que le había paralizado. Entró a la finca de Huertas Malas, aprovechando que todos dormían husmeó entre las matas, los bidones de agua que se enfriaban con la rasca de la noche y entre los aperos descuidados. 

    Y en eso lo vio, dos ojitos amarillos reflejaron la luz de la linterna que tenía pegada a su escopeta. Willy apuntó y dijo: - ya no vas a servir ni para charango.

    El animal se puso en dos patas, y juntó sus manitas delanteras como rezando. Sonó un disparo en el momento en que desde lo alto del Uritorco un rayo verde creó una red con los objetos que Diógenes había enterrado y escondido estratégicamente por toda la finca, en un movimiento envolvente el rayo se llevó por los aires al invasor.

    Hortensia Morales, salió rauda de la casa y su mascota fue inocente hacia su encuentro, no tenía ningún rasguño, sólo temblaba el pobre animalito. 

    Dicen que vieron a Willy Fernández años después desvariando por las pasarelas de las Cataratas del Iguazú, invitando a los turistas a pasar allí una noche en un hotel de hielo… ¡Una locura!


Juan C. Gargiulo 14 de junio de 2026.


6/6/26

 

Tenía un don   

                                                            Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

                                                                                                                                                                                        J.L. Borges                                        

 

 

 



Cacho Dante Sciamarella, era un jugador prodigioso, se lo digo yo señor periodista, Fito Vilanova, el mejor amigo de Cacho. Podría haber jugado en la selección del 86, de nueve, junto al Diego. Era un jugador intuitivo y extraño a la vez.

De chico comenzó en Ferro, el club de Caballito, en los equipos infantiles. Destacaba por su habilidad para gambetear las defensas y colocar el centro preciso de gol.

Lo extraño en él era que cuando arrancaba una jugada, cerraba los ojos, si como se lo digo, corría con la pelota con los ojos cerrados, como si tuviera en su cabeza la cancha entera y el movimiento de los jugadores.

Con las jugadas a balón parado, embocaba siempre, lo que digo señor periodista: siempre. Miraba a su alrededor dando unas vueltas rodeando la pelota, luego se colocaba en posición, cerraba los ojos, tomaba carrera, inspiraba, y pateaba, justo allí donde había imaginado. El partido sucedía en su interior. Era fantástico verlo jugar, algo de otro mundo.

Con los años jugó en la primera de Ferro que dirigía Griguol junto a jugadores como Gerónimo Saccardi, Juan Domingo Rocchia, Claudio Crocco y el arquero imbatible: Carlos Barisio. En el 81 estuvieron a punto de ganar el Campeonato Nacional y en el 82 cuando Ferro salió campeón, él se lo perdió por la guerra de las Malvinas.

Lo llamaron a filas y se tuvo que ir al sur. Me dijo la noche antes, Fito volveré y les ganaremos a esos ingleses.

Cacho Dante Sciamarella, volvió, pero su mirada estaba opacada, dejó el fútbol, es un engaño Fito, me dijo. Su vista no iba bien, una nube se instaló en sus ojos.

El peregrinaje médico, por clínicas y hospitales especializados no dieron con el diagnóstico de la progresiva ceguera que se iba instalando en sus ojos, era como si no quisiera ver el mundo después de la guerra.

Pero señor periodista, sus padres no se resignaban y juntaron pesito tras pesito, vendieron el auto y pidieron prestado, para enviarlo con unas tías milagreras que tenía en Trieste, Italia.

Las tías, solteronas y devotas de San Giovanni in Tuba, decían que las aguas de allí curaban todas las enfermedades, ellas eran testigos de varios milagros perdurables.

Cacho fue allí con sus tías, y mientras hacía cola para las abluciones, justo delante de él estaba otro ciego, sin bastón ni lazarillo, tenía colgando del cuello una cámara fotográfica, que por el sonido Cacho me contó que disparaba luego de un breve ritual, giraba su cabeza hacia un lado y a otro como percatándose de sonidos y olores, y volvía a girar el cuerpo para así tomar una fotografía en ese, según dicen un hermoso santuario. El fotógrafo ciego no era otro que el famoso Evgen Bavcar, esloveno de nacimiento, devoto del santuario y de Borges.

Los encuentros con Evgen se repitieron ya que Cacho quiso aprender fotografía como él. Ambos tenían en su memoria imágenes de un mundo anterior a su ceguera que era posible plasmar.

Antes de volver al país Evgen le regaló una cámara, la Minolta SRT 101, un fierro. Cacho volvió al club, pero no ya a jugar sino a fotografiar los partidos. Cuando los directivos vieron las fotos que hacía, llamaron a la revista El Gráfico y les propusieron que le contrataran.

En poco tiempo Dante Sciamarella era todo un nombre en el periodismo gráfico del país, sus fotos de los grandes partidos de fútbol eran elogiadas no sólo en los medios sino por el público, algo que rara vez sucede. Fino, elocuente, con gran precisión, nadie sospecharía que se trataba de un fotógrafo ciego.

Y fue así señor periodista que Dante, llegó a México en el Mundial de 1986. Con una petición especial: fotografiar el partido entre Argentina e Inglaterra.

Argentina tenía a Maradona e Inglaterra a Lineker.

Cacho se colocó detrás del arco de los ingleses con un zoom potente que le facilitaron en la redacción de El Gráfico.

El partido bronco, olía a la prolongación del conflicto bélico. En eso vino el gol de la “mano de Dios” de Maradona, él se lo perdió, pero al lado tenía a Eduardo Longoni, que hizo la foto que luego diera la vuelta al mundo.

Cuando el segundo de Argentina, ya había gastado casi todos los fotogramas del tercer carrete, y no sabía si le quedaban cinco o seis fotografías. A medida que Diego avanzaba dejando en el suelo a los ingleses, el disparaba como si tuviera un FAL entre sus manos, preciso directo, al paso del jugador.

1, 2, 3, 4, 5 fotos y en el último segundo cuando Maradona ya está en el suelo empujando la pelota hacia el arco, él la ve, la ve dentro empujando la red, haciéndola temblar, pero la cámara no gatilló, se le había acabado el carrete.

Tenía un don.

Eso me contó señor periodista.

 

 

Juan C. Gargiulo 4 de junio de 2026.

25/5/26

El río

 


Para escuchar el audio pinchar en la imagen


Desde la ventanilla del tren veo el paisaje herido. ¿Cuándo fue que los humanos extraviamos el camino?

Si somos la parte sana de la sociedad, los “normales”, los que aceptamos todo como nos viene dado, los que nos adaptamos a cada golpe, a cada herida, aunque duela como la extracción de una muela, los que nos acomodamos en un espacio cada vez más chico, más oscuro, ¿Por qué este conformismo infinito?

Vuelvo a mirar por la ventanilla del tren, y la velocidad me hace difuminar las casas, las naves, las infraestructuras que vamos dejando atrás, me voy durmiendo.

Atravesamos un túnel, el paisaje cambia, las montañas, un bosque… un río.

¿Qué edad tenía cuando papá me preguntó para qué servía un río?

Yo contesté como un escolar aventajado, pero sin tener idea adónde quería llegar.

Me dijo: - Un río sirve para navegar, para ir lejos, pero también sirve para sentarse a su orilla e ir arrojando en él todo lo que nos hizo mal, todos nuestros dolores y heridas…

Yo era chico, y no lo entendí en toda su profundidad.

Junto al río un caballo tordo deja de pastar y me mira directamente, el tren aminora la marcha porque estamos llegando a un apeadero. Mi destino está lejos aún, varias horas de viaje me quedan.  Estoy ligero de equipaje, pienso, me puedo bajar aquí. Siempre me han costado las decisiones, y al final he tirado por lo más cómodo. Podría quedarme sentado en el tren y arribar al final en tres o cuatro horas. O bajarme en este lugar.

El tren se para sube una señora con un chico de la mano. -Vamos Joaquín, le dice. Entonces todo sucedió tan rápido que en menos de un minuto me encontraba solo en el andén y el tren arrancaba.

Comencé a caminar sin un rumbo cierto, el aroma del aire de la montaña me recordó a mamá, cuando limpiaba la casa y quedaba impecable, echaba esos chorritos verdes de “Pinolux” en el agua para que todo oliera bien. Mamá, vos que vendiste al auto para que yo pudiera venirme a España. Y luego te quedaste sola con papá enfermo.

Luego los viajes y mi enfermedad, todos los errores cometidos, la soledad elegida, la distancia muchas veces insalvable. De la vida sólo queda el recuerdo de la infancia y los primeros años de juventud, todo es una marea vertiginosa de olvido. Los amigos desaparecidos, los que sobrevivimos y nos fuimos, los que sobrevivieron y se quedaron. Un país que parecía una trampa mortal, el mundo se ha convertido en eso mismo que nos sucedió cincuenta años atrás, la culpa…

Atardece, se acerca la hora dorada de luz, sigo caminando, el caballo tordo me espera, lo veo a lo lejos, deja de pastar, me mira, hace un gesto con la cabeza, me invita a acercarme, llego junto a él, le acaricio, es manso, está libre no tiene cabezada, las crines largas le besan el pescuezo. Entonces él me guía, por un sendero, a través del bosque que huele como los pisos de mamá, va pisando con cuidado las ramas secas caídas, y la hojarasca casi no delata nuestro paso. Se oye el murmullo del agua, cuando en un claro del bosque veo el río correr, nos acercamos a la orilla, y el agua fría torrentosa que baja de la montaña va creando torbellinos y figuras en la superficie. Me agacho y me siento sobre una piedra, miro las evoluciones del agua, el tordillo me respira en la nuca, como alentándome a hacer algo.

Entonces salen de mi las palabras que nunca dije, las heridas acumuladas, todo el amor que quise dar y no fui capaz, que el río se llevará sin preguntar nada.

 

 

Juan C. Gargiulo 24 de mayo de 2026

 


17/5/26

Esos de los peinados modernos


 Para escuchar el audio pinchar en la imagen



Héctor terminó de dar su clase de “Historia Viva”. Hoy acudieron sólo cuatro alumnos. Beto y yo le hacíamos el “aguante” para luego cerrar el Centro Barrial y escaparnos con las chicas a bailar a “Cemento”.

Con un traje azul impecable, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta, Héctor cargaba su cartera repleta de libros apolillados; él llegaba puntual todos los viernes, sacaba de la valija su cuaderno de apuntes, y empezaba a disertar sobre historias inventadas: “Edipo y los psicoanalistas de Palermo” o “El eterno viaje de Ulises por la Patagonia”.

A Héctor lo había dejado la mujer, ella necesitaba alguien que le diera seguridad económica y no estos magros pesos que él sacaba de sus clases alocadas. Pero Héctor tenía un amor secreto, que nunca manifestaba en público, o estando sobrio.

Ese viernes, en que Beto y yo teníamos prisa por llegar a la discoteca donde tocaban los “Redondos”; Héctor se cayó redondo en la puerta de entrada del Centro Barrial, justo cuando nos despedíamos, dejando una estela de manos en el aire. No había ningún escalón que explicase la caída, y sus zapatos estaban perfectamente acordonados… en eso observamos una primera convulsión muy fuerte, Héctor perdía el conocimiento. Beto le desató el nudo de la corbata y sobre el pecho estaba la chapita que lo identificaba como enfermo de epilepsia.

El aprendiz de psiquiatra me dijo:

 ¡Andá a buscar algo para que no se muerda la lengua!; yo rebusqué en un cajón de la oficina y encontré una regla escolar de 20 centímetros de madera. Se la colocamos en la boca entre los números 5 y 12 que brillaban misteriosamente con el ulular de las luces de la noche.

- ¡Hay que llamar a una ambulancia para llevarlo al Hospital!

- Preguntá en el local de al lado a ver si te prestan el teléfono.

Yo recordaba los números de emergencia gracias al camión de Miguelito, que los tenía pintados en la carrocería. A la hora llegó la ambulancia, lo subieron inconsciente y nosotros detrás de él. En la cabina se percibía un fuerte aroma a pizza recién hecha, el chofer abrió una caja y nos convidó un par de porciones mientras conducía a toda velocidad.

 - ¿A qué Hospital le llevamos? Preguntó.

- Al Pirovano, es el que está más cerca dijo Beto con suficiencia médica.

Entramos por urgencias y, sin bajarle nos dijeron que no tenían personal disponible para atenderle esa noche, que fuéramos al Hospital Italiano. Salimos nuevamente raudos en esa dirección sorteando semáforos, taxis y autobuses abarrotados de gente a esa hora del viernes.

En un momento del traslado Héctor balbuceó:

-No quiero médicos, quiero un enfermero.

En “Cemento” seguramente habría comenzado el recital de “Los Redondos” y las chicas estarían bailando con su primera copa.

Al llegar al Italiano, dos médicos de urgencias nos recibieron, batas impecables pelo engominado, pinta de “canas” tenían. Cambiaron bruscamente a Héctor a una camilla del hospital y le cortaron la camisa blanca con una tijera; ahí vimos sus brazos heridos con todos los picos de las inyecciones que le habrían dado recientemente en diversos ingresos.

Entonces los médicos se volvieron hacia nosotros, llamaron a dos enfermeros fornidos y ordenaron:

- ¡A ver a estos dos con esos peinados modernos!

- ¡Revísenles los brazos, seguro que son drogadictos amigos de éste!

Mientras Héctor recobrando el sentido decía:

-Elena, mi amor, no quiero un doctor, ni tampoco un enfermero.

 

 

Juan C. Gargiulo 16 de mayo de 2026.

27/4/26

Ofrenda

 

                                                                        Para escuchar audio pinchar en la imagen


Cuando te fuiste volví al jardín

que había descuidado de tanto ir

persiguiendo el secreto que descubrí;

cuando los ojos se abren vuelve el jardín

Gabo Ferro


Todo da vueltas, lo que está por venir se avecina, pero está lejos aún.

    Alexander me cuenta en esta noche aciaga donde parece que todo ha terminado, que un día fue a ver a su madre enferma. Ella estaba sentada en una silla, mirando por la ventana. Cunado Alexander se acercó a su madre, vio que el jardín era como una selva, totalmente asilvestrado.

    Entonces él tomó una decisión, iba a arreglar ese jardín para su madre. Bajó y buscó en la caseta las herramientas necesarias. La primavera llevaba un mes de gran pujanza. Comenzó podando los árboles desmadrados, luego arreglando los arriates, quitando las malas hierbas, recogiendo las hojas muertas del invierno, barriendo los senderos, adecentando todo aquello.

    Cuando al final del día terminó su tarea, Alexander subió a ver a su madre, que seguía sentada junto a la ventana. Siguió su mirada triste tras los cristales, y pudo ver en toda su extensión, el horror. Ese jardín espontáneo, asilvestrado, con misterio y encanto se había convertido por obra de sus manos en una monstruosidad. Alexander nunca se lo perdonó, como le confesó a María esa noche de amor que necesitaba con urgencia para salvar al mundo de la hecatombe nuclear que ya se cernía sobre ellos.

Al amanecer volvió a su casa, Alexander se acostó en el sofá, y notó que todo había retornado al punto antes de la declaración de la guerra definitiva. Entonces comprendió que debía cumplir su promesa. Su ofrenda, su sacrificio: hizo un voto de silencio, prendió fuego a su casa y se distanció de sus seres queridos, tal como había ofrecido.

Andrei Tarkovski nos regala este momento magistral en su última película “Offret” (Sacrificio) terminada en mayo de 1986 y estrenada en Cannes. Tarkovski muere el 29 de diciembre de ese mismo año, el ofreció su propia vida en su cine, el exilio, la desesperanza y luego la enfermedad, se imbrican con el primer guion del film.

Ya lejos en el tiempo y el espacio me encuentro con mi propia enfermedad, con los rituales para conjurarla, para vivir un tiempo más y poder contarla, para no quedar mudo ante mis hijos, para seguir amando un poco más, sólo eso he pedido. Por eso esta tarde de primavera en que se cumplirán 36 años de exilio, observo como el jardín salvaje va ganando espacio, y se convierte en algo inmensamente bello.


Juan C. Gargiulo 27 de abril de 2026.


Música: Volví al Jardín de Gabo Ferro.