Tenía un
don
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta
declaración de la maestría
de Dios,
que con magnífica ironía
me dio a
la vez los libros y la noche.
J.L. Borges
Cacho Dante
Sciamarella, era un jugador prodigioso, se lo digo yo señor periodista, Fito
Vilanova, el mejor amigo de Cacho. Podría haber jugado en la selección
del 86, de nueve, junto al Diego. Era un jugador intuitivo y extraño a
la vez.
De chico
comenzó en Ferro, el club de Caballito, en los equipos infantiles. Destacaba
por su habilidad para gambetear las defensas y colocar el centro preciso de
gol.
Lo
extraño en él era que cuando arrancaba una jugada, cerraba los ojos, si como se
lo digo, corría con la pelota con los ojos cerrados, como si tuviera en su
cabeza la cancha entera y el movimiento de los jugadores.
Con las
jugadas a balón parado, embocaba siempre, lo que digo señor periodista:
siempre. Miraba a su alrededor dando unas vueltas rodeando la pelota, luego se
colocaba en posición, cerraba los ojos, tomaba carrera, inspiraba, y pateaba,
justo allí donde había imaginado. El partido sucedía en su interior. Era
fantástico verlo jugar, algo de otro mundo.
Con los
años jugó en la primera de Ferro que dirigía Griguol junto a jugadores como
Gerónimo Saccardi, Juan Domingo Rocchia, Claudio Crocco y el arquero imbatible:
Carlos Barisio. En el 81 estuvieron a punto de ganar el Campeonato Nacional y
en el 82 cuando Ferro salió campeón, él se lo perdió por la guerra de las
Malvinas.
Lo
llamaron a filas y se tuvo que ir al sur. Me dijo la noche antes, Fito
volveré y les ganaremos a esos ingleses.
Cacho Dante
Sciamarella, volvió, pero su mirada estaba opacada, dejó el fútbol, es un
engaño Fito, me dijo. Su vista no iba bien, una nube se instaló en sus
ojos.
El
peregrinaje médico, por clínicas y hospitales especializados no dieron con el
diagnóstico de la progresiva ceguera que se iba instalando en sus ojos, era
como si no quisiera ver el mundo después de la guerra.
Pero
señor periodista, sus padres no se resignaban y juntaron pesito tras pesito,
vendieron el auto y pidieron prestado, para enviarlo con unas tías milagreras
que tenía en Trieste, Italia.
Las tías,
solteronas y devotas de San Giovanni in Tuba, decían que las aguas de
allí curaban todas las enfermedades, ellas eran testigos de varios milagros
perdurables.
Cacho fue allí
con sus tías, y mientras hacía cola para las abluciones, justo delante de él
estaba otro ciego, sin bastón ni lazarillo, tenía colgando del cuello una
cámara fotográfica, que por el sonido Cacho me contó que disparaba luego
de un breve ritual, giraba su cabeza hacia un lado y a otro como percatándose
de sonidos y olores, y volvía a girar el cuerpo para así tomar una fotografía
en ese, según dicen un hermoso santuario. El fotógrafo ciego no era otro que el
famoso Evgen Bavcar, esloveno de nacimiento, devoto del santuario y de Borges.
Los
encuentros con Evgen se repitieron ya que Cacho quiso aprender fotografía como
él. Ambos tenían en su memoria imágenes de un mundo anterior a su ceguera que
era posible plasmar.
Antes de
volver al país Evgen le regaló una cámara, la Minolta SRT 101, un fierro. Cacho
volvió al club, pero no ya a jugar sino a fotografiar los partidos. Cuando
los directivos vieron las fotos que hacía, llamaron a la revista El Gráfico y
les propusieron que le contrataran.
En poco
tiempo Dante Sciamarella era todo un nombre en el periodismo gráfico del país,
sus fotos de los grandes partidos de fútbol eran elogiadas no sólo en los
medios sino por el público, algo que rara vez sucede. Fino, elocuente, con gran
precisión, nadie sospecharía que se trataba de un fotógrafo ciego.
Y fue así
señor periodista que Dante, llegó a México en el Mundial de 1986. Con una
petición especial: fotografiar el partido entre Argentina e Inglaterra.
Argentina tenía a Maradona e
Inglaterra a Lineker.
Cacho se
colocó detrás del arco de los ingleses con un zoom potente que le facilitaron
en la redacción de El Gráfico.
El
partido bronco, olía a la prolongación del conflicto bélico. En eso vino el gol
de la “mano de Dios” de Maradona, él se lo perdió, pero al lado tenía a Eduardo
Longoni, que hizo la foto que luego diera la vuelta al mundo.
Cuando el
segundo de Argentina, ya había gastado casi todos los fotogramas del tercer
carrete, y no sabía si le quedaban cinco o seis fotografías. A medida que Diego
avanzaba dejando en el suelo a los ingleses, el disparaba como si tuviera un
FAL entre sus manos, preciso directo, al paso del jugador.
1, 2, 3, 4,
5 fotos y en el último segundo cuando Maradona ya está en el suelo empujando la
pelota hacia el arco, él la ve, la ve dentro empujando la red, haciéndola
temblar, pero la cámara no gatilló, se le había acabado el carrete.
Tenía un don.
Eso me contó señor periodista.
Juan C. Gargiulo 4 de junio de
2026.

