16/3/26

La chapita


 Audio del relato pinchando en la imagen


Miguel Durán “el Cholo” se despertó a las seis de la mañana como todos los días desde que abandonó el boxeo por un knock out que lo dejó inconsciente por varias horas. Se levantó, se dio una ducha, se vistió, recogió de la mesilla de noche el colgante con la chapita, calentó un café, se puso al hombro su cámara fotográfica y salió a la calle. Le gustaba esa hora del amanecer para tomar fotografías de la ciudad casi desierta. En sus recorridos solía cruzarse con las mismas personas, el panadero, el operario municipal que comenzaba a barrer las calles, la carnicera, la estanquera, el tintorero japonés y su diminuta esposa. Con todas estas personas se saludaba y a veces conversaba con ellos de su historia como boxeador frustrado de peso welter. Pero esa vida quedó atrás. Con el dinero ganado se apuntó en una escuela de arte y allí estudió fotografía.

El objetivo de estas salidas tempraneras era retratar ese barrio de la ciudad en que vivía, que según los planes urbanísticos estaba condenado a la desaparición.

 Sin saberlo, Miguel Durán se inspiraba en el fotógrafo francés de finales del siglo XIX Eugene Atget, el paseante-fotógrafo, que registró los vestigios de lo que estaba amenazado a su desaparición por las remodelaciones de París del barón Hausmann. Él se negaba como Atget a fotografiar la nueva arquitectura que reemplazaba los viejos barrios. Tal era su proyecto, que quizá podría plasmar en una exposición o en un libro, cuando todo haya cambiado para siempre.

Pero esa mañana Miguel Durán notó algo extraño al montar el trípode y colocar la cámara: mientras encuadraba una esquina condenada, una sombra le oscureció el visor. Fue entonces cuando se dio cuenta que allí no había nadie, que no se había cruzado con las personas de costumbre, que en la ciudad no se oía ningún sonido, ni canto de pájaros, ni el trajín del tráfico que empezaba a esas horas. Recordó que mientras se duchaba tampoco oyó el rugir de los motores del aeropuerto cercano.

Se preguntó entonces si no sería un día de fiesta o de huelga general y a él se le había pasado. Caminó dos calles y vio que todas las tiendas estaban cerradas, apenas una brisa repentina movía los vasos de plástico que quedaron tirados la noche anterior en la puerta del bar. El barrendero tampoco había hecho su rutina de trabajo. ¿Dónde estaba todo el mundo?; ¿A dónde se habían ido?; ¿Qué había pasado esa noche que él no se había enterado?; ¿Por qué no encendió la radio cuando se despertó?, ¿Y la vecina del cuarto que a esa hora tendía la ropa y escuchaba sevillanas con el balcón abierto, despertando al vecindario?

Observó que las luces de los semáforos le deslumbraban como cuando el golpe que lo dejó knock out. Las farolas se estaban apagando por el despuntar de la claridad del día. Ya se le escapaba la hora de hacer esas fotos a lo Atget, casi sin gente, con exposiciones largas que hacía que las personas se transformasen en fantasmas o como presencias inquietantes. Eso mismo es lo que sintió cuando estaba encuadrando la esquina abandonada: no era una sombra, sino una presencia inquietante.

Pero ¿no sería que todo esto era una mala jugada de su pasado o de la mente, que hacía que habitase un mundo paralelo en determinados estados?

Si, anoche había bebido demasiado y fumado también…

Se metió por un callejón estrecho que aún conservaba la luminosidad mortecina del alba, volvió a montar el trípode con la cámara, esta vez la imagen sería muy ajustada en el encuadre vertical. Al mirar por el visor y apoyar la mano en el disparador, sintió el roce en el hombro…

Ya está volviendo en si dijo el médico de urgencias mientras sujetaba el brazo de Miguel Durán, que aún atrapaba con fuerza el trípode con la cámara en su extremo y la chapita entre los dientes: - esta vez el ataque epiléptico ha sido profundo.


Juan C. Gargiulo 13 de marzo de 2026


12/3/26

El Péndulo


Para escuchar audio pinchar en la imagen


    Cuando empezaron a demoler la Villa, Estrella sintió que le arrancaban un pedazo de su vida.
 
    Temprano habían llegado las máquinas y sin dilación franquearon la reja de la entrada de un golpe, comenzaron a derruirla por un lado dejando al descubierto las entrañas de la casa. Estrella se había situado en la acera de enfrente y lo vio todo. Cómo caían los pedazos de mampostería, los suelos, las paredes empapeladas y finalmente el torreón que había sido la habitación y laboratorio de su padre. En menos de dos horas la Villa era una montaña de escombros. Ya no podía ni distinguir qué pedazos correspondían a las cuatro paredes de su cuarto.

    La casa la había comprado su padre en la posguerra, pero ésta databa de los años 30, de estilo modernista con aires de art decó. Un jardín espléndido con castaños, arces, tilos y una fuente que albergaba peces japoneses. Su infancia transcurrió en ese jardín, y en las salidas que hacía en bicicleta por el camino que conectaba la Villa a la ciudad. 

    A la hora de la demolición la casa estaba rodeada ya de edificios de altura y sólo una iglesia románica que colindaba le daba respiro. Por delante una tumultuosa avenida inhibía el uso del jardín. Más tranquila era la calle de atrás que daba a un pequeño jardín botánico de la ciudad.

    En esa Villa, Estrella se enamoró de su padre, como casi todas las niñas de la época. Se enamoró de sus manos, de su mirada, de su voz, del movimiento delicado de su cuerpo, el día que bailaron juntos un pasodoble con motivo de su primera comunión allá por 1966. Ese día de alegría rompió con la melancolía que él arrastraba pesadamente y que le hacía refugiarse en salidas nocturnas a los bares de la ciudad de provincias, donde una vez ella lo vio escribir una carta. 

    A Estrella le fascinaba entrar en el laboratorio de su padre, observar los terrarios y herbarios donde coleccionaba todo tipo de especies locales, con clasificaciones minuciosas y dibujos sorprendentes, de detalles de hojas, tallos, corolas, con gran maestría del uso de la pluma y el color sutil del pincel.
 
    ¿Dónde había aprendido su padre ese oficio al que dedicaba tantas horas? También conservaba un tesoro: una caja donde guardaba un péndulo de cobre y dos varillas de radiestesia de bronce con mango de cedro. A veces acompañaba a su padre al campo, con el péndulo y las varillas era capaz de localizar agua subterránea u objetos enterrados.

    Cuando su padre falleció, sus pertenencias fueron repartidas en la familia. Estrella, que era la más pequeña recibió como herencia el libro ajado del herbario con los dibujos y esa caja maravillosa con péndulo y las varillas. Ese legado definiría en principio su vocación botánica, que con el tiempo se transformaría en su profesión. Pero el uso de los artilugios mágicos no los llegó a dominar hasta pasados muchos años. 

    En la víspera de la demolición de la casa, Estrella, se acordó del péndulo y las varillas de zahorí. Se desplazó a la casa cerrada, y subió al cuarto vacío del torreón. Una vez allí, sacó el péndulo de su caja y le hizo una pregunta. Éste le respondió con un movimiento que a medida que ella caminaba por la habitación oscilaba con mayor frecuencia. Cuidaba que sus pasos fueran leves. Al posar cada pie con cuidado, se detenía y esperaba la respuesta.
 
    Cuando estuvo segura, notó que estaba sobre una tablilla de la tarima de diferente color y algo floja. Buscó una herramienta para quitarla.

    Un agujero rectangular, oscuro, se abrió ante ella. No revelaba nada, pero al agacharse, tanteó por los lados y dio con una caja metálica. La extrajo del hueco. Al abrirla encontró varias cartas nunca enviadas, sin matasellos. Una fechada en agosto de 1956, el día de su nacimiento, le llamó poderosamente la atención: 

    Querida Estrella, amor mío, espero que estés bien, imagino que nuestro hijo Juan será ya todo un hombre…


Juan C. Gargiulo 6 de marzo de 2026.

6/8/25

Puente rojo




    El puente rojo, ese lugar de encuentro de los amantes en el jardín recuperado. Un regalo del pueblo japonés como prenda de amistad. Especies foráneas han arraigado aquí gracias a los cuidados especializados. En agosto florecen los cerezos, frágiles pétalos nievan junto al estanque, donde nadan los Koi colocados allí también como refuerzo simbólico.

    El agua refleja al puente rojo. Observo a los amantes desde mi banco mientras abro el periódico, ella viste una camisa larga y un sombrero ligero con vuelo, que le oculta las facciones; él un traje color arena y una camisa blanca abierta hasta el segundo botón. Alzo mi mirada y veo un sauce cercano que los niños han adornado con cientos de grullas de origami, multicolores. 

    Vuelvo a la página y miro la fecha del encabezado: 6 de agosto. Es temprano aún no son las ocho y diez de la mañana. Unos estudiantes bajan de un autobús, uniformados inician una excursión, algunos se salen de la fila y corren al estanque, a dar de comer a los patos. 

    Por el sendero a paso corto, dos mujeres vestidas con sus kimonos conversan sobre las propiedades del té y las habilidades que hay que desarrollar para honrarlo en el ceremonial. 

    La cúpula del observatorio brilla con el sol de la mañana, el ajetreo de la ciudad suena en los raíles de los tranvías y el bullicio de la gente que acude al mercado. Una pequeña escuadra de soldados nos recuerda que estamos aún en guerra. Me gustaría detener este momento para siempre, tenerlo fotografiado. 

    Los niños cruzan el puente rojo, incomodando a los amantes, él es japonés y ella europea, tienen las señales del amor de la noche anterior, en esa habitación junto al mercado; ella niega con la cabeza y se suelta de su abrazo alejándose un poco. Miro al cielo y un avión enorme lo atraviesa dejando una herida en el lienzo de la mañana. Ahora un resplandor todo lo inunda y su viento de fuego arrasa la ciudad, el observatorio, el jardín... 

    Mi reloj se detuvo a las ocho y cuarto, ¿dónde están los amantes? ¿los estudiantes? La conversación de las mujeres se ha esfumado, y el mercado un amasijo en llamas. En el puente la sombra roja de unas manos que intentan tocarse. Un escuadrón de harapientos se abre paso entre las ruinas. Un niño lleva a cuestas un bulto pequeño como una almohada, escrito con tres caracteres kanji en tinta roja. Lo lleva hasta el puente donde una barca espera.

    Mientras la tarde llega a su fin, leo en La Prensa vespertina los titulares de actualidad:

“6 de agosto de 1945, la Guerra ha terminado”.

    En los árboles del jardín crece un estrépito de voces y cantos.

“El gobierno blinda las fronteras ante la migración de gente que escapa de las ciudades ocupadas por los aliados”.

    Miles de ellos se arrebujan entre los brotes de hojas doradas. Negros y pardos, multicolores, cantan, conversan, se comunican.

“Refuerzo de efectivos militares para contenerlos”.

    La noche va a ser fría, quizá vuelva a helar.  A la señal convenida se lanzan en vuelo cubriéndolo todo.



30 de mayo 2024


Enlace de audio: https://open.spotify.com/episode/4tjKq47zdgjYucqYrzuWmG?si=e243b672d59441ae

5/8/24

Dos relojes

 

Leo por internet un artículo del San Diego Union -Tribune, que, en Boston, se ha subastado en febrero pasado un reloj fundido por el bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. La oferta ganadora de la subasta fue de 31.113 dólares.  El reloj marca las ocho y cuarto de la mañana, hora del estallido de la bomba, arrojada por los EEUU, con la justificación de provocar la rápida rendición del Japón y ahorrar vidas humanas en la guerra.

Entre las dos bombas atómicas lanzadas el 6 y 9 de agosto en Hiroshima y Nagasaki, el gobierno de los USA es responsable de la muerte de más de 300.000 personas. Las consecuencias de la radiación atómica continúan su efecto en los Hibakusha, hasta el día de hoy.  La empresa de subastas afirma que este reloj marca la hora en que la historia cambió para siempre. El ganador de la subasta prefirió mantenerse en el anonimato.

Pero esos relojes que han pertenecido a personas con nombre y apellido hoy se convierten en mercancías de coleccionismo. La barbarie, tiene también su faceta de rapiña. La vida no vale nada, solo la muda expresión de estos objetos nos indica que el tiempo se detuvo para las personas que los llevaban y que sus vidas se esfumaron por el intenso calor que generó la bomba. En muchos casos no han aparecido los cuerpos, es como si nunca hubiesen existido. Siluetas y sombras humanas en paredes o subiendo escaleras, son gracias a los testimonios fotográficos lo único que queda de ellas. Algunas ropas, juguetes, nos hablan de una vida cotidiana destruida, de personas y familias desaparecidas. Los que arrojaron las bombas, no repararon nunca el daño ocasionado. Muchos comercian con los objetos que los soldados que invadieron después, recuperaron de entre las ruinas.

Cuando era niño e iba a la escuela primaria, mi padre compraba semanalmente los coleccionables de la editorial Centro Editor de América Latina, particularmente “Los hombres de la historia”, uno de los fascículos estaba dedicado a la vida de Einstein. Su trayectoria científica y descubrimientos que llevaron a realizar el proyecto “Manhattan”, creador de las bombas atómicas que luego aterrorizarían al mundo. Mi hermano y yo hojeábamos esos fascículos mientras íbamos a la escuela sentados en el coche. No olvido la impresión y las preguntas que se me dispararon al ver esta imagen del reloj fundido a una hora determinada, tanco como las sombras absorbidas por un muro. En mi mente infantil, esas imágenes se asociaron inmediatamente a la celebración en Argentina del “día del niño”.  Pensaba que de alguna manera había que recordar ese terrible hecho, que precedió muchos otros atroces, de los cuales hemos sido testigos. 

Siempre en agosto serán para mí, las ocho y cuarto, el momento en que se detuvo la vida.

31/12/23

la casa isleña..


Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero el vacío en el medio hace marchar

el carro.

Con arcilla se moldea un recipiente,

pero se lo utiliza por su vacío.

Se hacen puertas y ventanas en la casa

y es el vacío el que permite habitarla.

Por eso, del ser provienen las cosas

y del no-ser su utilidad.


Tao Te Ching


Lao Tsé


    Después de un año accidentado de carrera, con las herramientas básicas aprendidas, me disponía a realizar mi primer proyecto de vivienda para una asignatura cuyos objetivos estaban en el análisis metodológico y formal. Casi todos mis compañeros recurrieron a propuestas geométricas y estilísticas en boga en esos años 70. Yo no entendía el problema de la misma manera ya que la casa que debíamos diseñar tendría un enclave en una isla del delta del Paraná. Allí el río va formando islas y reformando otras, algunas desaparecen con una crecida. Todas están densamente pobladas de vegetación, árboles tropicales, y algunas subsisten a la actividad frutícola que décadas atrás se daba tan bien. 

De niño íbamos al puerto de frutos a comprar fruta al por mayor, ciruelas, damascos, duraznos, manzanas, naranjas y limones eran característicos, llegaban al puerto en embarcaciones desde las islas y las vendían los propios productores. Luego mi abuela convertía toda esa fruta en mermeladas para el invierno, que merendaba leyendo obsesivamente dos libros: Cuentos de la selva y Cuentos de amor, locura y muerte de Horacio Quiroga. Éstos me habían contagiado la fiebre por la jungla, sin haberla conocido realmente. 

Pero mi problema de diseño estaba en la elección tipológica, si rediseñar un modelo de casa isleña, sobre pilotes, de madera y chapa o hacer algo totalmente diferente, descontextualizado, para un cliente anónimo y quedarme fuera de la onda imperante, exponiéndome a la crítica de los profesores.

Me plantee un cliente concreto, hortelano y productor de frutas, que además de una vivienda necesitaba un pequeño taller para reparar sus aperos y guardar herramientas. También estaba el problema, de crear un embarcadero y de consolidar el perímetro de la isla en constante transformación. El material disponible era obviamente la madera, y pensé además la posibilidad de la autoconstrucción, muy recurrente en los habitantes del delta.

Diseñé una casa de madera de tres habitaciones, una central con cocina, un horno de leña exterior, una letrina también exterior, dos galerías una al este y otra a poniente, de un par de metros para poder estar allí y proteger la vivienda de las lluvias torrenciales que suelen caer varias veces al año. Cada estancia tenía dos aberturas, una a cada galería, la del este era como una puerta balconera y la otra una sencilla ventana de dos hojas. Mosquiteras en cada abertura el volumen general a cuatro aguas, al igual que el taller contiguo a escasos metros, luego la isla tenía una zona dedicada a frutales, otra a huerto, en el resto entre cañas silvestres, se erguían álamos plateados y pino Paraná. Bajo la galería de la casa se guardaban aperos y bajo el taller una barca de dos remos. En el espigón de madera se ataba la chata, que eran una embarcación diésel, con una cabina de mando y un espacio importante para colocar la producción y llevarla al puerto de frutos.

    Iniciamos este viaje con el amor ya desgastado, a buscar tus orígenes en la colonia ucraniana de El Dorado. Una ciudad de principios del siglo XX de una sola calle y fincas profundísimas, productoras en medio de la selva de, algodón, mate, té, y tung, que luego se transportaban a la metrópoli vía fluvial más de 1000 km Paraná abajo.

Llegamos a Posadas en el ferrocarril Urquiza y nos establecimos en un campamento en las afueras de la ciudad, como a 6 km. 

Nos quedamos una semana allí ¿recuerdas?, mi pie izquierdo estaba hinchado y entumecido, nunca supimos muy bien porque, si un golpe, una picadura de alguno de los insectos que nos sorprendieron al llegar, o simplemente el cambio de clima, con ese calor agobiante y las lluvias mansas, que caen como una cortina continua y cuando cesan el vapor se eleva aumentando la sensación de calor. 

Teníamos por vivienda una simple tienda de campaña, la misma que usamos para el viaje al Noroeste. Ya deteriorada y con goteras.

Y una mañana en que yo estaba mejor me dijiste: - tenemos que irnos, si no la pereza y la selva nos tragarán. 

Emprendimos la marcha por la Ruta 12 esperando que alguien nos lleve. Un camión partía de Posadas a San Ignacio y vimos en él una oportunidad de arrancar ese viaje a El Dorado. Llegamos casi de noche después de recorrer apenas 200 km. Allí dormimos en un hotel pequeño de carretera, con habitaciones con un servicio de agua corriente y que daban a una galería. 

La dueña una señora rubia nos sirvió una comida sustanciosa con carne, que nos hizo olvidar las penurias de las latas que llevábamos.  A la mañana siguiente nos despierta y nos dice que hay un camión que va hacia Puerto Iguazú, que igual nos apetece conocer las Cataratas. 

Varias semanas después, hartos de turismo, que nos llevó también a Brasil, decidimos volver, y cumplir con el objetivo de ir hacia EL Dorado. Llegamos una tardecita, anocheciendo ya, plantamos nuestra tienda en un camping abandonado en Puerto Pinares, en las afueras de la ciudad. 

Esa noche tiraste de mi para que fuéramos al centro, aunque sea caminado. La noche era cerrada, la brisa suave movía la selva, como una animal gigante y perezoso. Un perro nos salió al cruce y entre ladridos nos siguió amenazante un buen rato. No llegamos a la ciudad. Cambiaste de idea y lo pospusimos para la tarde siguiente.

En El Dorado encontramos a parte de tus primos y familia eslava que se asentó allí cuando huyeron de los pogromos zaristas, se hicieron mensúes trabajando de sol a sol. Nos contaron las historias que se forjaron durante la II Guerra Mundial, donde los partidarios del nazismo acosaban y agredían a los que pensaban diferente. Muchos emigraron nuevamente más al sur.


Una mañana de lluvia tomamos un autobús que nos llevaría a San Ignacio, nuevamente.  A las dos horas estábamos caminando por un camino de tierra colorada convertida en barro, en dirección al Paraná. Allí el río extenso ancho como un gran brazo corre entre paredes de basalto y pequeñas barcas lo cruzan, niños guaraníes navegan en busca de sustento o algo que vender, La selva testigo nos embriaga con sus sonidos de insectos y pájaros. 

Y allí nomás en una picada de tacuaras altas como edificios, nos perdimos.  Me dijiste, siéntate sobre tu mochila y observa. Tiene que haber una señal, algo. Parecía que la presencia humana había desaparecido. El pie me volvía doler. Y una especie de fiebre subía por mi cuerpo.

Vamos por aquí, me dijiste, por un camino más estrecho aún, al final de ese camino en el cañaveral, se abrió un claro, un aljibe con su vacío central dominaba el espacio. Las cañas formaban cuatro paredes bien delimitadas como una plaza de la cual salían 4 calles dos estrechas y dos más anchas. Decidiste tomar la calle ancha, parecía que todo se abría más abajo como hacia el río.

Dejamos el cañaveral atrás y las palmeras, los arbustos, los lapachos y timbós iban clareando hasta llegar a un lugar donde una casa isleña con galerías, toda de madera y chapa, una construcción auxiliar, en estado de abandono parecía que nos esperaba. Dentro tres habitaciones destartaladas, una de ellas con hornillo de leña para cocinar una mesa con cuencos de barro sucios y vacíos, en la otra una cama aún utilizable, sin colchón, por las ventanas podíamos observar la majestuosidad de la selva con los lapachos en flor y el rumor del río entre el cañón de piedra. En la galería una barca de dos remos, y unas ruedas de carro que le faltaban algunos rayos.

Todo me recordaba a mi proyecto de principio de carrera nunca construido. Como si de un encuentro espectral se tratara.

Bajamos hasta el río que a esa hora tenía el color del mercurio, un embarcadero todavía en pie. Era la hora en que los sonidos de la selva van cambiando, los pájaros se aprestan al descanso, pero la sinfonía de insectos crece hasta hacer denso el aire.

El dolor de pie y la fiebre no cedían se iban apropiando de mi pierna.

Me dijiste – ¿Y si pasamos la noche aquí?

Camino a la Ruta 12, al día siguiente llegando a San Ignacio un viejo muy delgado, de barba, camisa blanca, tiraba de un carro de bueyes, se detuvo y nos preguntó de donde veníamos y a donde íbamos. Subimos y le contamos, aspiró profundamente su pipa y entre el humo que exhalaba, sonrió. 

-Han estado ustedes en mi casa, la casa de Horacio Quiroga. 


Juan C. Gargiulo 4-12-2023


8/10/23

Postales de amor y de guerra...

 

Ayer enterramos a mi madre, Julia, Julita.

Esta mañana después de una noche aciaga, con el insomnio, la sed y este calor insoportable, abrí el ordenador para la rutina de siempre, las noticias, los correos y los mensajes, esta vez de condolencias. Los chavales duermen aún, mientras sorbo mi té verde, voy leyendo en la pantalla, entre los recuerdos dulces y la tristeza.  Uno de los gatos se me arrima pidiendo su ración, sube a la mesa y en un barrido la oscurece.

Cuando él entró en el barracón colmado de gritos y silbidos, la vio, allí sobre el escenario bajo una tenue luz de campaña, semidesnuda, bailaba, se contoneaba y cada movimiento arrancaba nuevos gritos de deseo de los milicianos. Morena, Esperanza les hipnotizaba con el reflejo de las lentejuelas, raídas ya a esta altura de la guerra. Él se armó de valor, abriéndose paso entre el público subió al escenario casi de un salto y acercándose a ella lentamente, con ambas manos, a una distancia magnética, recorrió su cuerpo de pies a cabeza, morosamente, como atrapando algo para la eternidad, de pronto cerró los puños y giró hacia el público que bramaba de agitación, en eso abrió los brazos y en ese mismo movimiento soltó toda la belleza de esa mujer que había atrapado, derramándola sobre los que van a matar o a morir. 


Entre los mensajes hay una carta, escaneada, amarillenta y ajada, tiene un lugar y una fecha concretas, la letra caligráfica:

Querida hermana, hoy recibí tu carta de octubre que enviaste a Asturias, ahora llevo tres meses en Aragón, espero que la suerte me siga acompañando. Por el dinero y la ropa que me envías estoy muy agradecido, pero desearía que me enviases una foto tuya con Julita. Ya van para siete años desde que os fuisteis de la aldea, y allá en Buenos Aires habrá crecido mucho. Yo te mando una pequeña foto mía de paisano, que me hice con ese fotógrafo de Lalín antes de partir juntos al frente…

Quisiera abrazaros como cuando os fuisteis, le envío muchos besos a Julita y mimos a ti hermana mía que tanto deseo verte antes de quedar en estas tierras.

José Blanco, Zaragoza, 6 de noviembre de 1937.



El molino harinero, se atascó esa mañana temprano, dicen en la aldea que la guerra acabó hace días. Manuel Blanco, el molinero, con su pañuelo al cuello y el pelo encanecido, piensa en los únicos hijos que le quedan, Mercedes, la mayor, en Buenos Aires con su única nieta, Julita, y José en la guerra, que debería tener ya 23 años. Piensa también en el dinero necesario para sobrevivir y en los paquetes de ayuda que llegan de ultramar. Pero José no vuelve, ¡no vuelve! no vuelven sus abrazos y los besos con harina, ni el niño aquél que correteaba por el huerto buscando las fresas tempranas. No vuelve…

A José se lo llevó Esperanza, la bailarina que conoció en un barracón a orillas de los arrozales, convertida en bala, segó su vida.

 

Juan C. Gargiulo, Segovia 4 de octubre 2023.


Audio:


20/5/22

Los colores de mis recuerdos

 


Hace un tiempo, mi amiga Julieta hablaba en las redes de este libro, consiguió despertar mi interés ya que mis propios recuerdos están siempre teñidos de colores, o más bien éstos se asocian a determinados momentos de la vida. El libro es un viaje por la historia de los colores en Europa, en la vida cotidiana, el arte, y el cine, temas que siempre me han atraído especialmente. 

¿Qué queda de los colores de nuestra infancia?

El otoño invierno de 1961 fue para mi particularmente, revelador, tendría cuatro años para cumplir cinco, y mi estado de salud se desequilibró con diversas enfermedades infantiles, una escarlatina, anginas y gripes varias que me hicieron perder la asistencia prácticamente a todo el curso del Jardín de Infancia. A cambio los cuidados familiares,  las visitas periódicas del médico a domicilio, algunos remedios caseros. Unos animalitos de un plástico verde que formaban parte de mi territorio de aventuras entre las mantas y sábanas de los días de convaleciente. Unas mesitas plegables que nos habían comprado para una anterior operación de amígdalas, eran en su reverso el cuadro de mandos de un coche o un avión que me llevaba a cruzar cielos imaginarios. Esos mandos dibujados con tiza o ceras de colores, indicadores, agujas y demás instrumentos que trataban de reflejar mi fascinación por los de verdad.

Llegó mi cumpleaños en agosto y una tía me regaló un castillo de madera con soldaditos de plástico, los soldaditos no se correspondían con la imagen del castillo ya que representaba otro período histórico, pero daba igual.  Pero un día llegó una prima de mi padre, artista plástica, que para nosotros era como una tía más, Zulema. Me trajo en un pequeño paquete plano, un estuche metálico de acuarelas.  Ella nos había compuesto en una pared de la habitación un fondo marino con peces de colores, algunos pintados por ella y otros de papel que creo que venían de propaganda de un laboratorio médico.

Esas acuarelas quizá, después de las ceras de colores y los lápices de mi abuelo, que tenían dos colores por un lado rojos y por el otro extremo azul, sea para mi contacto con el color más gozoso que haya vivido. El uso del color y el agua casi no se ha separado de mi a lo largo de los años. Más adelante ya en la primaria recibí un regalo nuevo que fue otro estuche pero esta vez de lápices de colores Lyra, acuarelables también, con ellos los dibujos escolares tomaron otra dimensión, podía crear degradados y fusionar colores con cierta destreza, mezclando el uso del lápiz y el pincel. 
Pero éstas herramientas y materiales las reservaba para un uso más privado, en la intimidad familiar. Nunca los llevé al colegio y tampoco al taller de plástica de Michi e Irene, donde asistí hasta los 11 años. Allí el universo expresivo era más fuerte con materiales como la témpera en pasta, o el grabado.
Me los llevaba eso si, a casa de mi amigo Alberto, donde su mamá, Virginia, también artista plástica, me enseñaba a componer y dibujar a color las escenas que debía crear en mi cuaderno para ilustrar los deberes que nos ponían, que siempre eran a una escala pequeña. Algunas láminas mayores para ilustrar las clases por equipo también salieron de sus enseñanzas. 


El estuche de las acuarelas siguió acompañándome luego en muchas de las ilustraciones de las clases de dibujo en la escuela secundaria, era increíble que no se gastaran, no así  los lápices acuarelables que si fueron mermando con el paso de los años y quedando huérfanos algunos colores de otros, los ocres y verdes por ejemplo ya que me encantaba particularmente pintar arboles y masas verdes en los paisajes que hacía.

En la universidad y en mi vida profesional de arquitecto también las usé para colorear dibujos y perspectivas que formaban parte de los proyectos que fui desarrollando. Siempre con el mismo estuche que me regalaron a los cinco años. Aunque ya combinaba  rotuladores, lápices de colores y tinta china en diversas técnicas mixtas. 

Cuando  tuve hijos y éstos iban creciendo,  volví a sacar este estuche de acuarelas, para sensibilizarles en su uso, y así nacieron tarjetas postales, felicitaciones navideñas, y muchos otros dibujos de su etapa infantil que llenaban las paredes de nuestra casa y mi estudio.

Esta mañana, alentado por la lectura del libro que comento al principio, me acordé del viejo estuche, que conserva aún muchos de los colores, que me han ayudado a representar el mundo de mi imaginación y mis sueños, otras pastillas ya no están, otras conservan un hilo de color para ofrecer, delatando el uso más intensivo a lo largo de los años. 
Cuando abrí el estuche para fotografiarlo, fue como la primera vez, al  maravillarme por todo lo que me había dado, cuando con cinco años todo estaba por empezar.