3/4/26

Miguelito



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Cuando César Luis Menotti sacó campeón Metropolitano a Huracán en 1973, Miguelito García cumplió 20 años. El hecho que “el Globo” ganara la liga hizo que Miguelito cambiara de camiseta, abandonó la de los “funebreros” para hacerse de los de “la Quema”. Lucía por el barrio la flamante camiseta blanca que le lavaba y planchaba todos los días su mamá. Tarta y lento para comprender, los chicos del barrio se burlaban de su condición, pero él siempre les respondía con una amplia sonrisa de bondad. 

Trabajaba en el taller de su padre, limpiando las herramientas y poniendo en orden el pañol. Sus sueños estaban siempre alrededor de sus juegos infantiles; cuando veía una camioneta o un flete o un simple camión de mudanzas, se le encendía el corazón.

Al año siguiente del éxito futbolístico su viejo le recordó que no había hecho la colimba aún; obediente se fue con su documento de identidad al cuartel del Regimiento 1 de Infantería y allí mismo lo enrolaron. Por la tarde los llevaron a la base aérea del Palomar y de ahí en un viejo avión de la Fuerza Aérea, a Río Gallegos, en la Patagonia. 

Pasó catorce meses en ese lugar inhóspito del país, donde le viento se lleva los sueños y la fuerza de voluntad de las personas. En la colimba, lo vacunaron, y aprendió a leer y escribir mejor que en la escuela, porque nadie se mofaba de él. Se hizo buen tirador de FAL y máuser, era tartamudo, pero si no hablaba tenía una puntería excelente. Pasó a reserva en 1975, y se volvió a Buenos Aires, a la casita de sus viejos. Cuando regresó, su padre le tenía una sorpresa: le había comprado de segunda mano una camioneta Dodge carrozada para hacer fletes. Miguelito no podía más de alegría.

Cuando la selección argentina que dirigía César Luis Menotti ganó el mundial de 1978, Miguelito García salió a festejar con su camioneta embanderada y cargada de pibes del barrio. Nada sabía del horror que el Mundial ocultaba los crímenes de la dictadura.

Siguió viviendo con sus viejos hasta que a finales de un verano le llegó una cédula de citación para incorporarse en el Ejército; por sus antecedentes de buen tirador. Nuevamente lo trasladaron al sur y de ahí embarcaron para las islas Malvinas, el dos de abril de 1982.

Al volver de la guerra, su mente se había quedado perdida en alguno de los campos de batalla. Con su salud mental deteriorada fue a parar con sus huesos al Hospital neuropsiquiátrico Dr. José Tiburcio Borda de Buenos Aires. Allí fue sometido a diversas terapias, farmacéuticas y electroshock. 

Una tarde de 1989, encontré un camión estacionado en una plaza del barrio de Chacarita. El camión era un viejo Bedford, que tenía toda la caja pintada con frases, y direcciones útiles para los vecinos, ambulancias, bomberos, policías, servicios de protección civil etc.… Al volante estaba Miguelito García. Me convidó unos mates y gracias al sistema de altavoces instalado, pudimos dar una vuelta por el barrio anunciando un evento cultural. Estaba feliz con la campaña de Huracán de ese año de la mano de Carlos Babington.

Al morir sus padres Miguelito García volvió al Hospital Borda. Allí colaboró con la fundación de una radio de los internos: LT22 Radio “La Colifata”.

En un vídeo de YouTube se lo ve con la misma sonrisa que les dedicaba a los pibes del barrio que se burlaban de él, está al pie de un camioncito que tiene en el frontal una leyenda que dice: “Mi sueño”.



Juan C. Gargiulo 2 de abril de 2026.


30/3/26

La chata














 Audio pinchando en la imagen negra



    Ramón “Moncho” Cuesta, se quedó dormido al volante por esa recta interminable de las soledades patagónicas. Su chata Ford 1932 volcó, y él sólo pudo arrastrase menos de un metro fuera de la cabina. Antes de perder el conocimiento sintió un fuerte olor a nafta, y la mirada de un puma detrás del pajonal.

    Moncho era originario de León, España, su padre fue fusilado después de la Guerra Civil por transportar armamento y víveres para los maquis republicanos de Galicia-León. Después de aquello “Moncho” y su madre consiguieron pasar a Francia y emigrar a Chile, donde creció y con el tiempo pudo, igual que su padre, comprarse una chata Ford para transporte de mercancías entre los dos países vecinos. Él y su madre vivieron en Temuco, capital de la Región de la Araucanía. Y fue en 1970 que conoció al que luego sería el presidente Salvador Allende. Tuvo el honor de poner a disposición de la Unidad Popular su camioncito que le trasportó por algunos pueblos del sur del país en la campaña electoral que lo llevara a la presidencia. Pero con el golpe del 73 se exilió a la Patagonia Argentina. Ya solo y sin su madre que quedó en una tumba del cementerio de Temuco, se instaló en una barriada a las afueras de Bariloche, construyó allí una caseta de madera y chapa, continuó sus trabajos de portear mercancías y enseres con jornadas interminables. Llegaba a casa se tiraba en el catre y se bebía media botella de ginebra. Bebida que había cambiado por el pisco en el cambio de país.

    Sintió que lo llevaban en volandas, que lo colocaban en la piedra de los sacrificios. Entreabrió los ojos y vio al sumo sacerdote empuñar una pequeña  daga, a su alrededor un grupo de indígenas embozados que lo observaban. Le dolía mucho la cabeza, y el brazo izquierdo. ¿Por qué lo habían elegido a él?, quizá porque era extranjero, un conquistador español, y podría ser una ofrenda ideal para los dioses. No representaba a los dioses emplumados de la mitología aborigen. El humo ritual de la madera quemándose lo envolvió todo…
    ¿Cuánto tiempo había pasado desde el accidente? ¿Una hora, dos, quince minutos? Los ojos del puma cada vez más cerca, la gasolina que le caía en la cabeza. 
Las antorchas iluminaban la mesa sacrificial, una daga hendía su carne, las manos del sacerdote actuaban con rapidez y extraían un órgano, al que todos admiraban: una pluma roja, pequeña, que vibraba por sí sola. ¿Sería su alma? Los indios satisfechos sonreían a su lado. Las antorchas le cegaron, y se sintió ligero…

- ¿Doctor, va a cerrar la herida? Preguntó la enfermera. Él asintió con la cabeza y cerrando los ojos certificó la muerte de Ramón “Moncho” Cuesta, a las tres horas, 21 minutos del 24 de marzo de 1976. Por la radio se escuchaba en cadena nacional los primeros acordes de una marcha militar. El país quedaba bajo el "control operacional" de la Junta formada por las fuerzas armadas argentinas.
El puma, merodeó alrededor del cuerpo yacente junto a la chata accidentada. A la hora del crepúsculo corrió a esconderse en los cerros cercanos, no podía creer lo que había visto.

Juan C. Gargiulo 26 de marzo de 2026.

23/3/26

Una gota de té.


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Me siento a la mesa que está bajo la ventana y observo la ventisca que se ha desatado, un pájaro vuela tambaleante tratando de alcanzar un poste de teléfonos para protegerse. Vuela contra el viento, como en una escena de cine mudo. 

    Difícil es encontrar el camino a casa.

    Cuando el pájaro sale de cuadro vuelvo a pensar en escribir una carta a mi madre, que falleció hace tres años. Busco un papel un poco satinado, la estilográfica; compruebo si tiene tinta y si su trazo es el adecuado.

    Creo que voy a necesitar un té caliente. Me levanto, voy a la cocina, elijo mi taza habitual, coloco allí un saquito de té verde que me trajo mi hermano de Virginia, tiene un sabor más fuerte que el que compro aquí. Pongo a hervir el agua hasta los 80 grados como dice el envoltorio del té. Una vez que está a la temperatura correcta vierto el agua en la taza. Del saquito comienza a salir un tinte dorado que va impregnándola del fondo hacia la superficie, como cuando limpias un pincel de acuarela.

    Retorno a mi asiento con la taza entre las dos manos para calmar el frío que se siente esta mañana de nieve y ventisca.

    El té está caliente y lo voy bebiendo de a sorbitos, mientras pienso en la carta. El último tiempo con ella fue realmente difícil: tener que dejar la casa, despedirse de los restos de papá, de la abuela, de la hija que nació, pero murió a las pocas horas; de una ciudad donde vivió 93 años, de todos sus recuerdos, todos los objetos acumulados en la casa, que para ella tenían un especial significado. Momentos irrepetibles que caerán inexorablemente en el olvido. Cartas, tarjetas, fotografías, viajes, encuentros, celebraciones…

    La casa desierta, sin nada ya, a la espera que alguien vuelva a habitarla. El sonido de la llave al cerrarla por última vez. Los vecinos que no se atreven a salir a despedirse. El taxi espera.

    El alma desierta, ¡qué difícil es encontrar el camino a casa!

    Ya me he bebido casi todo el té, con la cucharilla recojo las últimas gotas del fondo.

    La ventisca ha amainado, ahora los copos caen con suavidad. El pájaro está posado en un saliente del poste. Aletea para sacudirse la nieve.

    La hoja inmaculada me espera para garabatear las primeras palabras: querida mamá…

    De la cucharilla cae una gota sobre el papel, que misteriosamente no la absorbe, me quedo mirándola, trato de enfocar su superficie, voy al estudio deprisa y tomo la lupa, y allí en el brillo convexo lo veo mirándome a los ojos, es el niño de cinco años que fui, atrapado en esa gota de memoria y tiempo. 


Juan C. Gargiulo 18 de marzo de 2026.


16/3/26

La chapita


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Miguel Durán “el Cholo” se despertó a las seis de la mañana como todos los días desde que abandonó el boxeo por un knock out que lo dejó inconsciente por varias horas. Se levantó, se dio una ducha, se vistió, recogió de la mesilla de noche el colgante con la chapita, calentó un café, se puso al hombro su cámara fotográfica y salió a la calle. Le gustaba esa hora del amanecer para tomar fotografías de la ciudad casi desierta. En sus recorridos solía cruzarse con las mismas personas, el panadero, el operario municipal que comenzaba a barrer las calles, la carnicera, la estanquera, el tintorero japonés y su diminuta esposa. Con todas estas personas se saludaba y a veces conversaba con ellos de su historia como boxeador frustrado de peso welter. Pero esa vida quedó atrás. Con el dinero ganado se apuntó en una escuela de arte y allí estudió fotografía.

El objetivo de estas salidas tempraneras era retratar ese barrio de la ciudad en que vivía, que según los planes urbanísticos estaba condenado a la desaparición.

 Sin saberlo, Miguel Durán se inspiraba en el fotógrafo francés de finales del siglo XIX Eugene Atget, el paseante-fotógrafo, que registró los vestigios de lo que estaba amenazado a su desaparición por las remodelaciones de París del barón Hausmann. Él se negaba como Atget a fotografiar la nueva arquitectura que reemplazaba los viejos barrios. Tal era su proyecto, que quizá podría plasmar en una exposición o en un libro, cuando todo haya cambiado para siempre.

Pero esa mañana Miguel Durán notó algo extraño al montar el trípode y colocar la cámara: mientras encuadraba una esquina condenada, una sombra le oscureció el visor. Fue entonces cuando se dio cuenta que allí no había nadie, que no se había cruzado con las personas de costumbre, que en la ciudad no se oía ningún sonido, ni canto de pájaros, ni el trajín del tráfico que empezaba a esas horas. Recordó que mientras se duchaba tampoco oyó el rugir de los motores del aeropuerto cercano.

Se preguntó entonces si no sería un día de fiesta o de huelga general y a él se le había pasado. Caminó dos calles y vio que todas las tiendas estaban cerradas, apenas una brisa repentina movía los vasos de plástico que quedaron tirados la noche anterior en la puerta del bar. El barrendero tampoco había hecho su rutina de trabajo. ¿Dónde estaba todo el mundo?; ¿A dónde se habían ido?; ¿Qué había pasado esa noche que él no se había enterado?; ¿Por qué no encendió la radio cuando se despertó?, ¿Y la vecina del cuarto que a esa hora tendía la ropa y escuchaba sevillanas con el balcón abierto, despertando al vecindario?

Observó que las luces de los semáforos le deslumbraban como cuando el golpe que lo dejó knock out. Las farolas se estaban apagando por el despuntar de la claridad del día. Ya se le escapaba la hora de hacer esas fotos a lo Atget, casi sin gente, con exposiciones largas que hacía que las personas se transformasen en fantasmas o como presencias inquietantes. Eso mismo es lo que sintió cuando estaba encuadrando la esquina abandonada: no era una sombra, sino una presencia inquietante.

Pero ¿no sería que todo esto era una mala jugada de su pasado o de la mente, que hacía que habitase un mundo paralelo en determinados estados?

Si, anoche había bebido demasiado y fumado también…

Se metió por un callejón estrecho que aún conservaba la luminosidad mortecina del alba, volvió a montar el trípode con la cámara, esta vez la imagen sería muy ajustada en el encuadre vertical. Al mirar por el visor y apoyar la mano en el disparador, sintió el roce en el hombro…

Ya está volviendo en si dijo el médico de urgencias mientras sujetaba el brazo de Miguel Durán, que aún atrapaba con fuerza el trípode con la cámara en su extremo y la chapita entre los dientes: - esta vez el ataque epiléptico ha sido profundo.


Juan C. Gargiulo 13 de marzo de 2026


12/3/26

El Péndulo


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    Cuando empezaron a demoler la Villa, Estrella sintió que le arrancaban un pedazo de su vida.
 
    Temprano habían llegado las máquinas y sin dilación franquearon la reja de la entrada de un golpe, comenzaron a derruirla por un lado dejando al descubierto las entrañas de la casa. Estrella se había situado en la acera de enfrente y lo vio todo. Cómo caían los pedazos de mampostería, los suelos, las paredes empapeladas y finalmente el torreón que había sido la habitación y laboratorio de su padre. En menos de dos horas la Villa era una montaña de escombros. Ya no podía ni distinguir qué pedazos correspondían a las cuatro paredes de su cuarto.

    La casa la había comprado su padre en la posguerra, pero ésta databa de los años 30, de estilo modernista con aires de art decó. Un jardín espléndido con castaños, arces, tilos y una fuente que albergaba peces japoneses. Su infancia transcurrió en ese jardín, y en las salidas que hacía en bicicleta por el camino que conectaba la Villa a la ciudad. 

    A la hora de la demolición la casa estaba rodeada ya de edificios de altura y sólo una iglesia románica que colindaba le daba respiro. Por delante una tumultuosa avenida inhibía el uso del jardín. Más tranquila era la calle de atrás que daba a un pequeño jardín botánico de la ciudad.

    En esa Villa, Estrella se enamoró de su padre, como casi todas las niñas de la época. Se enamoró de sus manos, de su mirada, de su voz, del movimiento delicado de su cuerpo, el día que bailaron juntos un pasodoble con motivo de su primera comunión allá por 1966. Ese día de alegría rompió con la melancolía que él arrastraba pesadamente y que le hacía refugiarse en salidas nocturnas a los bares de la ciudad de provincias, donde una vez ella lo vio escribir una carta. 

    A Estrella le fascinaba entrar en el laboratorio de su padre, observar los terrarios y herbarios donde coleccionaba todo tipo de especies locales, con clasificaciones minuciosas y dibujos sorprendentes, de detalles de hojas, tallos, corolas, con gran maestría del uso de la pluma y el color sutil del pincel.
 
    ¿Dónde había aprendido su padre ese oficio al que dedicaba tantas horas? También conservaba un tesoro: una caja donde guardaba un péndulo de cobre y dos varillas de radiestesia de bronce con mango de cedro. A veces acompañaba a su padre al campo, con el péndulo y las varillas era capaz de localizar agua subterránea u objetos enterrados.

    Cuando su padre falleció, sus pertenencias fueron repartidas en la familia. Estrella, que era la más pequeña recibió como herencia el libro ajado del herbario con los dibujos y esa caja maravillosa con péndulo y las varillas. Ese legado definiría en principio su vocación botánica, que con el tiempo se transformaría en su profesión. Pero el uso de los artilugios mágicos no los llegó a dominar hasta pasados muchos años. 

    En la víspera de la demolición de la casa, Estrella, se acordó del péndulo y las varillas de zahorí. Se desplazó a la casa cerrada, y subió al cuarto vacío del torreón. Una vez allí, sacó el péndulo de su caja y le hizo una pregunta. Éste le respondió con un movimiento que a medida que ella caminaba por la habitación oscilaba con mayor frecuencia. Cuidaba que sus pasos fueran leves. Al posar cada pie con cuidado, se detenía y esperaba la respuesta.
 
    Cuando estuvo segura, notó que estaba sobre una tablilla de la tarima de diferente color y algo floja. Buscó una herramienta para quitarla.

    Un agujero rectangular, oscuro, se abrió ante ella. No revelaba nada, pero al agacharse, tanteó por los lados y dio con una caja metálica. La extrajo del hueco. Al abrirla encontró varias cartas nunca enviadas, sin matasellos. Una fechada en agosto de 1956, el día de su nacimiento, le llamó poderosamente la atención: 

    Querida Estrella, amor mío, espero que estés bien, imagino que nuestro hijo Juan será ya todo un hombre…


Juan C. Gargiulo 6 de marzo de 2026.

6/8/25

Puente rojo




    El puente rojo, ese lugar de encuentro de los amantes en el jardín recuperado. Un regalo del pueblo japonés como prenda de amistad. Especies foráneas han arraigado aquí gracias a los cuidados especializados. En agosto florecen los cerezos, frágiles pétalos nievan junto al estanque, donde nadan los Koi colocados allí también como refuerzo simbólico.

    El agua refleja al puente rojo. Observo a los amantes desde mi banco mientras abro el periódico, ella viste una camisa larga y un sombrero ligero con vuelo, que le oculta las facciones; él un traje color arena y una camisa blanca abierta hasta el segundo botón. Alzo mi mirada y veo un sauce cercano que los niños han adornado con cientos de grullas de origami, multicolores. 

    Vuelvo a la página y miro la fecha del encabezado: 6 de agosto. Es temprano aún no son las ocho y diez de la mañana. Unos estudiantes bajan de un autobús, uniformados inician una excursión, algunos se salen de la fila y corren al estanque, a dar de comer a los patos. 

    Por el sendero a paso corto, dos mujeres vestidas con sus kimonos conversan sobre las propiedades del té y las habilidades que hay que desarrollar para honrarlo en el ceremonial. 

    La cúpula del observatorio brilla con el sol de la mañana, el ajetreo de la ciudad suena en los raíles de los tranvías y el bullicio de la gente que acude al mercado. Una pequeña escuadra de soldados nos recuerda que estamos aún en guerra. Me gustaría detener este momento para siempre, tenerlo fotografiado. 

    Los niños cruzan el puente rojo, incomodando a los amantes, él es japonés y ella europea, tienen las señales del amor de la noche anterior, en esa habitación junto al mercado; ella niega con la cabeza y se suelta de su abrazo alejándose un poco. Miro al cielo y un avión enorme lo atraviesa dejando una herida en el lienzo de la mañana. Ahora un resplandor todo lo inunda y su viento de fuego arrasa la ciudad, el observatorio, el jardín... 

    Mi reloj se detuvo a las ocho y cuarto, ¿dónde están los amantes? ¿los estudiantes? La conversación de las mujeres se ha esfumado, y el mercado un amasijo en llamas. En el puente la sombra roja de unas manos que intentan tocarse. Un escuadrón de harapientos se abre paso entre las ruinas. Un niño lleva a cuestas un bulto pequeño como una almohada, escrito con tres caracteres kanji en tinta roja. Lo lleva hasta el puente donde una barca espera.

    Mientras la tarde llega a su fin, leo en La Prensa vespertina los titulares de actualidad:

“6 de agosto de 1945, la Guerra ha terminado”.

    En los árboles del jardín crece un estrépito de voces y cantos.

“El gobierno blinda las fronteras ante la migración de gente que escapa de las ciudades ocupadas por los aliados”.

    Miles de ellos se arrebujan entre los brotes de hojas doradas. Negros y pardos, multicolores, cantan, conversan, se comunican.

“Refuerzo de efectivos militares para contenerlos”.

    La noche va a ser fría, quizá vuelva a helar.  A la señal convenida se lanzan en vuelo cubriéndolo todo.



30 de mayo 2024


Enlace de audio: https://open.spotify.com/episode/4tjKq47zdgjYucqYrzuWmG?si=e243b672d59441ae

5/8/24

Dos relojes

 

Leo por internet un artículo del San Diego Union -Tribune, que, en Boston, se ha subastado en febrero pasado un reloj fundido por el bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. La oferta ganadora de la subasta fue de 31.113 dólares.  El reloj marca las ocho y cuarto de la mañana, hora del estallido de la bomba, arrojada por los EEUU, con la justificación de provocar la rápida rendición del Japón y ahorrar vidas humanas en la guerra.

Entre las dos bombas atómicas lanzadas el 6 y 9 de agosto en Hiroshima y Nagasaki, el gobierno de los USA es responsable de la muerte de más de 300.000 personas. Las consecuencias de la radiación atómica continúan su efecto en los Hibakusha, hasta el día de hoy.  La empresa de subastas afirma que este reloj marca la hora en que la historia cambió para siempre. El ganador de la subasta prefirió mantenerse en el anonimato.

Pero esos relojes que han pertenecido a personas con nombre y apellido hoy se convierten en mercancías de coleccionismo. La barbarie, tiene también su faceta de rapiña. La vida no vale nada, solo la muda expresión de estos objetos nos indica que el tiempo se detuvo para las personas que los llevaban y que sus vidas se esfumaron por el intenso calor que generó la bomba. En muchos casos no han aparecido los cuerpos, es como si nunca hubiesen existido. Siluetas y sombras humanas en paredes o subiendo escaleras, son gracias a los testimonios fotográficos lo único que queda de ellas. Algunas ropas, juguetes, nos hablan de una vida cotidiana destruida, de personas y familias desaparecidas. Los que arrojaron las bombas, no repararon nunca el daño ocasionado. Muchos comercian con los objetos que los soldados que invadieron después, recuperaron de entre las ruinas.

Cuando era niño e iba a la escuela primaria, mi padre compraba semanalmente los coleccionables de la editorial Centro Editor de América Latina, particularmente “Los hombres de la historia”, uno de los fascículos estaba dedicado a la vida de Einstein. Su trayectoria científica y descubrimientos que llevaron a realizar el proyecto “Manhattan”, creador de las bombas atómicas que luego aterrorizarían al mundo. Mi hermano y yo hojeábamos esos fascículos mientras íbamos a la escuela sentados en el coche. No olvido la impresión y las preguntas que se me dispararon al ver esta imagen del reloj fundido a una hora determinada, tanco como las sombras absorbidas por un muro. En mi mente infantil, esas imágenes se asociaron inmediatamente a la celebración en Argentina del “día del niño”.  Pensaba que de alguna manera había que recordar ese terrible hecho, que precedió muchos otros atroces, de los cuales hemos sido testigos. 

Siempre en agosto serán para mí, las ocho y cuarto, el momento en que se detuvo la vida.