12/3/26
El Péndulo
6/8/25
Puente rojo
El agua refleja al puente rojo. Observo a los amantes desde mi banco mientras abro el periódico, ella viste una camisa larga y un sombrero ligero con vuelo, que le oculta las facciones; él un traje color arena y una camisa blanca abierta hasta el segundo botón. Alzo mi mirada y veo un sauce cercano que los niños han adornado con cientos de grullas de origami, multicolores.
Vuelvo a la página y miro la fecha del encabezado: 6 de agosto. Es temprano aún no son las ocho y diez de la mañana. Unos estudiantes bajan de un autobús, uniformados inician una excursión, algunos se salen de la fila y corren al estanque, a dar de comer a los patos.
Por el sendero a paso corto, dos mujeres vestidas con sus kimonos conversan sobre las propiedades del té y las habilidades que hay que desarrollar para honrarlo en el ceremonial.
La cúpula del observatorio brilla con el sol de la mañana, el ajetreo de la ciudad suena en los raíles de los tranvías y el bullicio de la gente que acude al mercado. Una pequeña escuadra de soldados nos recuerda que estamos aún en guerra. Me gustaría detener este momento para siempre, tenerlo fotografiado.
Los niños cruzan el puente rojo, incomodando a los amantes, él es japonés y ella europea, tienen las señales del amor de la noche anterior, en esa habitación junto al mercado; ella niega con la cabeza y se suelta de su abrazo alejándose un poco. Miro al cielo y un avión enorme lo atraviesa dejando una herida en el lienzo de la mañana. Ahora un resplandor todo lo inunda y su viento de fuego arrasa la ciudad, el observatorio, el jardín...
Mi reloj se detuvo a las ocho y cuarto, ¿dónde están los amantes? ¿los estudiantes? La conversación de las mujeres se ha esfumado, y el mercado un amasijo en llamas. En el puente la sombra roja de unas manos que intentan tocarse. Un escuadrón de harapientos se abre paso entre las ruinas. Un niño lleva a cuestas un bulto pequeño como una almohada, escrito con tres caracteres kanji en tinta roja. Lo lleva hasta el puente donde una barca espera.
Mientras la tarde llega a su fin, leo en La Prensa vespertina los titulares de actualidad:
“6 de agosto de 1945, la Guerra ha terminado”.
En los árboles del jardín crece un estrépito de voces y cantos.
“El gobierno blinda las fronteras ante la migración de gente que escapa de las ciudades ocupadas por los aliados”.
Miles de ellos se arrebujan entre los brotes de hojas doradas. Negros y pardos, multicolores, cantan, conversan, se comunican.
“Refuerzo de efectivos militares para contenerlos”.
La noche va a ser fría, quizá vuelva a helar. A la señal convenida se lanzan en vuelo cubriéndolo todo.
30 de mayo 2024
Enlace de audio: https://open.spotify.com/episode/4tjKq47zdgjYucqYrzuWmG?si=e243b672d59441ae
5/8/24
Dos relojes
Leo por internet un artículo del San Diego Union -Tribune,
que, en Boston, se ha subastado en febrero pasado un reloj fundido por el
bombardeo atómico de Hiroshima el 6 de agosto de 1945. La oferta ganadora de la
subasta fue de 31.113 dólares. El reloj
marca las ocho y cuarto de la mañana, hora del estallido de la bomba, arrojada
por los EEUU, con la justificación de provocar la rápida rendición del Japón y ahorrar
vidas humanas en la guerra.
Entre las dos bombas atómicas lanzadas el 6 y 9 de agosto en
Hiroshima y Nagasaki, el gobierno de los USA es responsable de la muerte de más
de 300.000 personas. Las consecuencias de la radiación atómica continúan su
efecto en los Hibakusha, hasta el día de hoy.
La empresa de subastas afirma que este reloj marca la hora en que la
historia cambió para siempre. El ganador de la subasta prefirió mantenerse en
el anonimato.
Pero esos relojes que han pertenecido a personas con nombre y
apellido hoy se convierten en mercancías de coleccionismo. La barbarie, tiene
también su faceta de rapiña. La vida no vale nada, solo la muda expresión de
estos objetos nos indica que el tiempo se detuvo para las personas que los
llevaban y que sus vidas se esfumaron por el intenso calor que generó la bomba.
En muchos casos no han aparecido los cuerpos, es como si nunca hubiesen
existido. Siluetas y sombras humanas en paredes o subiendo escaleras, son
gracias a los testimonios fotográficos lo único que queda de ellas. Algunas
ropas, juguetes, nos hablan de una vida cotidiana destruida, de personas y
familias desaparecidas. Los que arrojaron las bombas, no repararon nunca el
daño ocasionado. Muchos comercian con los objetos que los soldados que
invadieron después, recuperaron de entre las ruinas.
Siempre en agosto serán para mí, las ocho y cuarto, el momento en que se detuvo la vida.
31/12/23
la casa isleña..
Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero el vacío en el medio hace marchar
el carro.
Con arcilla se moldea un recipiente,
pero se lo utiliza por su vacío.
Se hacen puertas y ventanas en la casa
y es el vacío el que permite habitarla.
Por eso, del ser provienen las cosas
y del no-ser su utilidad.
Tao Te Ching
Lao Tsé
Después de un año accidentado de carrera, con las herramientas básicas aprendidas, me disponía a realizar mi primer proyecto de vivienda para una asignatura cuyos objetivos estaban en el análisis metodológico y formal. Casi todos mis compañeros recurrieron a propuestas geométricas y estilísticas en boga en esos años 70. Yo no entendía el problema de la misma manera ya que la casa que debíamos diseñar tendría un enclave en una isla del delta del Paraná. Allí el río va formando islas y reformando otras, algunas desaparecen con una crecida. Todas están densamente pobladas de vegetación, árboles tropicales, y algunas subsisten a la actividad frutícola que décadas atrás se daba tan bien.
De niño íbamos al puerto de frutos a comprar fruta al por mayor, ciruelas, damascos, duraznos, manzanas, naranjas y limones eran característicos, llegaban al puerto en embarcaciones desde las islas y las vendían los propios productores. Luego mi abuela convertía toda esa fruta en mermeladas para el invierno, que merendaba leyendo obsesivamente dos libros: Cuentos de la selva y Cuentos de amor, locura y muerte de Horacio Quiroga. Éstos me habían contagiado la fiebre por la jungla, sin haberla conocido realmente.
Pero mi problema de diseño estaba en la elección tipológica, si rediseñar un modelo de casa isleña, sobre pilotes, de madera y chapa o hacer algo totalmente diferente, descontextualizado, para un cliente anónimo y quedarme fuera de la onda imperante, exponiéndome a la crítica de los profesores.
Me plantee un cliente concreto, hortelano y productor de frutas, que además de una vivienda necesitaba un pequeño taller para reparar sus aperos y guardar herramientas. También estaba el problema, de crear un embarcadero y de consolidar el perímetro de la isla en constante transformación. El material disponible era obviamente la madera, y pensé además la posibilidad de la autoconstrucción, muy recurrente en los habitantes del delta.
Diseñé una casa de madera de tres habitaciones, una central con cocina, un horno de leña exterior, una letrina también exterior, dos galerías una al este y otra a poniente, de un par de metros para poder estar allí y proteger la vivienda de las lluvias torrenciales que suelen caer varias veces al año. Cada estancia tenía dos aberturas, una a cada galería, la del este era como una puerta balconera y la otra una sencilla ventana de dos hojas. Mosquiteras en cada abertura el volumen general a cuatro aguas, al igual que el taller contiguo a escasos metros, luego la isla tenía una zona dedicada a frutales, otra a huerto, en el resto entre cañas silvestres, se erguían álamos plateados y pino Paraná. Bajo la galería de la casa se guardaban aperos y bajo el taller una barca de dos remos. En el espigón de madera se ataba la chata, que eran una embarcación diésel, con una cabina de mando y un espacio importante para colocar la producción y llevarla al puerto de frutos.
Iniciamos este viaje con el amor ya desgastado, a buscar tus orígenes en la colonia ucraniana de El Dorado. Una ciudad de principios del siglo XX de una sola calle y fincas profundísimas, productoras en medio de la selva de, algodón, mate, té, y tung, que luego se transportaban a la metrópoli vía fluvial más de 1000 km Paraná abajo.
Llegamos a Posadas en el ferrocarril Urquiza y nos establecimos en un campamento en las afueras de la ciudad, como a 6 km.
Nos quedamos una semana allí ¿recuerdas?, mi pie izquierdo estaba hinchado y entumecido, nunca supimos muy bien porque, si un golpe, una picadura de alguno de los insectos que nos sorprendieron al llegar, o simplemente el cambio de clima, con ese calor agobiante y las lluvias mansas, que caen como una cortina continua y cuando cesan el vapor se eleva aumentando la sensación de calor.
Teníamos por vivienda una simple tienda de campaña, la misma que usamos para el viaje al Noroeste. Ya deteriorada y con goteras.
Y una mañana en que yo estaba mejor me dijiste: - tenemos que irnos, si no la pereza y la selva nos tragarán.
Emprendimos la marcha por la Ruta 12 esperando que alguien nos lleve. Un camión partía de Posadas a San Ignacio y vimos en él una oportunidad de arrancar ese viaje a El Dorado. Llegamos casi de noche después de recorrer apenas 200 km. Allí dormimos en un hotel pequeño de carretera, con habitaciones con un servicio de agua corriente y que daban a una galería.
La dueña una señora rubia nos sirvió una comida sustanciosa con carne, que nos hizo olvidar las penurias de las latas que llevábamos. A la mañana siguiente nos despierta y nos dice que hay un camión que va hacia Puerto Iguazú, que igual nos apetece conocer las Cataratas.
Varias semanas después, hartos de turismo, que nos llevó también a Brasil, decidimos volver, y cumplir con el objetivo de ir hacia EL Dorado. Llegamos una tardecita, anocheciendo ya, plantamos nuestra tienda en un camping abandonado en Puerto Pinares, en las afueras de la ciudad.
Esa noche tiraste de mi para que fuéramos al centro, aunque sea caminado. La noche era cerrada, la brisa suave movía la selva, como una animal gigante y perezoso. Un perro nos salió al cruce y entre ladridos nos siguió amenazante un buen rato. No llegamos a la ciudad. Cambiaste de idea y lo pospusimos para la tarde siguiente.
En El Dorado encontramos a parte de tus primos y familia eslava que se asentó allí cuando huyeron de los pogromos zaristas, se hicieron mensúes trabajando de sol a sol. Nos contaron las historias que se forjaron durante la II Guerra Mundial, donde los partidarios del nazismo acosaban y agredían a los que pensaban diferente. Muchos emigraron nuevamente más al sur.
Una mañana de lluvia tomamos un autobús que nos llevaría a San Ignacio, nuevamente. A las dos horas estábamos caminando por un camino de tierra colorada convertida en barro, en dirección al Paraná. Allí el río extenso ancho como un gran brazo corre entre paredes de basalto y pequeñas barcas lo cruzan, niños guaraníes navegan en busca de sustento o algo que vender, La selva testigo nos embriaga con sus sonidos de insectos y pájaros.
Y allí nomás en una picada de tacuaras altas como edificios, nos perdimos. Me dijiste, siéntate sobre tu mochila y observa. Tiene que haber una señal, algo. Parecía que la presencia humana había desaparecido. El pie me volvía doler. Y una especie de fiebre subía por mi cuerpo.
Vamos por aquí, me dijiste, por un camino más estrecho aún, al final de ese camino en el cañaveral, se abrió un claro, un aljibe con su vacío central dominaba el espacio. Las cañas formaban cuatro paredes bien delimitadas como una plaza de la cual salían 4 calles dos estrechas y dos más anchas. Decidiste tomar la calle ancha, parecía que todo se abría más abajo como hacia el río.
Dejamos el cañaveral atrás y las palmeras, los arbustos, los lapachos y timbós iban clareando hasta llegar a un lugar donde una casa isleña con galerías, toda de madera y chapa, una construcción auxiliar, en estado de abandono parecía que nos esperaba. Dentro tres habitaciones destartaladas, una de ellas con hornillo de leña para cocinar una mesa con cuencos de barro sucios y vacíos, en la otra una cama aún utilizable, sin colchón, por las ventanas podíamos observar la majestuosidad de la selva con los lapachos en flor y el rumor del río entre el cañón de piedra. En la galería una barca de dos remos, y unas ruedas de carro que le faltaban algunos rayos.
Todo me recordaba a mi proyecto de principio de carrera nunca construido. Como si de un encuentro espectral se tratara.
Bajamos hasta el río que a esa hora tenía el color del mercurio, un embarcadero todavía en pie. Era la hora en que los sonidos de la selva van cambiando, los pájaros se aprestan al descanso, pero la sinfonía de insectos crece hasta hacer denso el aire.
El dolor de pie y la fiebre no cedían se iban apropiando de mi pierna.
Me dijiste – ¿Y si pasamos la noche aquí?
Camino a la Ruta 12, al día siguiente llegando a San Ignacio un viejo muy delgado, de barba, camisa blanca, tiraba de un carro de bueyes, se detuvo y nos preguntó de donde veníamos y a donde íbamos. Subimos y le contamos, aspiró profundamente su pipa y entre el humo que exhalaba, sonrió.
-Han estado ustedes en mi casa, la casa de Horacio Quiroga.
Juan C. Gargiulo 4-12-2023
8/10/23
Postales de amor y de guerra...
Ayer enterramos a mi madre,
Julia, Julita.
Esta mañana después de una noche
aciaga, con el insomnio, la sed y este calor insoportable, abrí el ordenador
para la rutina de siempre, las noticias, los correos y los mensajes, esta vez
de condolencias. Los chavales duermen aún, mientras sorbo mi té verde, voy
leyendo en la pantalla, entre los recuerdos dulces y la tristeza. Uno de los gatos se me arrima pidiendo su
ración, sube a la mesa y en un barrido la oscurece.
Cuando él entró en el barracón colmado de gritos y silbidos, la vio, allí sobre el escenario bajo una tenue luz de campaña, semidesnuda, bailaba, se contoneaba y cada movimiento arrancaba nuevos gritos de deseo de los milicianos. Morena, Esperanza les hipnotizaba con el reflejo de las lentejuelas, raídas ya a esta altura de la guerra. Él se armó de valor, abriéndose paso entre el público subió al escenario casi de un salto y acercándose a ella lentamente, con ambas manos, a una distancia magnética, recorrió su cuerpo de pies a cabeza, morosamente, como atrapando algo para la eternidad, de pronto cerró los puños y giró hacia el público que bramaba de agitación, en eso abrió los brazos y en ese mismo movimiento soltó toda la belleza de esa mujer que había atrapado, derramándola sobre los que van a matar o a morir.
Entre los mensajes hay una carta, escaneada, amarillenta y ajada, tiene un lugar
y una fecha concretas, la letra caligráfica:
Querida hermana, hoy recibí tu
carta de octubre que enviaste a Asturias, ahora llevo tres meses en Aragón,
espero que la suerte me siga acompañando. Por el dinero y la ropa que me envías
estoy muy agradecido, pero desearía que me enviases una foto tuya con Julita.
Ya van para siete años desde que os fuisteis de la aldea, y allá en Buenos Aires
habrá crecido mucho. Yo te mando una pequeña foto mía de paisano, que me hice con
ese fotógrafo de Lalín antes de partir juntos al frente…
Quisiera abrazaros como cuando
os fuisteis, le envío muchos besos a Julita y mimos a ti hermana mía que tanto
deseo verte antes de quedar en estas tierras.
José Blanco, Zaragoza, 6 de
noviembre de 1937.
El molino harinero, se atascó esa
mañana temprano, dicen en la aldea que la guerra acabó hace días. Manuel
Blanco, el molinero, con su pañuelo al cuello y el pelo encanecido, piensa en
los únicos hijos que le quedan, Mercedes, la mayor, en Buenos Aires con su
única nieta, Julita, y José en la guerra, que debería tener ya 23 años. Piensa
también en el dinero necesario para sobrevivir y en los paquetes de ayuda que
llegan de ultramar. Pero José no vuelve, ¡no vuelve! no vuelven sus abrazos y
los besos con harina, ni el niño aquél que correteaba por el huerto buscando
las fresas tempranas. No vuelve…
A José se lo llevó Esperanza, la
bailarina que conoció en un barracón a orillas de los arrozales, convertida en
bala, segó su vida.
Juan C. Gargiulo, Segovia 4 de
octubre 2023.
Audio:
20/5/22
Los colores de mis recuerdos
17/5/22
Fauna y Flora en la Municipalidad de la Matanza
Cuando era joven trabajé en Obras públicas de la
Municipalidad de la Matanza, llegábamos temprano para poder agarrar el único
"Rastrojero" que nos permitía hacer las inspecciones pendientes.
Tenía un compañero de oficina que se las arreglaba para llegar justo sobre la
hora o incluso media hora más tarde, una mujer que quizá fuera su amante,
fichaba la entrada por él. Cuando llegaba se sentaba en su puesto, y camuflado
entre torres de expedientes abría el diario, por donde el claringrilla y se ponía
a hacer las palabras cruzadas. Después de que pasaba el del carro del mate
cocido, cerraba el diario, abría un expediente y con un bolígrafo en la mano y
la otra sujetándole la cabeza se disponía a torrar hasta casi medio día.
Era el año 1983, ese frío invierno post-Malvinas la
Municipalidad estaba gobernada por el Coronel Alberto H. Calloni, en Obras
Públicas, un personaje oscuro salido de la Alemania nazi, el goebbesliano
Ingeniero Masjuán, que a su vez era directivo de ATMA, frente a la terrible
ESMA.
Una mañana cercana a la fiesta patria del 25 de mayo, el
intendente me llama a su despacho. Con el rabo entre las piernas subo a la
oficina del Coronel, pensando que allí me espera algo terrible. Mi aspecto de
intelectual cortazariano con sobretodo comprado recientemente en Madrid, gris
hasta las rodillas, pelo largo y barba , anteojos que delataban esa
filiación a la divine gauche del café La Paz.
Al trasponer la puerta junto a su edecán, me recibe desde un
escritorio tamaño mesa de ping pong, que albergaba bajo un grueso cristal
fotografías de viajes, destinos militares y otras hazañas bélicas.
En un sillón a contraluz, Goebbels-Masjuán dominaba la
escena.
-¡Arquitecto Gargiulo!, ¿usted no tendrá un pariente
marino? me espetó no bien entré, (se refería al contraalmirante Benjamín
Gargiulo líder del golpe de estado del 16 de junio de 1955 contra Perón).
-No mi coronel, ¿por? contesté
-¡Una lástima! agregó Calloni
Gargiulo, Gargiulo, sin embargo su apellido me suena....
Seguía insistiendo en encontrarme alguna filiación, se me pasó por la
cabeza que quizá conociera a mi padre ( viejo militante
comunista). en fin me sentía como en una ratonera o como en los
interrogatorios preliminares de los nazis en Roma Ciudad Abierta.
-Tengo un encargo urgente para usted arquitecto Gargiulo, me
soltó mientras se servía una copa de whisky importado.
-Como usted sabe en este partido tenemos muchos muertos
combatientes en Malvinas y queríamos hacerle un homenaje digno para el 25 de
mayo. Quiero construir en la plaza un monumento a los caídos en la Guerra de
Malvinas. La sombra a contraluz de Masjuán asentía con la cabeza.
-Resulta que mi mujer y yo estuvimos el año pasado en
Arlington, y no vea que cementerio, esas colinas verdes impecables llenas de
cruces -¡Una maravilla!. - Pero aquí tenemos que hacer algo similar, algo
también muy "argentino".
A pesar de ser invierno, el sudor corría por mi frente,
tenía que diseñar y construir en tiempo récord un monumento a los caídos en
Malvinas, similar a las tumbas arlingtonianas, pero con sabor "bien
argentino". Me estaba jugando el pellejo. esa misma mañana, hice un diseño
rápido y se lo subí a Goebbels, era un crucifijo tamaño natural de quebracho
sobre una loma verde de hierba, y a sus pies una placa que reseñaba la lista de
caídos en el Partido de la Matanza. Atusándose el pelo engominado me dice: -No
está mal, vamos a ver al intendente. Subimos nuevamente a su despacho. Nos
acompaña el edecán y Calloni en su séptimo whisky de la mañana, me recibe
efusivo, ya sé de donde conozco el apellido,... de Río Gallegos, de un
conscripto pelirrojo que hizo el servicio con destino en la enfermería! (se
refería a mi hermano Nicolás que hizo la colimba en la Guarnición del Ejército
en R.G. en el sur de Argentina) .La cuestión que al ver el dibujo a color,
se quedó fascinado. -¡Esto , esto es lo que quiero, carajo ! , ¡vamos
vamos manos a la obra!
Así que ya la mañana siguiente me presenté lo mas pronto
posible para poder secuestrar al Rastrojero y el chófer y empezar a recorrer
Buenos Aires, a ver dónde encontrar unas traviesas o durmientes de ferrocarril
de quebracho y quien me montara esa semejante cruz. Del Tigre a la Boca ,
de los talleres de Remedios de Escalada a José León Suárez, peinando talleres y
almacenes. Finalmente en la Boca conseguí los durmientes sin agujeros y más
largos que lo normal, aunque tuve que hacerles un empalme en el brazo largo de
la cruz y en José León Suarez un carpintero que hizo los encastres , labró la
superficie de la cruz, y le dio varias capas de aceite para que la madera
luciera con ese rojo característico del quebracho. La placa de bronce la hizo
un herrero local, y tres días antes asentamos la cruz en esa colina de pasto
verde que habíamos recrecido artificialmente mirando hacia Municipalidad. El
trabajo de izado de la cruz fue digno de los romanos, con la atenta mirada
desde el balcón de Goebbels y Calloni, yo me sentía que estaba levantando mi
propia cruz. En la oficina los muchachos me cargaban, me decían que había hecho
la cruz a mi medida, que si no salía bien, me crucificaban. El día de la
inauguración , 25 de mayo, fiesta patria, me sentía tan mal que no pude ir,
cobardía, quizá, falta de sentido del humor, también . Lo cierto es que me la
pasé en cama todo el día. Al lunes siguiente llego a Obras públicas y me llaman
por el interno desde intendencia, era el propio Calloni. Subí como quien
arrastra una piedra enorme esas escalinatas de mármol hasta el despacho del
intendente. El edecán me acompañó nuevamente, abre la puerta y Calloni me
espeta: ¡Todo un éxito!, ¿ porqué no vino? ¡Se cagó eh! y soltó una alcohólica
carcajada.
- Gargiulo, como ha sido un éxito la obra por los caídos,
ahora si con más tiempo podemos hacer una réplica del monumento para poner en
cada cabecera de partido. Yo entusiasmado o delirando ya, porque había aceptado
un whisky que me había servido el Coronel, le doy una nueva idea brillante ¿ y
si hacemos unas réplicas de escritorio para todos los jefes de departamento de
la Municipalidad, con unos llaveritos a juego para los empleados?
-¡Maravilloso Gargiulo, queda en sus manos !
Apuré el whisky y volví a la oficina, allí me esperaban
pilas de expedientes de inspecciones de escuelas que sobrevivían en la miseria
sin agua potable ni desagües. Faltaba poco ya para las elecciones, que serían
en octubre. Cuando llegó julio, hubo unas movilizaciones de maestros y
empleados municipales que reclamábamos mejoras salariales y efectivización de
los empleados interinos, especialmente los que llevaban muchos años en
precario. Las movilizaciones llegaron al interior de la municipalidad y me encontraron
entre los "sediciosos alborotadores".
A la mañana siguiente, voy a mi oficina y me llama por
interno Goebbels-Masjuán, entro a su despacho, me indica un asiento y me
extiende un conjunto de fotografías en blanco y negro donde aparezco entre la
multitud. -Este es usted ¿no?. -Pues si que he salido bien, le contesto.
-¡Vaya a su oficina y recoja sus cosas por aquí no queremos
subversivos!
-Pues lo haré si me lo comunica por escrito, dije
envalentonado y cabreado.
A la tarde estaba en casa el telegrama de despido.






