10/4/26
Duda fatal
3/4/26
Miguelito
Trabajaba en el taller de su padre, limpiando las herramientas y poniendo en orden el pañol. Sus sueños estaban siempre alrededor de sus juegos infantiles; cuando veía una camioneta o un flete o un simple camión de mudanzas, se le encendía el corazón.
Al año siguiente del éxito futbolístico su viejo le recordó que no había hecho la colimba aún; obediente se fue con su documento de identidad al cuartel del Regimiento 1 de Infantería y allí mismo lo enrolaron. Por la tarde los llevaron a la base aérea del Palomar y de ahí en un viejo avión de la Fuerza Aérea, a Río Gallegos, en la Patagonia.
Pasó catorce meses en ese lugar inhóspito del país, donde le viento se lleva los sueños y la fuerza de voluntad de las personas. En la colimba, lo vacunaron, y aprendió a leer y escribir mejor que en la escuela, porque nadie se mofaba de él. Se hizo buen tirador de FAL y máuser, era tartamudo, pero si no hablaba tenía una puntería excelente. Pasó a reserva en 1975, y se volvió a Buenos Aires, a la casita de sus viejos. Cuando regresó, su padre le tenía una sorpresa: le había comprado de segunda mano una camioneta Dodge carrozada para hacer fletes. Miguelito no podía más de alegría.
Cuando la selección argentina que dirigía César Luis Menotti ganó el mundial de 1978, Miguelito García salió a festejar con su camioneta embanderada y cargada de pibes del barrio. Nada sabía del horror que el Mundial ocultaba los crímenes de la dictadura.
Siguió viviendo con sus viejos hasta que a finales de un verano le llegó una cédula de citación para incorporarse en el Ejército; por sus antecedentes de buen tirador. Nuevamente lo trasladaron al sur y de ahí embarcaron para las islas Malvinas, el dos de abril de 1982.
Al volver de la guerra, su mente se había quedado perdida en alguno de los campos de batalla. Con su salud mental deteriorada fue a parar con sus huesos al Hospital neuropsiquiátrico Dr. José Tiburcio Borda de Buenos Aires. Allí fue sometido a diversas terapias, farmacéuticas y electroshock.
Una tarde de 1989, encontré un camión estacionado en una plaza del barrio de Chacarita. El camión era un viejo Bedford, que tenía toda la caja pintada con frases, y direcciones útiles para los vecinos, ambulancias, bomberos, policías, servicios de protección civil etc.… Al volante estaba Miguelito García. Me convidó unos mates y gracias al sistema de altavoces instalado, pudimos dar una vuelta por el barrio anunciando un evento cultural. Estaba feliz con la campaña de Huracán de ese año de la mano de Carlos Babington.
Al morir sus padres Miguelito García volvió al Hospital Borda. Allí colaboró con la fundación de una radio de los internos: LT22 Radio “La Colifata”.
En un vídeo de YouTube se lo ve con la misma sonrisa que les dedicaba a los pibes del barrio que se burlaban de él, está al pie de un camioncito que tiene en el frontal una leyenda que dice: “Mi sueño”.
Juan C. Gargiulo 2 de abril de 2026.
30/3/26
La chata
23/3/26
Una gota de té.
Difícil es encontrar el camino a casa.
Cuando el pájaro sale de cuadro vuelvo a pensar en escribir una carta a mi madre, que falleció hace tres años. Busco un papel un poco satinado, la estilográfica; compruebo si tiene tinta y si su trazo es el adecuado.
Creo que voy a necesitar un té caliente. Me levanto, voy a la cocina, elijo mi taza habitual, coloco allí un saquito de té verde que me trajo mi hermano de Virginia, tiene un sabor más fuerte que el que compro aquí. Pongo a hervir el agua hasta los 80 grados como dice el envoltorio del té. Una vez que está a la temperatura correcta vierto el agua en la taza. Del saquito comienza a salir un tinte dorado que va impregnándola del fondo hacia la superficie, como cuando limpias un pincel de acuarela.
Retorno a mi asiento con la taza entre las dos manos para calmar el frío que se siente esta mañana de nieve y ventisca.
El té está caliente y lo voy bebiendo de a sorbitos, mientras pienso en la carta. El último tiempo con ella fue realmente difícil: tener que dejar la casa, despedirse de los restos de papá, de la abuela, de la hija que nació, pero murió a las pocas horas; de una ciudad donde vivió 93 años, de todos sus recuerdos, todos los objetos acumulados en la casa, que para ella tenían un especial significado. Momentos irrepetibles que caerán inexorablemente en el olvido. Cartas, tarjetas, fotografías, viajes, encuentros, celebraciones…
La casa desierta, sin nada ya, a la espera que alguien vuelva a habitarla. El sonido de la llave al cerrarla por última vez. Los vecinos que no se atreven a salir a despedirse. El taxi espera.
El alma desierta, ¡qué difícil es encontrar el camino a casa!
Ya me he bebido casi todo el té, con la cucharilla recojo las últimas gotas del fondo.
La ventisca ha amainado, ahora los copos caen con suavidad. El pájaro está posado en un saliente del poste. Aletea para sacudirse la nieve.
La hoja inmaculada me espera para garabatear las primeras palabras: querida mamá…
De la cucharilla cae una gota sobre el papel, que misteriosamente no la absorbe, me quedo mirándola, trato de enfocar su superficie, voy al estudio deprisa y tomo la lupa, y allí en el brillo convexo lo veo mirándome a los ojos, es el niño de cinco años que fui, atrapado en esa gota de memoria y tiempo.
Juan C. Gargiulo 18 de marzo de 2026.
16/3/26
La chapita
Miguel
Durán “el Cholo” se despertó a las seis de la mañana como todos los días desde
que abandonó el boxeo por un knock out que lo dejó inconsciente por
varias horas. Se levantó, se dio una ducha, se vistió, recogió de la mesilla de
noche el colgante con la chapita, calentó un café, se puso al hombro su
cámara fotográfica y salió a la calle. Le gustaba esa hora del amanecer para
tomar fotografías de la ciudad casi desierta. En sus recorridos solía cruzarse
con las mismas personas, el panadero, el operario municipal que comenzaba a
barrer las calles, la carnicera, la estanquera, el tintorero japonés y su
diminuta esposa. Con todas estas personas se saludaba y a veces conversaba con
ellos de su historia como boxeador frustrado de peso welter. Pero esa vida
quedó atrás. Con el dinero ganado se apuntó en una escuela de arte y allí
estudió fotografía.
El
objetivo de estas salidas tempraneras era retratar ese barrio de la ciudad en
que vivía, que según los planes urbanísticos estaba condenado a la
desaparición.
Sin saberlo, Miguel Durán se inspiraba en el
fotógrafo francés de finales del siglo XIX Eugene Atget, el paseante-fotógrafo,
que registró los vestigios de lo que estaba amenazado a su desaparición por las
remodelaciones de París del barón Hausmann. Él se negaba como Atget a
fotografiar la nueva arquitectura que reemplazaba los viejos barrios. Tal era
su proyecto, que quizá podría plasmar en una exposición o en un libro, cuando
todo haya cambiado para siempre.
Pero esa
mañana Miguel Durán notó algo extraño al montar el trípode y colocar la cámara:
mientras encuadraba una esquina condenada, una sombra le oscureció el visor. Fue
entonces cuando se dio cuenta que allí no había nadie, que no se había cruzado
con las personas de costumbre, que en la ciudad no se oía ningún sonido, ni
canto de pájaros, ni el trajín del tráfico que empezaba a esas horas. Recordó
que mientras se duchaba tampoco oyó el rugir de los motores del aeropuerto
cercano.
Se
preguntó entonces si no sería un día de fiesta o de huelga general y a él se le
había pasado. Caminó dos calles y vio que todas las tiendas estaban cerradas,
apenas una brisa repentina movía los vasos de plástico que quedaron tirados la
noche anterior en la puerta del bar. El barrendero tampoco había hecho su
rutina de trabajo. ¿Dónde estaba todo el mundo?; ¿A dónde se habían ido?; ¿Qué
había pasado esa noche que él no se había enterado?; ¿Por qué no encendió la
radio cuando se despertó?, ¿Y la vecina del cuarto que a esa hora tendía la
ropa y escuchaba sevillanas con el balcón abierto, despertando al vecindario?
Observó
que las luces de los semáforos le deslumbraban como cuando el golpe que lo dejó
knock out. Las farolas se estaban apagando por el despuntar de la claridad del
día. Ya se le escapaba la hora de hacer esas fotos a lo Atget, casi sin gente,
con exposiciones largas que hacía que las personas se transformasen en
fantasmas o como presencias inquietantes. Eso mismo es lo que sintió cuando
estaba encuadrando la esquina abandonada: no era una sombra, sino una presencia
inquietante.
Pero ¿no
sería que todo esto era una mala jugada de su pasado o de la mente, que hacía
que habitase un mundo paralelo en determinados estados?
Si,
anoche había bebido demasiado y fumado también…
Se metió
por un callejón estrecho que aún conservaba la luminosidad mortecina del alba,
volvió a montar el trípode con la cámara, esta vez la imagen sería muy ajustada
en el encuadre vertical. Al mirar por el visor y apoyar la mano en el
disparador, sintió el roce en el hombro…
Ya está
volviendo en si dijo el médico de urgencias mientras sujetaba el brazo de
Miguel Durán, que aún atrapaba con fuerza el trípode con la cámara en su
extremo y la chapita entre los dientes: - esta vez el ataque epiléptico ha sido
profundo.
Juan C.
Gargiulo 13 de marzo de 2026
12/3/26
El Péndulo
6/8/25
Puente rojo
El agua refleja al puente rojo. Observo a los amantes desde mi banco mientras abro el periódico, ella viste una camisa larga y un sombrero ligero con vuelo, que le oculta las facciones; él un traje color arena y una camisa blanca abierta hasta el segundo botón. Alzo mi mirada y veo un sauce cercano que los niños han adornado con cientos de grullas de origami, multicolores.
Vuelvo a la página y miro la fecha del encabezado: 6 de agosto. Es temprano aún no son las ocho y diez de la mañana. Unos estudiantes bajan de un autobús, uniformados inician una excursión, algunos se salen de la fila y corren al estanque, a dar de comer a los patos.
Por el sendero a paso corto, dos mujeres vestidas con sus kimonos conversan sobre las propiedades del té y las habilidades que hay que desarrollar para honrarlo en el ceremonial.
La cúpula del observatorio brilla con el sol de la mañana, el ajetreo de la ciudad suena en los raíles de los tranvías y el bullicio de la gente que acude al mercado. Una pequeña escuadra de soldados nos recuerda que estamos aún en guerra. Me gustaría detener este momento para siempre, tenerlo fotografiado.
Los niños cruzan el puente rojo, incomodando a los amantes, él es japonés y ella europea, tienen las señales del amor de la noche anterior, en esa habitación junto al mercado; ella niega con la cabeza y se suelta de su abrazo alejándose un poco. Miro al cielo y un avión enorme lo atraviesa dejando una herida en el lienzo de la mañana. Ahora un resplandor todo lo inunda y su viento de fuego arrasa la ciudad, el observatorio, el jardín...
Mi reloj se detuvo a las ocho y cuarto, ¿dónde están los amantes? ¿los estudiantes? La conversación de las mujeres se ha esfumado, y el mercado un amasijo en llamas. En el puente la sombra roja de unas manos que intentan tocarse. Un escuadrón de harapientos se abre paso entre las ruinas. Un niño lleva a cuestas un bulto pequeño como una almohada, escrito con tres caracteres kanji en tinta roja. Lo lleva hasta el puente donde una barca espera.
Mientras la tarde llega a su fin, leo en La Prensa vespertina los titulares de actualidad:
“6 de agosto de 1945, la Guerra ha terminado”.
En los árboles del jardín crece un estrépito de voces y cantos.
“El gobierno blinda las fronteras ante la migración de gente que escapa de las ciudades ocupadas por los aliados”.
Miles de ellos se arrebujan entre los brotes de hojas doradas. Negros y pardos, multicolores, cantan, conversan, se comunican.
“Refuerzo de efectivos militares para contenerlos”.
La noche va a ser fría, quizá vuelva a helar. A la señal convenida se lanzan en vuelo cubriéndolo todo.
30 de mayo 2024
Enlace de audio: https://open.spotify.com/episode/4tjKq47zdgjYucqYrzuWmG?si=e243b672d59441ae


