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Cuando empezaron a demoler la Villa, Estrella sintió que le arrancaban un pedazo de su vida.
Temprano habían llegado las máquinas y sin dilación franquearon la reja de la entrada de un golpe, comenzaron a derruirla por un lado dejando al descubierto las entrañas de la casa. Estrella se había situado en la acera de enfrente y lo vio todo. Cómo caían los pedazos de mampostería, los suelos, las paredes empapeladas y finalmente el torreón que había sido la habitación y laboratorio de su padre. En menos de dos horas la Villa era una montaña de escombros. Ya no podía ni distinguir qué pedazos correspondían a las cuatro paredes de su cuarto.
La casa la había comprado su padre en la posguerra, pero ésta databa de los años 30, de estilo modernista con aires de art decó. Un jardín espléndido con castaños, arces, tilos y una fuente que albergaba peces japoneses. Su infancia transcurrió en ese jardín, y en las salidas que hacía en bicicleta por el camino que conectaba la Villa a la ciudad.
A la hora de la demolición la casa estaba rodeada ya de edificios de altura y sólo una iglesia románica que colindaba le daba respiro. Por delante una tumultuosa avenida inhibía el uso del jardín. Más tranquila era la calle de atrás que daba a un pequeño jardín botánico de la ciudad.
En esa Villa, Estrella se enamoró de su padre, como casi todas las niñas de la época. Se enamoró de sus manos, de su mirada, de su voz, del movimiento delicado de su cuerpo, el día que bailaron juntos un pasodoble con motivo de su primera comunión allá por 1966. Ese día de alegría rompió con la melancolía que él arrastraba pesadamente y que le hacía refugiarse en salidas nocturnas a los bares de la ciudad de provincias, donde una vez ella lo vio escribir una carta.
A Estrella le fascinaba entrar en el laboratorio de su padre, observar los terrarios y herbarios donde coleccionaba todo tipo de especies locales, con clasificaciones minuciosas y dibujos sorprendentes, de detalles de hojas, tallos, corolas, con gran maestría del uso de la pluma y el color sutil del pincel.
¿Dónde había aprendido su padre ese oficio al que dedicaba tantas horas? También conservaba un tesoro: una caja donde guardaba un péndulo de cobre y dos varillas de radiestesia de bronce con mango de cedro. A veces acompañaba a su padre al campo, con el péndulo y las varillas era capaz de localizar agua subterránea u objetos enterrados.
Cuando su padre falleció, sus pertenencias fueron repartidas en la familia. Estrella, que era la más pequeña recibió como herencia el libro ajado del herbario con los dibujos y esa caja maravillosa con péndulo y las varillas. Ese legado definiría en principio su vocación botánica, que con el tiempo se transformaría en su profesión. Pero el uso de los artilugios mágicos no los llegó a dominar hasta pasados muchos años.
En la víspera de la demolición de la casa, Estrella, se acordó del péndulo y las varillas de zahorí. Se desplazó a la casa cerrada, y subió al cuarto vacío del torreón. Una vez allí, sacó el péndulo de su caja y le hizo una pregunta. Éste le respondió con un movimiento que a medida que ella caminaba por la habitación oscilaba con mayor frecuencia. Cuidaba que sus pasos fueran leves. Al posar cada pie con cuidado, se detenía y esperaba la respuesta.
Cuando estuvo segura, notó que estaba sobre una tablilla de la tarima de diferente color y algo floja. Buscó una herramienta para quitarla.
Un agujero rectangular, oscuro, se abrió ante ella. No revelaba nada, pero al agacharse, tanteó por los lados y dio con una caja metálica. La extrajo del hueco. Al abrirla encontró varias cartas nunca enviadas, sin matasellos. Una fechada en agosto de 1956, el día de su nacimiento, le llamó poderosamente la atención:
Querida Estrella, amor mío, espero que estés bien, imagino que nuestro hijo Juan será ya todo un hombre…
Juan C. Gargiulo 6 de marzo de 2026.

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