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Desde la
ventanilla del tren veo el paisaje herido. ¿Cuándo fue que los humanos
extraviamos el camino?
Si somos
la parte sana de la sociedad, los “normales”, los que aceptamos todo como nos
viene dado, los que nos adaptamos a cada golpe, a cada herida, aunque duela
como la extracción de una muela, los que nos acomodamos en un espacio cada vez
más chico, más oscuro, ¿Por qué este conformismo infinito?
Vuelvo a
mirar por la ventanilla del tren, y la velocidad me hace difuminar las casas,
las naves, las infraestructuras que vamos dejando atrás, me voy durmiendo.
Atravesamos
un túnel, el paisaje cambia, las montañas, un bosque… un río.
¿Qué edad tenía cuando papá me
preguntó para qué servía un río?
Yo contesté como un escolar
aventajado, pero sin tener idea adónde quería llegar.
Me dijo: - Un río sirve para
navegar, para ir lejos, pero también sirve para sentarse a su orilla e ir
arrojando en él todo lo que nos hizo mal, todos nuestros dolores y heridas…
Yo era chico, y no lo entendí en
toda su profundidad.
Junto al
río un caballo tordo deja de pastar y me mira directamente, el tren aminora la
marcha porque estamos llegando a un apeadero. Mi destino está lejos aún, varias
horas de viaje me quedan. Estoy ligero
de equipaje, pienso, me puedo bajar aquí. Siempre me han costado las
decisiones, y al final he tirado por lo más cómodo. Podría quedarme sentado en
el tren y arribar al final en tres o cuatro horas. O bajarme en este lugar.
El tren
se para sube una señora con un chico de la mano. -Vamos Joaquín, le dice. Entonces
todo sucedió tan rápido que en menos de un minuto me encontraba sólo en el
andén y el tren arrancaba.
Comencé
a caminar sin un rumbo cierto, el aroma del aire de la montaña me recordó a
mamá, cuando limpiaba la casa y quedaba impecable, echaba esos chorritos verdes
de “Pinolux” en el agua para que todo oliera bien. Mamá, vos que vendiste al
auto para que yo pudiera venirme a España. Y luego te quedaste sola con papá
enfermo.
Luego
los viajes y mi enfermedad, todos los errores cometidos, la soledad elegida, la
distancia muchas veces insalvable. De la vida sólo queda el recuerdo de la
infancia y los primeros años de juventud, todo es una marea vertiginosa de
olvido. Los amigos desaparecidos, los que sobrevivimos y nos fuimos, los que
sobrevivieron y se quedaron. Un país que parecía una trampa mortal, el mundo se
ha convertido en eso mismo que nos sucedió cincuenta años atrás, la culpa…
Atardece,
se acerca la hora dorada de luz, sigo caminando, el caballo tordo me espera, lo
veo a lo lejos, deja de pastar, me mira, hace un gesto con la cabeza, me invita
a acercarme, llego junto a él, le acaricio, es manso, está libre no tiene
cabezada, las crines largas le besan el pescuezo. Entonces él me guía, por
un sendero, a través del bosque que huele como los pisos de mamá, va pisando
con cuidado las ramas secas caídas, y la hojarasca casi no delata nuestro paso.
Se oye el murmullo del agua, cuando en un claro del bosque veo el río correr,
nos acercamos a la orilla, y el agua fría torrentosa que baja de la montaña va
creando torbellinos y figuras en la superficie. Me agacho y me siento sobre una
piedra, miro las evoluciones del agua, el tordillo me respira en la nuca, como
alentándome a hacer algo.
Entonces salen de mi las palabras
que nunca dije, las heridas acumuladas, todo el amor que quise dar y no fui
capaz, que el río se llevará sin preguntar nada.
Juan C. Gargiulo 24 de mayo de
2026

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