14/6/26

Ese extraño animal

 


    Hortensia Morales nació en Cascada del Ángel, su madre la parió bajo un algarrobo. Ese día de un calor insoportable: 6 de enero de 2002, el gobierno sancionó la Ley de Emergencia Pública y Reforma del Régimen Cambiario, la cual provocó enormes pérdidas en los ahorros de la población.

Anselmo, su padre, mientras trabajaba el campo en Huertas Malas, vio moverse entre los yuyos del pajonal a un bicho extraño. Armado con su caparazón se enroscó en cuanto vio la presencia de Anselmo. Por el rastro de sangre, intuyó que estaba herido, quizá una culebra o un gato montés…

  Con cuidado lo recogió con sus guantes y lo llevó al galpón en una carretilla. Allí tenía algo en el botiquín que quizá le sirviese para sanar la herida.

Él pensó que sería una buena mascota para Hortensia, su primera hija. El animal se fue curando con los cuidados de la familia y domesticando al ritmo del crecimiento de la gurisa. Comía de todo, frutas, semillas, larvas, insectos, era un bendito.

    Con la crisis provocada por el gobierno, se vivieron años de penuria económica, y los pequeños agricultores como él, sólo podían producir para el autoconsumo. Con el tiempo no tardaron en poner sus garras las codiciosas inmobiliarias, que pretendían urbanizar las chacras circundantes, por una demanda turística específica: la de los avistamientos en el cerro Uritorco.

    Urbanitas de clase media y alta, gurús, metafísicos y patafísicos, acampaban cada temporada, a la espera de los fenómenos celestes que se sucedían sobre el cerro. No faltaban hippies aficionados a cualquier tipo de sustancia que les abriera la mente. Todos ellos eran la clientela perfecta para los buitres de las inmobiliarias.

    Diógenes, la mascota familiar, tenía la costumbre de robar y acumular los más variados objetos que encontraba, los enterraba o escondía, algunos volvían a aparecer cuando Hortensia cavaba la huerta o el jardín, otros parecían estratégicamente ocultados entre las matas de espinos.

    Una tarde mientras Hortensia, regaba la huerta, por pedido de su padre, alguien munido de una escopeta del doce atravesó la tranquera y preguntó con prepotencia por Anselmo. El personaje era Willy Fernández, temido esbirro de las inmobiliarias que iba por las fincas amenazando a los chacareros para que se fueran y dejaran libres las tierras para sus intereses especulativos. Ante esa escena Diógenes se enroscó y en situación defensiva apuntó al inoportuno visitante con su rabo.

    -Doctor, sentí como si un rayo invisible me paralizara y me debilitaba. Comentó Willy Fernández al médico local Salvador Houssay (nieto del premio nobel). Quien no encontró fundamento científico en lo que éste le contaba. 

    Fue en el año de 2020, el mundo estaba confinado por la pandemia, ya algunos chacareros habían abandonado las fincas cercanas al cerro Uritorco, los turistas acampaban para ver avistamientos de ovnis. Por las noches hacían ceremonias propiciadoras, desconociendo las costumbres nativas, que consideraban esas visiones como almas en pena que volvían a la tierra para cobrar deudas con los vivos. Y fue así que una noche Willy Fernández salió con su escopeta a cazar al animalito que le había paralizado. Entró a la finca de Huertas Malas, aprovechando que todos dormían husmeó entre las matas, los bidones de agua que se enfriaban con la rasca de la noche y entre los aperos descuidados. 

    Y en eso lo vio, dos ojitos amarillos reflejaron la luz de la linterna que tenía pegada a su escopeta. Willy apuntó y dijo: - ya no vas a servir ni para charango.

    El animal se puso en dos patas, y juntó sus manitas delanteras como rezando. Sonó un disparo en el momento en que desde lo alto del Uritorco un rayo verde creó una red con los objetos que Diógenes había enterrado y escondido estratégicamente por toda la finca, en un movimiento envolvente el rayo se llevó por los aires al invasor.

    Hortensia Morales, salió rauda de la casa y su mascota fue inocente hacia su encuentro, no tenía ningún rasguño, sólo temblaba el pobre animalito. 

    Dicen que vieron a Willy Fernández años después desvariando por las pasarelas de las Cataratas del Iguazú, invitando a los turistas a pasar allí una noche en un hotel de hielo… ¡Una locura!


Juan C. Gargiulo 14 de junio de 2026.


6/6/26

 

Tenía un don   

                                                            Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

                                                                                                                                                                                        J.L. Borges                                        

 

 

 



Cacho Dante Sciamarella, era un jugador prodigioso, se lo digo yo señor periodista, Fito Vilanova, el mejor amigo de Cacho. Podría haber jugado en la selección del 86, de nueve, junto al Diego. Era un jugador intuitivo y extraño a la vez.

De chico comenzó en Ferro, el club de Caballito, en los equipos infantiles. Destacaba por su habilidad para gambetear las defensas y colocar el centro preciso de gol.

Lo extraño en él era que cuando arrancaba una jugada, cerraba los ojos, si como se lo digo, corría con la pelota con los ojos cerrados, como si tuviera en su cabeza la cancha entera y el movimiento de los jugadores.

Con las jugadas a balón parado, embocaba siempre, lo que digo señor periodista: siempre. Miraba a su alrededor dando unas vueltas rodeando la pelota, luego se colocaba en posición, cerraba los ojos, tomaba carrera, inspiraba, y pateaba, justo allí donde había imaginado. El partido sucedía en su interior. Era fantástico verlo jugar, algo de otro mundo.

Con los años jugó en la primera de Ferro que dirigía Griguol junto a jugadores como Gerónimo Saccardi, Juan Domingo Rocchia, Claudio Crocco y el arquero imbatible: Carlos Barisio. En el 81 estuvieron a punto de ganar el Campeonato Nacional y en el 82 cuando Ferro salió campeón, él se lo perdió por la guerra de las Malvinas.

Lo llamaron a filas y se tuvo que ir al sur. Me dijo la noche antes, Fito volveré y les ganaremos a esos ingleses.

Cacho Dante Sciamarella, volvió, pero su mirada estaba opacada, dejó el fútbol, es un engaño Fito, me dijo. Su vista no iba bien, una nube se instaló en sus ojos.

El peregrinaje médico, por clínicas y hospitales especializados no dieron con el diagnóstico de la progresiva ceguera que se iba instalando en sus ojos, era como si no quisiera ver el mundo después de la guerra.

Pero señor periodista, sus padres no se resignaban y juntaron pesito tras pesito, vendieron el auto y pidieron prestado, para enviarlo con unas tías milagreras que tenía en Trieste, Italia.

Las tías, solteronas y devotas de San Giovanni in Tuba, decían que las aguas de allí curaban todas las enfermedades, ellas eran testigos de varios milagros perdurables.

Cacho fue allí con sus tías, y mientras hacía cola para las abluciones, justo delante de él estaba otro ciego, sin bastón ni lazarillo, tenía colgando del cuello una cámara fotográfica, que por el sonido Cacho me contó que disparaba luego de un breve ritual, giraba su cabeza hacia un lado y a otro como percatándose de sonidos y olores, y volvía a girar el cuerpo para así tomar una fotografía en ese, según dicen un hermoso santuario. El fotógrafo ciego no era otro que el famoso Evgen Bavcar, esloveno de nacimiento, devoto del santuario y de Borges.

Los encuentros con Evgen se repitieron ya que Cacho quiso aprender fotografía como él. Ambos tenían en su memoria imágenes de un mundo anterior a su ceguera que era posible plasmar.

Antes de volver al país Evgen le regaló una cámara, la Minolta SRT 101, un fierro. Cacho volvió al club, pero no ya a jugar sino a fotografiar los partidos. Cuando los directivos vieron las fotos que hacía, llamaron a la revista El Gráfico y les propusieron que le contrataran.

En poco tiempo Dante Sciamarella era todo un nombre en el periodismo gráfico del país, sus fotos de los grandes partidos de fútbol eran elogiadas no sólo en los medios sino por el público, algo que rara vez sucede. Fino, elocuente, con gran precisión, nadie sospecharía que se trataba de un fotógrafo ciego.

Y fue así señor periodista que Dante, llegó a México en el Mundial de 1986. Con una petición especial: fotografiar el partido entre Argentina e Inglaterra.

Argentina tenía a Maradona e Inglaterra a Lineker.

Cacho se colocó detrás del arco de los ingleses con un zoom potente que le facilitaron en la redacción de El Gráfico.

El partido bronco, olía a la prolongación del conflicto bélico. En eso vino el gol de la “mano de Dios” de Maradona, él se lo perdió, pero al lado tenía a Eduardo Longoni, que hizo la foto que luego diera la vuelta al mundo.

Cuando el segundo de Argentina, ya había gastado casi todos los fotogramas del tercer carrete, y no sabía si le quedaban cinco o seis fotografías. A medida que Diego avanzaba dejando en el suelo a los ingleses, el disparaba como si tuviera un FAL entre sus manos, preciso directo, al paso del jugador.

1, 2, 3, 4, 5 fotos y en el último segundo cuando Maradona ya está en el suelo empujando la pelota hacia el arco, él la ve, la ve dentro empujando la red, haciéndola temblar, pero la cámara no gatilló, se le había acabado el carrete.

Tenía un don.

Eso me contó señor periodista.

 

 

Juan C. Gargiulo 4 de junio de 2026.