6/6/26

 

Tenía un don   

                                                            Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

                                                                                                                                                                                        J.L. Borges                                        

 

 

 



Cacho Dante Sciamarella, era un jugador prodigioso, se lo digo yo señor periodista, Fito Vilanova, el mejor amigo de Cacho. Podría haber jugado en la selección del 86, de nueve, junto al Diego. Era un jugador intuitivo y extraño a la vez.

De chico comenzó en Ferro, el club de Caballito, en los equipos infantiles. Destacaba por su habilidad para gambetear las defensas y colocar el centro preciso de gol.

Lo extraño en él era que cuando arrancaba una jugada, cerraba los ojos, si como se lo digo, corría con la pelota con los ojos cerrados, como si tuviera en su cabeza la cancha entera y el movimiento de los jugadores.

Con las jugadas a balón parado, embocaba siempre, lo que digo señor periodista: siempre. Miraba a su alrededor dando unas vueltas rodeando la pelota, luego se colocaba en posición, cerraba los ojos, tomaba carrera, inspiraba, y pateaba, justo allí donde había imaginado. El partido sucedía en su interior. Era fantástico verlo jugar, algo de otro mundo.

Con los años jugó en la primera de Ferro que dirigía Griguol junto a jugadores como Gerónimo Saccardi, Juan Domingo Rocchia, Claudio Crocco y el arquero imbatible: Carlos Barisio. En el 81 estuvieron a punto de ganar el Campeonato Nacional y en el 82 cuando Ferro salió campeón, él se lo perdió por la guerra de las Malvinas.

Lo llamaron a filas y se tuvo que ir al sur. Me dijo la noche antes, Fito volveré y les ganaremos a esos ingleses.

Cacho Dante Sciamarella, volvió, pero su mirada estaba opacada, dejó el fútbol, es un engaño Fito, me dijo. Su vista no iba bien, una nube se instaló en sus ojos.

El peregrinaje médico, por clínicas y hospitales especializados no dieron con el diagnóstico de la progresiva ceguera que se iba instalando en sus ojos, era como si no quisiera ver el mundo después de la guerra.

Pero señor periodista, sus padres no se resignaban y juntaron pesito tras pesito, vendieron el auto y pidieron prestado, para enviarlo con unas tías milagreras que tenía en Trieste, Italia.

Las tías, solteronas y devotas de San Giovanni in Tuba, decían que las aguas de allí curaban todas las enfermedades, ellas eran testigos de varios milagros perdurables.

Cacho fue allí con sus tías, y mientras hacía cola para las abluciones, justo delante de él estaba otro ciego, sin bastón ni lazarillo, tenía colgando del cuello una cámara fotográfica, que por el sonido Cacho me contó que disparaba luego de un breve ritual, giraba su cabeza hacia un lado y a otro como percatándose de sonidos y olores, y volvía a girar el cuerpo para así tomar una fotografía en ese, según dicen un hermoso santuario. El fotógrafo ciego no era otro que el famoso Evgen Bavcar, esloveno de nacimiento, devoto del santuario y de Borges.

Los encuentros con Evgen se repitieron ya que Cacho quiso aprender fotografía como él. Ambos tenían en su memoria imágenes de un mundo anterior a su ceguera que era posible plasmar.

Antes de volver al país Evgen le regaló una cámara, la Minolta SRT 101, un fierro. Cacho volvió al club, pero no ya a jugar sino a fotografiar los partidos. Cuando los directivos vieron las fotos que hacía, llamaron a la revista El Gráfico y les propusieron que le contrataran.

En poco tiempo Dante Sciamarella era todo un nombre en el periodismo gráfico del país, sus fotos de los grandes partidos de fútbol eran elogiadas no sólo en los medios sino por el público, algo que rara vez sucede. Fino, elocuente, con gran precisión, nadie sospecharía que se trataba de un fotógrafo ciego.

Y fue así señor periodista que Dante, llegó a México en el Mundial de 1986. Con una petición especial: fotografiar el partido entre Argentina e Inglaterra.

Argentina tenía a Maradona e Inglaterra a Lineker.

Cacho se colocó detrás del arco de los ingleses con un zoom potente que le facilitaron en la redacción de El Gráfico.

El partido bronco, olía a la prolongación del conflicto bélico. En eso vino el gol de la “mano de Dios” de Maradona, él se lo perdió, pero al lado tenía a Eduardo Longoni, que hizo la foto que luego diera la vuelta al mundo.

Cuando el segundo de Argentina, ya había gastado casi todos los fotogramas del tercer carrete, y no sabía si le quedaban cinco o seis fotografías. A medida que Diego avanzaba dejando en el suelo a los ingleses, el disparaba como si tuviera un FAL entre sus manos, preciso directo, al paso del jugador.

1, 2, 3, 4, 5 fotos y en el último segundo cuando Maradona ya está en el suelo empujando la pelota hacia el arco, él la ve, la ve dentro empujando la red, haciéndola temblar, pero la cámara no gatilló, se le había acabado el carrete.

Tenía un don.

Eso me contó señor periodista.

 

 

Juan C. Gargiulo 4 de junio de 2026.