Los niños entierran a sus muñecos.
El abuelo se levanta por la noche y busca la higuera. Las madres buscan a sus
hijos. La euforia del mundial se pasó. Miro ese bolso negro de Adidas, con el
que voy a entrenar baloncesto.
La abuela se queda dormida y no
despierta nunca más. Un velatorio discreto, algunos cantos y oraciones, ninguna
bandera.
Me llamas preocupada, nos tomamos
un té pronto por la mañana, en la esquina de enfrente. Han demolido tu casa, se
la llevaron por delante con bulldozers del ejército, intimidantes, color verde
oliva, marca Toshiba. Construirán nuevos edificios para los colonos, pero tú no
podrás volver a tu casa. Los naranjos, el gallinero, la casita de bloques y
cubierta de chapa, la antena que te conectaba al mundo y desde donde partían
las imágenes del oprobio y las injusticias. Todo ha caído. Confías en mi porque
estudiamos juntos y fuimos siempre cómplices; incluso desde que te fuiste luego
a la escuela agraria a prepararte para el futuro. Pero nuestro país está
ocupado militarmente, no hay futuro, sólo presente. Resistir o exiliarse, que
es otra forma de resistir y algún día volver. ¿Podremos alguna vez? ¿Qué
quedará de nuestro pueblo? No habrá otra tierra a que retornar.
El abuelo ya no tiene la higuera
a cuya sombra nos contaba la historia de nuestros ancestros.
Un país dividido, controlado por
los ocupantes, con cárceles y exterminio, con una cultura milenaria desoída.
Lugares sagrados violentados. Tierras y familias violentadas.
Los niños juegan a enterrar sus
juguetes, ¿crecerán sin infancia?
Ayer demolieron la escuela donde
estudiamos, los escombros a un lado, los pupitres, pizarras y sillas al otro, rescatadas
a último momento. Lo hicieron por la mañana temprano, justo cuando estaban los
niños en clase; tuvieron que escapar por las ventanas. Un bulldozer acompañado
de camiones militares; se fueron victoriosos por donde vinieron, en el
horizonte ya se vislumbran los edificios para los colonos. Avanzan día a día
con pasos de gigante, un Golem sin alma, destructivo que arrasa todo a
su paso.
Vuelvo a mirar ese bolso de Adidas
con que voy a baloncesto y donde guardé el paquete que me dieron en la reunión
clandestina. Venganza, justicia, Sumud. Permanecer, reconstruir, siempre
reconstruir. No perder la humanidad.
Entre los escombros de la escuela
está Zayn, la mascota de los niños, sale herida en los cuartos traseros, se
acerca a mi como reconociendo a un antiguo alumno, me mira con sus ojos de
dolor. Su pelo rojo está blanco por la cal y el yeso, lo limpiamos tú y yo. Su
herida está abierta y sangra.
Lo llevamos a la sombra, bajo la
higuera de la escuela.
Entonces me preguntas, ¿que llevas en el bolso
negro de Adidas?, sin responderte lo abro, saco del interior el paquete que
está envuelto con papel de periódicos y desenvuelvo con cuidado su contenido. No
te dije que al año pasado terminé veterinaria.
Juan Carlos Gargiulo 4 de julio
de 2026

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