Miguel
Durán “el Cholo” se despertó a las seis de la mañana como todos los días desde
que abandonó el boxeo por un knock out que lo dejó inconsciente por
varias horas. Se levantó, se dio una ducha, se vistió, recogió de la mesilla de
noche el colgante con la chapita, calentó un café, se puso al hombro su
cámara fotográfica y salió a la calle. Le gustaba esa hora del amanecer para
tomar fotografías de la ciudad casi desierta. En sus recorridos solía cruzarse
con las mismas personas, el panadero, el operario municipal que comenzaba a
barrer las calles, la carnicera, la estanquera, el tintorero japonés y su
diminuta esposa. Con todas estas personas se saludaba y a veces conversaba con
ellos de su historia como boxeador frustrado de peso welter. Pero esa vida
quedó atrás. Con el dinero ganado se apuntó en una escuela de arte y allí
estudió fotografía.
El
objetivo de estas salidas tempraneras era retratar ese barrio de la ciudad en
que vivía, que según los planes urbanísticos estaba condenado a la
desaparición.
Sin saberlo, Miguel Durán se inspiraba en el
fotógrafo francés de finales del siglo XIX Eugene Atget, el paseante-fotógrafo,
que registró los vestigios de lo que estaba amenazado a su desaparición por las
remodelaciones de París del barón Hausmann. Él se negaba como Atget a
fotografiar la nueva arquitectura que reemplazaba los viejos barrios. Tal era
su proyecto, que quizá podría plasmar en una exposición o en un libro, cuando
todo haya cambiado para siempre.
Pero esa
mañana Miguel Durán notó algo extraño al montar el trípode y colocar la cámara:
mientras encuadraba una esquina condenada, una sombra le oscureció el visor. Fue
entonces cuando se dio cuenta que allí no había nadie, que no se había cruzado
con las personas de costumbre, que en la ciudad no se oía ningún sonido, ni
canto de pájaros, ni el trajín del tráfico que empezaba a esas horas. Recordó
que mientras se duchaba tampoco oyó el rugir de los motores del aeropuerto
cercano.
Se
preguntó entonces si no sería un día de fiesta o de huelga general y a él se le
había pasado. Caminó dos calles y vio que todas las tiendas estaban cerradas,
apenas una brisa repentina movía los vasos de plástico que quedaron tirados la
noche anterior en la puerta del bar. El barrendero tampoco había hecho su
rutina de trabajo. ¿Dónde estaba todo el mundo?; ¿A dónde se habían ido?; ¿Qué
había pasado esa noche que él no se había enterado?; ¿Por qué no encendió la
radio cuando se despertó?, ¿Y la vecina del cuarto que a esa hora tendía la
ropa y escuchaba sevillanas con el balcón abierto, despertando al vecindario?
Observó
que las luces de los semáforos le deslumbraban como cuando el golpe que lo dejó
knock out. Las farolas se estaban apagando por el despuntar de la claridad del
día. Ya se le escapaba la hora de hacer esas fotos a lo Atget, casi sin gente,
con exposiciones largas que hacía que las personas se transformasen en
fantasmas o como presencias inquietantes. Eso mismo es lo que sintió cuando
estaba encuadrando la esquina abandonada: no era una sombra, sino una presencia
inquietante.
Pero ¿no
sería que todo esto era una mala jugada de su pasado o de la mente, que hacía
que habitase un mundo paralelo en determinados estados?
Si,
anoche había bebido demasiado y fumado también…
Se metió
por un callejón estrecho que aún conservaba la luminosidad mortecina del alba,
volvió a montar el trípode con la cámara, esta vez la imagen sería muy ajustada
en el encuadre vertical. Al mirar por el visor y apoyar la mano en el
disparador, sintió el roce en el hombro…
Ya está
volviendo en si dijo el médico de urgencias mientras sujetaba el brazo de
Miguel Durán, que aún atrapaba con fuerza el trípode con la cámara en su
extremo y la chapita entre los dientes: - esta vez el ataque epiléptico ha sido
profundo.
Juan C.
Gargiulo 13 de marzo de 2026

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