Héctor
terminó de dar su clase de “Historia Viva”. Hoy acudieron sólo cuatro alumnos. Beto
y yo le hacíamos el “aguante” para luego cerrar el Centro Barrial y escaparnos
con las chicas a bailar a “Cemento”.
Con un
traje azul impecable, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta, Héctor
cargaba su cartera repleta de libros apolillados; él llegaba puntual todos los
viernes, sacaba de la valija su cuaderno de apuntes, y empezaba a disertar
sobre historias inventadas: “Edipo y los psicoanalistas de Palermo” o “El
eterno viaje de Ulises por la Patagonia”.
A Héctor
lo había dejado la mujer, ella necesitaba alguien que le diera seguridad
económica y no estos magros pesos que él sacaba de sus clases alocadas. Pero
Héctor tenía un amor secreto, que nunca manifestaba en público, o estando
sobrio.
Ese
viernes, en que Beto y yo teníamos prisa por llegar a la discoteca donde
tocaban los “Redondos”; Héctor se cayó redondo en la puerta de entrada del
Centro Barrial, justo cuando nos despedíamos, dejando una estela de manos en el
aire. No había ningún escalón que explicase la caída, y sus zapatos estaban
perfectamente acordonados… en eso observamos una primera convulsión muy fuerte,
Héctor perdía el conocimiento. Beto le desató el nudo de la corbata y sobre el
pecho estaba la chapita que lo identificaba como enfermo de epilepsia.
El
aprendiz de psiquiatra me dijo:
¡Andá a buscar algo para que no se muerda la
lengua!; yo rebusqué en un cajón de la oficina y encontré una regla escolar de
20 centímetros de madera. Se la colocamos en la boca entre los números 5 y 12
que brillaban misteriosamente con el ulular de las luces de la noche.
- ¡Hay que llamar a una
ambulancia para llevarlo al Hospital!
- Preguntá en el local de al lado
a ver si te prestan el teléfono.
Yo
recordaba los números de emergencia gracias al camión de Miguelito, que los
tenía pintados en la carrocería. A la hora llegó la ambulancia, lo subieron
inconsciente y nosotros detrás de él. En la cabina se percibía un fuerte aroma
a pizza recién hecha, el chofer abrió una caja y nos convidó un par de
porciones mientras conducía a toda velocidad.
- ¿A qué Hospital le llevamos? Preguntó.
- Al Pirovano, es el que está más
cerca dijo Beto con suficiencia médica.
Entramos
por urgencias y, sin bajarle nos dijeron que no tenían personal disponible para
atenderle esa noche, que fuéramos al Hospital Italiano. Salimos nuevamente
raudos en esa dirección sorteando semáforos, taxis y autobuses abarrotados de
gente a esa hora del viernes.
En un momento del traslado Héctor
balbuceó:
-No quiero médicos, quiero un
enfermero.
En
“Cemento” seguramente habría comenzado el recital de “Los Redondos” y las
chicas estarían bailando con su primera copa.
Al llegar
al Italiano, dos médicos de urgencias nos recibieron, batas impecables pelo
engominado, pinta de “canas” tenían. Cambiaron bruscamente a Héctor a una
camilla del hospital y le cortaron la camisa blanca con una tijera; ahí vimos
sus brazos heridos con todos los picos de las inyecciones que le habrían dado
recientemente en diversos ingresos.
Entonces
los médicos se volvieron hacia nosotros, llamaron a dos enfermeros fornidos y
ordenaron:
- ¡A ver a estos dos con esos
peinados modernos!
- ¡Revísenles los brazos, seguro
que son drogadictos amigos de éste!
Mientras Héctor recobrando el
sentido decía:
-Elena, mi amor, no quiero un
doctor, ni tampoco un enfermero.
Juan C. Gargiulo 16 de mayo de
2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario