23/3/26

Una gota de té.


Audio del relato pinchando la imagen

Me siento a la mesa que está bajo la ventana y observo la ventisca que se ha desatado, un pájaro vuela tambaleante tratando de alcanzar un poste de teléfonos para protegerse. Vuela contra el viento, como en una escena de cine mudo. 

    Difícil es encontrar el camino a casa.

    Cuando el pájaro sale de cuadro vuelvo a pensar en escribir una carta a mi madre, que falleció hace tres años. Busco un papel un poco satinado, la estilográfica; compruebo si tiene tinta y si su trazo es el adecuado.

    Creo que voy a necesitar un té caliente. Me levanto, voy a la cocina, elijo mi taza habitual, coloco allí un saquito de té verde que me trajo mi hermano de Virginia, tiene un sabor más fuerte que el que compro aquí. Pongo a hervir el agua hasta los 80 grados como dice el envoltorio del té. Una vez que está a la temperatura correcta vierto el agua en la taza. Del saquito comienza a salir un tinte dorado que va impregnándola del fondo hacia la superficie, como cuando limpias un pincel de acuarela.

    Retorno a mi asiento con la taza entre las dos manos para calmar el frío que se siente esta mañana de nieve y ventisca.

    El té está caliente y lo voy bebiendo de a sorbitos, mientras pienso en la carta. El último tiempo con ella fue realmente difícil: tener que dejar la casa, despedirse de los restos de papá, de la abuela, de la hija que nació, pero murió a las pocas horas; de una ciudad donde vivió 93 años, de todos sus recuerdos, todos los objetos acumulados en la casa, que para ella tenían un especial significado. Momentos irrepetibles que caerán inexorablemente en el olvido. Cartas, tarjetas, fotografías, viajes, encuentros, celebraciones…

    La casa desierta, sin nada ya, a la espera que alguien vuelva a habitarla. El sonido de la llave al cerrarla por última vez. Los vecinos que no se atreven a salir a despedirse. El taxi espera.

    El alma desierta, ¡qué difícil es encontrar el camino a casa!

    Ya me he bebido casi todo el té, con la cucharilla recojo las últimas gotas del fondo.

    La ventisca ha amainado, ahora los copos caen con suavidad. El pájaro está posado en un saliente del poste. Aletea para sacudirse la nieve.

    La hoja inmaculada me espera para garabatear las primeras palabras: querida mamá…

    De la cucharilla cae una gota sobre el papel, que misteriosamente no la absorbe, me quedo mirándola, trato de enfocar su superficie, voy al estudio deprisa y tomo la lupa, y allí en el brillo convexo lo veo mirándome a los ojos, es el niño de cinco años que fui, atrapado en esa gota de memoria y tiempo. 


Juan C. Gargiulo 18 de marzo de 2026.


No hay comentarios: