17/5/26

Esos de los peinados modernos


 Para escuchar el audio pinchar en la imagen



Héctor terminó de dar su clase de “Historia Viva”. Hoy acudieron sólo cuatro alumnos. Beto y yo le hacíamos el “aguante” para luego cerrar el Centro Barrial y escaparnos con las chicas a bailar a “Cemento”.

Con un traje azul impecable, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta, Héctor cargaba su cartera repleta de libros apolillados; él llegaba puntual todos los viernes, sacaba de la valija su cuaderno de apuntes, y empezaba a disertar sobre historias inventadas: “Edipo y los psicoanalistas de Palermo” o “El eterno viaje de Ulises por la Patagonia”.

A Héctor lo había dejado la mujer, ella necesitaba alguien que le diera seguridad económica y no estos magros pesos que él sacaba de sus clases alocadas. Pero Héctor tenía un amor secreto, que nunca manifestaba en público, o estando sobrio.

Ese viernes, en que Beto y yo teníamos prisa por llegar a la discoteca donde tocaban los “Redondos”; Héctor se cayó redondo en la puerta de entrada del Centro Barrial, justo cuando nos despedíamos, dejando una estela de manos en el aire. No había ningún escalón que explicase la caída, y sus zapatos estaban perfectamente acordonados… en eso observamos una primera convulsión muy fuerte, Héctor perdía el conocimiento. Beto le desató el nudo de la corbata y sobre el pecho estaba la chapita que lo identificaba como enfermo de epilepsia.

El aprendiz de psiquiatra me dijo:

 ¡Andá a buscar algo para que no se muerda la lengua!; yo rebusqué en un cajón de la oficina y encontré una regla escolar de 20 centímetros de madera. Se la colocamos en la boca entre los números 5 y 12 que brillaban misteriosamente con el ulular de las luces de la noche.

- ¡Hay que llamar a una ambulancia para llevarlo al Hospital!

- Preguntá en el local de al lado a ver si te prestan el teléfono.

Yo recordaba los números de emergencia gracias al camión de Miguelito, que los tenía pintados en la carrocería. A la hora llegó la ambulancia, lo subieron inconsciente y nosotros detrás de él. En la cabina se percibía un fuerte aroma a pizza recién hecha, el chofer abrió una caja y nos convidó un par de porciones mientras conducía a toda velocidad.

 - ¿A qué Hospital le llevamos? Preguntó.

- Al Pirovano, es el que está más cerca dijo Beto con suficiencia médica.

Entramos por urgencias y, sin bajarle nos dijeron que no tenían personal disponible para atenderle esa noche, que fuéramos al Hospital Italiano. Salimos nuevamente raudos en esa dirección sorteando semáforos, taxis y autobuses abarrotados de gente a esa hora del viernes.

En un momento del traslado Héctor balbuceó:

-No quiero médicos, quiero un enfermero.

En “Cemento” seguramente habría comenzado el recital de “Los Redondos” y las chicas estarían bailando con su primera copa.

Al llegar al Italiano, dos médicos de urgencias nos recibieron, batas impecables pelo engominado, pinta de “canas” tenían. Cambiaron bruscamente a Héctor a una camilla del hospital y le cortaron la camisa blanca con una tijera; ahí vimos sus brazos heridos con todos los picos de las inyecciones que le habrían dado recientemente en diversos ingresos.

Entonces los médicos se volvieron hacia nosotros, llamaron a dos enfermeros fornidos y ordenaron:

- ¡A ver a estos dos con esos peinados modernos!

- ¡Revísenles los brazos, seguro que son drogadictos amigos de éste!

Mientras Héctor recobrando el sentido decía:

-Elena, mi amor, no quiero un doctor, ni tampoco un enfermero.

 

 

Juan C. Gargiulo 16 de mayo de 2026.