25/5/26

El río

 


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Desde la ventanilla del tren veo el paisaje herido. ¿Cuándo fue que los humanos extraviamos el camino?

Si somos la parte sana de la sociedad, los “normales”, los que aceptamos todo como nos viene dado, los que nos adaptamos a cada golpe, a cada herida, aunque duela como la extracción de una muela, los que nos acomodamos en un espacio cada vez más chico, más oscuro, ¿Por qué este conformismo infinito?

Vuelvo a mirar por la ventanilla del tren, y la velocidad me hace difuminar las casas, las naves, las infraestructuras que vamos dejando atrás, me voy durmiendo.

Atravesamos un túnel, el paisaje cambia, las montañas, un bosque… un río.

¿Qué edad tenía cuando papá me preguntó para qué servía un río?

Yo contesté como un escolar aventajado, pero sin tener idea adónde quería llegar.

Me dijo: - Un río sirve para navegar, para ir lejos, pero también sirve para sentarse a su orilla e ir arrojando en él todo lo que nos hizo mal, todos nuestros dolores y heridas…

Yo era chico, y no lo entendí en toda su profundidad.

Junto al río un caballo tordo deja de pastar y me mira directamente, el tren aminora la marcha porque estamos llegando a un apeadero. Mi destino está lejos aún, varias horas de viaje me quedan.  Estoy ligero de equipaje, pienso, me puedo bajar aquí. Siempre me han costado las decisiones, y al final he tirado por lo más cómodo. Podría quedarme sentado en el tren y arribar al final en tres o cuatro horas. O bajarme en este lugar.

El tren se para sube una señora con un chico de la mano. -Vamos Joaquín, le dice. Entonces todo sucedió tan rápido que en menos de un minuto me encontraba solo en el andén y el tren arrancaba.

Comencé a caminar sin un rumbo cierto, el aroma del aire de la montaña me recordó a mamá, cuando limpiaba la casa y quedaba impecable, echaba esos chorritos verdes de “Pinolux” en el agua para que todo oliera bien. Mamá, vos que vendiste al auto para que yo pudiera venirme a España. Y luego te quedaste sola con papá enfermo.

Luego los viajes y mi enfermedad, todos los errores cometidos, la soledad elegida, la distancia muchas veces insalvable. De la vida sólo queda el recuerdo de la infancia y los primeros años de juventud, todo es una marea vertiginosa de olvido. Los amigos desaparecidos, los que sobrevivimos y nos fuimos, los que sobrevivieron y se quedaron. Un país que parecía una trampa mortal, el mundo se ha convertido en eso mismo que nos sucedió cincuenta años atrás, la culpa…

Atardece, se acerca la hora dorada de luz, sigo caminando, el caballo tordo me espera, lo veo a lo lejos, deja de pastar, me mira, hace un gesto con la cabeza, me invita a acercarme, llego junto a él, le acaricio, es manso, está libre no tiene cabezada, las crines largas le besan el pescuezo. Entonces él me guía, por un sendero, a través del bosque que huele como los pisos de mamá, va pisando con cuidado las ramas secas caídas, y la hojarasca casi no delata nuestro paso. Se oye el murmullo del agua, cuando en un claro del bosque veo el río correr, nos acercamos a la orilla, y el agua fría torrentosa que baja de la montaña va creando torbellinos y figuras en la superficie. Me agacho y me siento sobre una piedra, miro las evoluciones del agua, el tordillo me respira en la nuca, como alentándome a hacer algo.

Entonces salen de mi las palabras que nunca dije, las heridas acumuladas, todo el amor que quise dar y no fui capaz, que el río se llevará sin preguntar nada.

 

 

Juan C. Gargiulo 24 de mayo de 2026

 


17/5/26

Esos de los peinados modernos


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Héctor terminó de dar su clase de “Historia Viva”. Hoy acudieron sólo cuatro alumnos. Beto y yo le hacíamos el “aguante” para luego cerrar el Centro Barrial y escaparnos con las chicas a bailar a “Cemento”.

Con un traje azul impecable, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta, Héctor cargaba su cartera repleta de libros apolillados; él llegaba puntual todos los viernes, sacaba de la valija su cuaderno de apuntes, y empezaba a disertar sobre historias inventadas: “Edipo y los psicoanalistas de Palermo” o “El eterno viaje de Ulises por la Patagonia”.

A Héctor lo había dejado la mujer, ella necesitaba alguien que le diera seguridad económica y no estos magros pesos que él sacaba de sus clases alocadas. Pero Héctor tenía un amor secreto, que nunca manifestaba en público, o estando sobrio.

Ese viernes, en que Beto y yo teníamos prisa por llegar a la discoteca donde tocaban los “Redondos”; Héctor se cayó redondo en la puerta de entrada del Centro Barrial, justo cuando nos despedíamos, dejando una estela de manos en el aire. No había ningún escalón que explicase la caída, y sus zapatos estaban perfectamente acordonados… en eso observamos una primera convulsión muy fuerte, Héctor perdía el conocimiento. Beto le desató el nudo de la corbata y sobre el pecho estaba la chapita que lo identificaba como enfermo de epilepsia.

El aprendiz de psiquiatra me dijo:

 ¡Andá a buscar algo para que no se muerda la lengua!; yo rebusqué en un cajón de la oficina y encontré una regla escolar de 20 centímetros de madera. Se la colocamos en la boca entre los números 5 y 12 que brillaban misteriosamente con el ulular de las luces de la noche.

- ¡Hay que llamar a una ambulancia para llevarlo al Hospital!

- Preguntá en el local de al lado a ver si te prestan el teléfono.

Yo recordaba los números de emergencia gracias al camión de Miguelito, que los tenía pintados en la carrocería. A la hora llegó la ambulancia, lo subieron inconsciente y nosotros detrás de él. En la cabina se percibía un fuerte aroma a pizza recién hecha, el chofer abrió una caja y nos convidó un par de porciones mientras conducía a toda velocidad.

 - ¿A qué Hospital le llevamos? Preguntó.

- Al Pirovano, es el que está más cerca dijo Beto con suficiencia médica.

Entramos por urgencias y, sin bajarle nos dijeron que no tenían personal disponible para atenderle esa noche, que fuéramos al Hospital Italiano. Salimos nuevamente raudos en esa dirección sorteando semáforos, taxis y autobuses abarrotados de gente a esa hora del viernes.

En un momento del traslado Héctor balbuceó:

-No quiero médicos, quiero un enfermero.

En “Cemento” seguramente habría comenzado el recital de “Los Redondos” y las chicas estarían bailando con su primera copa.

Al llegar al Italiano, dos médicos de urgencias nos recibieron, batas impecables pelo engominado, pinta de “canas” tenían. Cambiaron bruscamente a Héctor a una camilla del hospital y le cortaron la camisa blanca con una tijera; ahí vimos sus brazos heridos con todos los picos de las inyecciones que le habrían dado recientemente en diversos ingresos.

Entonces los médicos se volvieron hacia nosotros, llamaron a dos enfermeros fornidos y ordenaron:

- ¡A ver a estos dos con esos peinados modernos!

- ¡Revísenles los brazos, seguro que son drogadictos amigos de éste!

Mientras Héctor recobrando el sentido decía:

-Elena, mi amor, no quiero un doctor, ni tampoco un enfermero.

 

 

Juan C. Gargiulo 16 de mayo de 2026.