Yo tendría cuatro años y mi hermano menos de tres.
Era enero, verano en Buenos Aires. Elías nos llevó a conocerla al hospital donde había nacido. Cuando llegamos, todo había acabado.
Esas Navidades, mamá estaba radiante con su pancita baja. Se tumbaba feliz en el jardín a tomar el sol. Mientras, nosotros nos bañábamos en la pileta de lona y la abuela laboraba la huerta sin perdernos de vista.
Papá le dijo a Elías que nos llevara de vuelta a casa a refrescarnos en la pileta, pero no hizo comentario de Julia hasta el día siguiente, cuando mamá volvió a casa. Estaba triste. Ella nos contó algo sobre la sangre y que nuestra hermanita no vivía por ese problema. Dijo que se parecía a mi hermano. Mi abuela no decía nada. Solo ayudaba, nos vestía, nos hacía las comidas y vigilaba que yo no ahogara a mi hermano en la pileta.
Esa tarde llovió. Lo recuerdo bien porque salimos del agua a refugiarnos de los rayos bajo el quincho de paja. La abuela nos hizo una leche caliente para templarnos del frío de la lluvia. Nos secamos. Nos cambiamos. Adiós a esa tarde en el jardín. Jugamos dentro a las escondidas, nuestro juego preferido. Casi siempre en la misma habitación. Luego extendíamos el territorio a toda la casa.
Era mi turno de esconderme y ya había agotado todos los sitios posibles. Entonces vi entreabierta la puerta del dormitorio de mis padres. No lo dudé y me metí allí sigilosamente. La luz de la mesita de noche estaba encendida. Mamá doblaba ropa de bebé, guardándola en una maleta.
Junto a su lado de la cama una cuna vacía. La miré y supe que había llorado, pero mamá no estaba. ¿Dónde se había escondido?
En febrero, papá nos llevó a todos a la playa, para olvidar, supongo. En marzo comenzaron las clases en la Escuela Infantil. En abril enfermé de escarlatina, y luego anginas repetidas durante el invierno me tuvieron en cama, consumiéndome hasta los huesos.
La fiebre me devoraba, y las pesadillas nocturnas se quedaron para muchos años. Mamá lloraba, tenía miedo de perder a otro hijo más. El médico venía a casa y recetaba las medicinas, al tiempo que intentaba calmarla.
Una noche de delirio febril, la llamé. En la oscuridad de la casa vino, encendió la luz del velador y se acostó al lado mío. Por el brillo de sus ojos pude ver que ella, mamá, había vuelto.
5 de mayo de 2024

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