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Ramón “Moncho” Cuesta, se quedó dormido al volante por esa recta interminable de las soledades patagónicas. Su chata Ford 1932 volcó, y él sólo pudo arrastrase menos de un metro fuera de la cabina. Antes de perder el conocimiento sintió un fuerte olor a nafta, y la mirada de un puma detrás del pajonal.
Moncho era originario de León, España, su padre fue fusilado después de la Guerra Civil por transportar armamento y víveres para los maquis republicanos de Galicia-León. Después de aquello “Moncho” y su madre consiguieron pasar a Francia y emigrar a Chile, donde creció y con el tiempo pudo, igual que su padre, comprarse una chata Ford para transporte de mercancías entre los dos países vecinos. Él y su madre vivieron en Temuco, capital de la Región de la Araucanía. Y fue en 1970 que conoció al que luego sería el presidente Salvador Allende. Tuvo el honor de poner a disposición de la Unidad Popular su camioncito que le trasportó por algunos pueblos del sur del país en la campaña electoral que lo llevara a la presidencia. Pero con el golpe del 73 se exilió a la Patagonia Argentina. Ya solo y sin su madre que quedó en una tumba del cementerio de Temuco, se instaló en una barriada a las afueras de Bariloche, construyó allí una caseta de madera y chapa, continuó sus trabajos de portear mercancías y enseres con jornadas interminables. Llegaba a casa se tiraba en el catre y se bebía media botella de ginebra. Bebida que había cambiado por el pisco en el cambio de país.
Sintió que lo llevaban en volandas, que lo colocaban en la piedra de los sacrificios. Entreabrió los ojos y vio al sumo sacerdote empuñar una pequeña daga, a su alrededor un grupo de indígenas embozados que lo observaban. Le dolía mucho la cabeza, y el brazo izquierdo. ¿Por qué lo habían elegido a él?, quizá porque era extranjero, un conquistador español, y podría ser una ofrenda ideal para los dioses. No representaba a los dioses emplumados de la mitología aborigen. El humo ritual de la madera quemándose lo envolvió todo…
¿Cuánto tiempo había pasado desde el accidente? ¿Una hora, dos, quince minutos? Los ojos del puma cada vez más cerca, la gasolina que le caía en la cabeza.
Las antorchas iluminaban la mesa sacrificial, una daga hendía su carne, las manos del sacerdote actuaban con rapidez y extraían un órgano, al que todos admiraban: una pluma roja, pequeña, que vibraba por sí sola. ¿Sería su alma? Los indios satisfechos sonreían a su lado. Las antorchas le cegaron, y se sintió ligero…
- ¿Doctor, va a cerrar la herida? Preguntó la enfermera. Él asintió con la cabeza y cerrando los ojos certificó la muerte de Ramón “Moncho” Cuesta, a las tres horas, 21 minutos del 24 de marzo de 1976. Por la radio se escuchaba en cadena nacional los primeros acordes de una marcha militar. El país quedaba bajo el "control operacional" de la Junta formada por las fuerzas armadas argentinas.
El puma, merodeó alrededor del cuerpo yacente junto a la chata accidentada. A la hora del crepúsculo corrió a esconderse en los cerros cercanos, no podía creer lo que había visto.
Juan C. Gargiulo 26 de marzo de 2026.


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