19/2/20

El Jacarandá





Hace casi 25 años mi padre comenzó a colaborar con la Sociedad de Fomento del Barrio, entre sus logros estuvo en conseguir un convenio con la empresa de recogida de basuras, para que entregase a dicha Sociedad una cantidad equis de árboles por cada tonelada de basura recogida, esos árboles servirían para repoblar calles y parques del ámbito barrial, bastante extenso por cierto.
En la acera donde vivía existía un alcorque vacío donde habían intentado prosperar alguna vez pequeños retoños de árboles que plantó la municipalidad. Junto al edificio había un Kiosco en la planta baja, que vendía sandwiches, bebidas  y golosinas a los paseantes, a los alumnos de las escuelas cercanas y los días de fútbol a los asistentes al partido en el Monumental.
El dueño del kiosco, conociendo la colaboración de mi padre en la Sociedad de Fomento, le pidió que porqué no plantaban un árbol así los que pasaban por su kiosco podrían comerse su sándwich o tomarse su bebida a gusto bajo la sombra de él.
Mi padre hizo alguna gestión y consiguió un hermoso jacarandá para ese lugar.
 A medida que transcurrieron los años el árbol creció tanto que sobrepaso la altura del edificio de tres plantas. Todas las primaveras hacia noviembre ofrecía su floración morada, que se repetía más modestamente en marzo, antes de entrar el otoño.
Hace más de 13 años mi padre enfermó de miastenia gravis y poco a poco su vida se fue haciendo más difícil. Conservaba la disciplina matutina de pasear por el balcón del frente de la casa, para hacer sus ejercicios, y en tiempo caluroso se sentaba a observar la vida de la calle. Siempre me contaba por Skype cuando florecía el jacarandá, seguía muy de cerca su evolución y crecimiento, las podas a las que le sometía la municipalidad, los retrasos en las flores o en las hojas, observaba las aves que allí se posaban, era su pequeño orgullo.
Hace un año y cuatro meses que  mi padre falleció, esa primavera hacia noviembre el jacarandá no floreció más, ni dio hojas.
Ayer me contó mi madre que una tormenta lo abatió, posiblemente estaba ya gravemente enfermo y la pudrición por hongos lo había atacado. El jacarandá cayó sobre la reja de la casa, provocando daños menores. Mi madre descubrió el hecho cuando escuchó a las motosierras municipales cortarlo en trocitos.  

Y como un signo, un saludo de despedida, unas ramitas cayeron sobre el balcón, justo dónde mi padre se sentaba a observarlo.

!9 de febrero 2020

29/7/19

Una cabezadita


Oí tus pasos por el pasillo, lentos, arrastrando las zapatillas y las ruedas del andador, así te recordaba del mes de abril cuando tu 90 cumpleaños. Pero oir esos pasos me extrañó, llevas ocho meses muerto y te veo venir por el pasillo.
Me dices que estamos en la misma dimensión por eso puedo verte y oírte. Me tocas con tus dedos transparentes. Todo sigue en su lugar, la cama, la cómoda con el espejo, las fotos viejas y desteñidas en tu mesita de luz, el anotador y el lapicito que usabas por las noches para que las ideas no se te volaran.
Y fue un instante nomás, en que me quedé dormido a 120 kilómetros por hora, y que si no fuera por el bocinazo de ese camión enorme y el volantazo, estaría ahora mismo buscándote en esa otra dimensión.



29-07-2019

29/3/19

El remisero fotógrafo



Me está esperando allí con un cartel que me nombra con una letra gruesa, decidida, hecha con esos marcadores para rotular precios; entre el tumulto de gente a la salida del aeropuerto, un hombre grandote, obeso. Me acerco y nos miramos, soy el que esperas, le digo. Extiende su sonrisa y me dice, - tengo el auto un poco lejos, tenemos que caminar.
Hace un ademán de llevarme la maleta, pero le digo que no hace falta que llevo solo esta mochila como equipaje.
Llega hasta el pie del auto, agotado, le falta el aire. Saca la llave del auto y se le cae una pequeña fotografía del bolsillo . Una fotografía de hace mucho tiempo, en blanco y negro una chica preciosa se asoma a una ventana, la cortina entreabierta su mirada desafiante y seductora.
-Me fumaría ahora un cigarrito pero hace un año casi me muero por el tabaquismo. Salí milagrosamente de un coma. No tengo palabras de agradecimiento a todo lo que hicieron los médicos, dice Rodolfo con su mirada sincera.
La enfermedad le cambió la vida, tiene 63 años.
Me pregunta que hago en Buenos Aires,
-porque sos de acá ¿no? 
-Si pero me fui hace años, vivo en España.
-¿Y que hacés allá?
-Trabajé como arquitecto, ahora me dedico a la fotografía.
Veo por el retrovisor central del coche que su expresión cambia, se ilumina, no se muy bien si por los reflejos de los autos que atestan la autopista o de una luz que emana de su interior con la sonrisa afable y melancólica que esboza.
-Contame, porqué sonreís así.
- Cuando tenía 17, 20 años fui socio del Fotoclub Buenos Aires. Mi pasión era la fotografía. Hacíamos muchas salidas, concursos….
En un viaje fotográfico que hicimos a San Juan, mientras hacía fotos al voleo, me cuenta, en eso veo a una piba asomada a una ventana. Le hice una foto preciosa. No se si me enamoré por la foto, pero el flechazo fue instantáneo.
Hablaron, salieron y comenzaron una relación básicamente epistolar, separados por más de mil kilómetros de distancia mantenían el fueguito carta tras carta.  Viajó varias veces a verla , pero la distancia, la miseria, y la dictadura recién instalada en el país hicieron la relación imposible y todo fue desvaneciéndose en el olvido.
Pasaron más de 40 años y Rodolfo durante la crisis de su enfermedad, va recuperando la memoria de lo vivido. Él ha enviudado hace años y sus hijos ya son mayores, se mantiene laburando con el remis desde el corralito de 2001, cuando se hundió la economía domestica de muchísima gente.
De vuelta en casa, encuentra una vieja agenda con teléfonos , allí guarda el número de la casa familiar de Aída.  Encuentra también un álbum con viejas fotos que él mismo revelaba, y entre ellas la foto de la ventana.
Decide probar suerte y llamar a ese número de la ciudad de San Juan. Consigue hablar con una prima de Aída que vive en esa casa. Por ella se entera que está casada, tiene hijos y que su marido era “jugador”, la maltrataba pero que ya ha muerto. 
Entonces Rodolfo decide agarrar el auto y viajar hasta San Juan, a intentar encontrarse con su viejo amor. Lleva consigo las cartas y algunas de las fotos que se hicieron juntos y la foto de la ventana.
Una vez en San Juan, va a la casa familiar y allí le espera la prima de Aída. Sorprendida al principio no sabe que decirle pero luego accede a concertar  un encuentro entre ellos dos.
-Quien sabe después de tantos años, y tanto sufrimiento con su marido….
Entonces Rodolfo vuelve al hotel y espera la llamada. Por la tarde  le dice la prima que  vaya a su casa que le esperan allí.
Raudo va a su encuentro.

-Estaba radiante, bellísima, como cuando la conocí, empecé hablarle tumultuosamente sin coordinar bien las palabras. Saqué las cartas, las fotos. Ella me miraba sonriente sin decirme nada sin contestarme. Hojeaba las fotos las cartas con su letra manuscrita, se diría que las acariciaba, mi corazón saltaba como en mi juventud. Y entonces ella me dice  - No me acuerdo de nada.
Entonces su prima se me acerca y me dice, que hace tiempo que padece Altzheimer y que se le ha borrado la memoria.
-¿Y sabe ud?
-¿qué? Le pregunto
Desde hace tres meses viajo el último fin de semana de cada mes a San Juan a verla , le llevo flores y bombones y esta foto que se me cayó hace un rato sobre el asfalto del estacionamiento, la foto con la que me enamoré de Aída, con la secreta esperanza que ella haga su milagro de devolverle la memoria.

Buenos Aires, agosto 2017


19/7/16

Una clase de fotografía

En 1992 fui invitado de Cruz Roja, para colaborar en un programa cultural con los presos de la antigua cárcel de Segovia. Mi trabajo consistía en dar un taller de fotografía durante 1 hora y media con un grupo de presos. Lo curioso era que no podíamos utilizar ningún tipo de cámara fotográfica para el taller, por lo que me las ingenié para hablar de fotografía sin cámara. Empecé llevando una colección de postales y fotografías en pequeño formato. Formábamos una rueda de unos 15 a 20 muchachos, a las que yo me agregaba como uno mas. sobre el suelo esparcía las postales y luego , con mucha dificultad, intentaba que ellos hablaran sobre esas postales..Era muy difícil porque esas postales mostraban paisajes que nunca habían visto y que seguramente no verían jamás.Como no funcionaba, lo intenté infructuosamente con recortes de revistas y periódicos. Nada,la cerrazón era casi total.
Entonces decidí que lo mejor era que ellos hablaran de su fotos, de las que conservaban en sus celdas, como quien guarda un tesoro. Cada reunión era en torno a las fotografías  que cada uno iba trayendo. Así cada uno podía contar su historia, muy despacio, con cautela se iban abriendo a los demás, mostraban fotos de sus familias, novias, amigos que daban pie a seguir hablando de las condiciones en que vivían en ese momento y en la prisión  El trabajo se interrumpió y se malogró por la propia dirección penitenciaria que adrede incorporó a dos presos de ETA en el grupo, éstos entraron a saco a boicotear este trabajo de hormiga. En el taller habíamos avanzado hasta el nivel de conseguir un permiso especial para introducir una cámara cargada con película y ellos pudieran retratarse los unos a los otros.

Los años han pasado desde 1992, la antigua cárcel ha perdido su función penitenciaria para ser reciclada como centro de creación cultural.
En el último mes alberga una bien cuidada exposición de fotografías de la España de los años 50 realizada por el director de cine Carlos Saura. Aunque sea extraño albergar fotografias en celdas convertidas en sala de exposiciones, éstas en particular de una vida en una España desconocida para mi, entre la represión del régimen, el clericalismo y la pobreza de la posguerra, me pareció adecuado que se mostrasen en éste ámbito propio de esos años.


Cuenta Carlos Saura que su iniciación a la fotografía fue muy temprana por imperativo amoroso, a los 9 años hizo una fotografía (su primera fotografía) de una niña de la que se había enamorado. Decidió mostrarle su amor y a escondidas le hizo una fotografía. La foto le salió movida y desenfocada, pero se la envió igual con una carta, que nunca fue respondida. Dice que aprendió dos cosas: el valor de la fotografía como testimonio y lo frágiles que son los sentimientos.


La semana pasada asistí a la visita guiada de esta  exposición fotográfica.  La visita fue guiada por Gael Zamora, quien nos contó esa historia de Saura para dar comienzo a la misma.
Todo el tiempo mientras observaba las imágenes en las paredes tenía la sensación de estar asistiendo a la revelación de uno de los tantos álbumes de familia, de un país que se obstina en olvidar, en dejar su pasado en las cunetas de la historia. (Patricio Guzmán, cineasta y documentalista chileno, siempre dice que un país sin documentales sobre su memoria histórica es como una familia sin álbumes fotográficos).
Ya al finalizar nos muestra la foto que ilustra este parte del relato. habíamos visto que casi todas las fotografías de la exposición conservan un punto de vista que está a la altura de las gentes fotografiadas, dándoles gran cercanía, proximidad y también respeto por esas personas.(A mi me recordaban la manera de filmar en sus películas).
Pero esta imagen está hecha desde un punto de vista bajo, es cierto que el sol podría haber oscurecido los ojos de la muchacha que sonríe, pero en la exposición del fotograma se ve que ha cuidado que la sombra aparezca clara para que se vean unos ojos transparentes y con cierto brillo que acompaña la sonrisa.
Tengo la sospecha que Saura se había enamorado de la belleza de esta mujer labradora, El bajo punto de vista la realza le da prestancia y muestra su belleza, tiene algo de film épico ruso o incluso japonés de Akira Kurosawa.


Pero dejando de lado las referencias fílmicas y fotográficas, ahora pienso en su experiencia, y en su recuerdo de los 9 años, la foto hecha desde abajo es la mirada de ese  niño que Saura fue alguna vez..

19/2/16

Hermano humano, hermano perro.




El viento recio del lunes arrancó un chopo de cuajo. 
No supe que era un signo premonitorio.
Se bamboleó suavemente hasta caer,
como el cuerpo cansado de ese boxeador vencido.

El jueves en tu decisión final, herido, asqueado de este sistema victimario,
convertido en el espejo donde no  queremos mirarnos,
decidiste inmolarte emulando a "Doménico"
en un acto terrible, simbólicamente purificador.

Dejaste muchas preguntas sin contestar,
a esta sociedad enferma de egoísmo,
 y a “lobito” que te busca sin entender
adónde te fuiste.

Basardilla, 19 de febrero 2016 ( en memoria de David)

25/2/14

Buenas tardes

 

 

- Buenas tardes doctor.

¿……………………………..

…………………………….?

El sigue escribiendo como si nada.

- Siéntese..

Me siento y lo observo escribir, hace un ruidito sordo al apretar el bolígrafo sobre el papel, es muy joven, se le ve inexperto pero con un aire de superioridad…

Mientras, relojeo mi expediente abierto sobre el escritorio… Antecedentes, alcanzo a leer..

Termina de escribir , le entrega el formulario a la enfermera, que lo pone en una pila de formularios idénticos.

Agarra mi carpeta y empieza a leer, pronunciando entredientes… adenocarcinoma de próstata, Gleason 7…, hojea rápidamente el expediente, pasando de atrás adelante , informes, imágenes, pruebas, sin leerlas o pasando su mirada por encima.

- ¿le han dado radioterapia ?

- Si 29 sesiones durante el verano de 2012.

- ¿Y se inyecta algo?

- Si Eligard semestral

- ¿Y que tal orina?

- Bien, aunque frecuen… me corta

- Ajá

- Bien, veamos la anali-ti-ca,… mmmm…

Yo observo su peinado azabache, a la gomina y unas gafas de pasta que le dan cierto aire de Clark Kent.

- ¿todo bien dr.? Pregunto preocupado.

- Todo bien . Contesta.

- ¿Y el PSA?

Con el roller del ratón baja la pantalla del monitor que apenas alcanzo a fisgar.

- 0,02, está bien.

Yo me afano en ver otros valores de la analítica y el me mira extrañado, molesto da un giro al monitor y en una mirada  cómplice con la enfermera da paso a su venganza :

- vamos a hacerle un tacto rectal.

 

Juan C.Gargiulo

Segovia, 25 de febrero de 2014

23/7/13

En una hora

 

157 el bostezo de la cajera-2 la cajera Buenos Aires 1980

 

¿Y ahora que hago, mientras vos estás en el osteópata arreglándote los entuertos y entreveros de tu espalda?   Un poco desorientado me senté en un banco al pie del portal a esperarte.

La brisa fresca de la tarde y los aspersores se llevaban el aliento tórrido que circulaba entre los bloques de pisos.

En un banco cercano un pibe trasteaba con un móvil y al otro lado dos comadres chimenteaban de lo lindo.

Me levanté y dije voy a aprovechar esta horita y me voy al supermercado que hay varias cosas por hacer.

Aparqué a la sombra, y entré a ese lugar tratado con aire acondicionado y perfumes baratos de nombres caros.

Distraídamente me acerqué a la tienda de gafas para preguntar sobre unas progresivas o unas bifocales, estoy un poco harto de llevar colgando del cuello las de cerca y las lentillas que en verano hacen que mis parpados sean como de escayola.

Al salir de la tienda me encontré con Fermín, viejo amigo de Segovia, intercambiamos impresiones sobre la mishiadura actual y la que se avecina. “Pensar que cuando llegué a España me pareció todo bien alfombradito y veintitrés años después se nos ocurrió levantar la alfombra y mirar debajo”…

Dentro del “súper” seguía yo distraído buscando un artilugio para el ordenador que reemplace al averiado, y en eso la veo: una enorme góndola cargada de libros de saldo, me acerco, prudente, reprimiendo ese impulso que me llevaba a estar horas y horas en las librerías de la calle Corrientes, hurgando, hojeando, leyendo, saboreando cada frase, cada verso, redescubriendo a Arlt, Cortázar o Borges.

A primera vista parecía decepcionante, muchos libros infantiles pero de los malos, esos que tienen nula imaginación y peores ilustraciones, algunos de autoayuda, viajes , gastronomía etc… Miro la hora en el móvil y veo que tengo todavía tiempo, así que me zambullo en las aguas turbias de la góndola a ver que encuentro. A poca profundidad un librito precioso del fotógrafo Joan Fontcuberta sobre la película de Antonioni: Blow Up. A pocos centímetros en otro clasificador Roberto Arlt, me llama doblemente con el desierto entra en la ciudad y la isla desierta. La cosa se pone linda, como en un fondo coralino, cuando aparece un libro que buscaba hace años: poéticas del espacio. Y cuando ya decidí salir a la superficie a tomar aire, Nicolás Guillén me agarra de un dedo con El son entero y otros poemas.

A esta altura me olvidé de otras cosas necesarias como la comida y demás, me sentía yo mismo,inconscientemente satisfecho.

Al llegar a la caja me acomodo en la fila de los que llevamos menos de 10 artículos, vamos la “caja rápida”. Una chica bajita que ya me atendió otras veces, realiza sus movimientos rutinarios y mecánicos, recogiendo cada artículo de la cinta transportadora para pasarlo por el lector de los códigos de barras, se oyen los sonidos electrónicos de las operaciones y las mismas frases con cada cliente: ¿lleva bolsa?, ¿tarjeta travel?, ¿no quiere una bandeja de donuts de oferta?, y así con cada cliente.

Cuando me llega el turno pasa los libros por el lector, como si fueran cualquier producto. ¿Lleva bolsa?, ¿tarjeta travel?, ¿quiere una bandeja de donuts?.

Mientras ella espera mi respuesta agarro el libro de Guillén, abro al azar una página y le leo :

Arde la guitarra sola,

mientras la luna se acaba;

arde libre de su esclava

bata de cola.

¿A que es bonito? digo yo.

Boquiabierta balbucea : son catorce euros con quince céntimos.

 

Juan C. Gargiulo

Basardilla 23 de julio de 2013