Cementerio de San Lázaro, Ryazán Rusia otoño 2002.
Después de la lluvia, una mañana clara, fría, pero clara, con el otoño a pie de ventana, desayunamos y Andrei sale por un rato. Olga , su mujer, me acerca unos álbumesfotográficos de la familia, los viajes, los amigos. Me abre una ventana de la historia de ellos.
Reconozco allí caras y personajes, algunos que conocí estos días y otros de Segovia, cuando anduvieron por allí. De París, de Alemania, de Italia. Pero en una encuentro una foto de Andrei , todo vendado en una cama de hospital. Olga me cuenta. - Tuvo un accidente ferroviario. -Una mañana de niebla hace 7 años mientras paseaba a la perra Nora, si la que dice "mama" en sus ladridos, ella se escapó detrás de un gato y se instaló en medio de la vía del tren, Andreicorriódetrás de ella y la quitó de en medio, pero no pudo evitar que el tren lo atropellara a él. Milagrosamente salvo su vida. Estuvo mas de medio año en el hospital, su vida cambió radicalmente. Quizá Nora le haya salvado la vida a él .
Continuo con el álbum , y allí aparecen fotos de un bebé mas o menos reciente , pregunto por él . _ Mijail se llama, dice Olga, Andrei tiene otra hija , el año pasado ha sido abuelo. -Pero que edad tiene Andrei? digo . - 46 es del 6 de abril del 56. De mi quinta!! yo soy de agosto del 56!!. Nora ladra, "mama", la puerta de calle se abre. Entra Andrei, le doy una abrazo y me mira extrañado. Olga le explica, y el me devuelve el abrazo, y me extiende un libro de fotografías, originales en ByN. Las letras están hechas a mano con témpera blanca, y la encuadernación es manual, un objeto precioso. Es el libro del cementerio viejo de la ciudad. Hacia allí iremos hoy...
Cerré la puerta, y allí quedaron dos años de mi vida. Dos años en que vi nacer de los cimientos esta casa que entrego ahora. Una casa que portaba una parte de los sueños de los inmigrantes. Asistí su derribo y a su nueva vida. Derribar para construir. Despojarse para vestirse otra vez, quizá más ligero, más desnudo, con menos adornos, más expuesto a la luz. Allí en la casa de Enrique Martínez, hice mi primera experiencia. Todavía hoy me sé de memoria su plano, sus rincones, las tripas que hacen correr la energía que la sirve. Vi crecer la vida en ella mientras me colaba diariamente como resistiéndome a dejarla.
Sus pinoteas del suelo fueron luego cielorrasos y muebles, su fachada revocada estilo Art Decó, se entregó a la nueva piel de vidrio y metal, que completó sus huecos y le dio un mirador sobre su cornisa. Un italiano , algunos paraguayos, otros bolivianos, judíos-rusos, polacos, todos aportamos a su renacer. Y un sueño ....
En el patio de aire y luz de este pequeño apartamento de Madrid, se oyen las voces, algunos niños lloran, cuerdas con ropa menuda cuelgan de ventana a ventana. Olores nuevos-viejos ascienden por el hueco, hacia un cielo de verano. El recuerdo de los conventillos de Buenos Aires, cuando los abuelos se abrían paso en el sendero cubierto por la hierba.
Diez lugares distintos en un año. Los bártulos cada vez más voluminosos, de aquí para allá. La incertidumbre de no tener papeles. La certidumbre de un sueño y la voluntad de servir, de ponerme a prueba, aunque sea gratis. A alguien le interesará lo que sé hacer.
Cerré la puerta, y allí quedaron dos años de mi vida, y dieciocho en España. Un sueño, y su transformación. Un hijo, una separación, un encuentro-corazón, otro hijo. Despojarse para seguir, aligerar el equipaje, desnudarse a uno mismo, para desanudarse. Migrar es dejar, entregar, despegarse de los objetos, o del objeto del afecto, para refundarse en él y en la entrega. Perder todo para encontrarlo todo.
Inicié la búsqueda en la enciclopedia, Ares el dios de la guerra. Antares viene de Anti Ares, opuesto a Ares, linealmente podría significar la paz. Antares es una estrella rojiza en el corazón de la constelación del escorpión, suele confundírsela con Marte. Los hombres confundimos la guerra y la paz, las dos son rojas. Esta mañana "Antares" se sacrificó bajo las ruedas de un tren. Quizá sea una señal que los seres humanos debamos atender. Quizá estas líneas sean un vano intento de encontrar un significado a este sacrificio.
Me fui corriendo hasta la calle Montañeses, y allí estaba. Una enorme máquina la estaba demoliendo. Sus arremetidas iban tirando trozos enormes de muros y ventanas al suelo. Las entrañas abiertas a la calle, el esqueleto de vigas y pilares retorciéndose a medida que el monstruo avanzaba.
En la esquina de Nahuel Huapi mi viejo con la cara entre las manos, no podía mirar la destrucción de su casa natal.
No puedo oírlo más pero no me quiero ir, no puedo verlo más, pero necesito verlo para recordar.
Ahora se llevan la cristalera de hierro y vidrios de colores, se la llevan con las imágenes de mi abuelo jugando conmigo, o la de mi viejo escribiendo cartas en esa mesita que conservo en la habitación vacía de mis hijos.
Arrancan las baldosas del suelo en damero, arrancando con ellas el disfraz de carnaval del Billy, las horas de mecedora de la abuela Blanca, y la harina que caía al suelo cuando mamá amasaba los ravioles del domingo.
Pero sobre todo cuando destrozan la entrada con sus escalones de mármol, se llevan mi infancia con tranvía y la mano del Billy que me sujeta para que no caiga.
Los sueños de los inmigrantes, los sueños de progreso conseguido se convierten en escombrosque irán a parar al vertedero. Allí se encontrarán con otrossueñosen una especie de cielo de lo efímero.
Esa casa, el calor familiar para todos los que empezaban en la Argentina de los años 30, para hijos y nietos ese territorio de aventuras ymitos familiares, ya es un solar pelado. Un territorio arrasado de memoria en los ladrillos.
Cuando despierto, lo primero querecuerdoson los sollozos de mi padre y mi grito en el sueño, implorándoleal maquinista-verdugo, que acabe de una vez.
Mientras desayuno enciendo la máquina y el correo empieza a llegar despacio, un sorbito de té verde y ahí está, el mensaje de mi viejo, contándome con pelos y señales la demolición de la casa. Solo quedarontres palmeras del fondo.
Al anochecer mientras empezaba a brillar el lucero, se vio por entre las palmeras, unos hilos por donde corrían figuras, como aquellas vísperas de Reyes en que los niños y los vecinos eran testigos de apariciones y juegos que inventaba el abuelo Nicolás, la casa como teatro de la vida, mientras la fuente del centro del jardín nos devuelve el cielo de estrellas donde viven esos sueños para siempre.
Todos los días del niño de cada año, nos dejabas apretar el botoncito del cronómetro. Esperábamos pacientemente esos segundos de felicidad por única vez en el año viendo la aguja delgada, consumir el tiempo en un barrido de la esfera del Omega. Hace muchos años, cuando todavía teníamos el quincho, y el gato Fenol hacía de las suyas en el vecindario, un día te pusiste a hacer una pared de panderete que remataste , casi bajo la lluvia, con un salpicrét improvisado a golpe de escoba. Ese día te dije:- papá, cuando sea grande te voy a hacer un reloj de oro. No sé porqué te lo dije, quizá, pienso hoy , me invadía un sentimiento de admiración, por esas cosas que hacías, como la pared, o el patio de baldosas hechas una a una , y puestas a fraguar sobre papel de diario. Me acuerdo que una vez puestas en su sitio, cerca del bombeador y alrededor del níspero se podían leer algunos anuncios clasificados en el cemento del patio. Los años fueron pasando y el ritual del día del niño, se repetía. La promesa del reloj de oro cayó en el olvido. Hasta que el año pasado, mientras recuperabas el habla después de la crisis de tu enfermedad, me contaste que estabas escribiendo mucho, que tenías cuadernillos y hojas escritas sobre infinidad de temas. Angustiado por la imposibilidad de hablar y comunicarte normalmente, retomaste tu asignatura pendiente. Y en eso se me ocurrió que tal torrente de escritos podía tener un canal fluido, ver la luz y compartir tu mundo y tus vivencias que dejabas por escrito. Así nació tu blog, así paralelamente recuperaste la vitalidad y la alegría, así pudiste aceptar lo que te había tocado vivir. Y entonces me acordé del reloj de oro prometido . Papá: - no pude hacerte ese reloj, pero a cambio te regalo mi tiempo.